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Benarés, la ciudad más sagrada del hinduismo.

Benarés. El respeto que impone este nombre provoca hasta escalofríos. Tanto es así que muchos viajeros se lo piensan dos veces antes de incluir esta ciudad en su recorrido por la India. Craso error porque es uno de los lugares más increíbles, atrayentes, hipnotizadores, coloridos y vivos del planeta. Sí, digo bien: vivo.

Y eso a pesar del fúnebre legado que arrastra de cremaciones de muertos y cenizas arrojadas al río Ganges. Porque Benarés es mucho más que esas imágenes de cadáveres ardiendo en las pilas funerarias de los ghats. En la India, como en muchos lugares del mundo, la muerte es parte de la vida. No se oculta ni se esconde como se hace en el mundo occidental desde hace unas décadas.

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Benarés o Varanasi es la ciudad más sagrada de las siete ciudades sagradas del hinduismo. Uno de esos lugares revestidos de un componente espiritual que sobrepasa muchas veces nuestro entendimiento, tal como pasa en Jerusalén o La Meca. Esto quiere decir que más de 1300 millones de indios piensan en peregrinar alguna vez en su vida a esta ciudad a orillas del Ganges. Y esto es así desde hace más de dos mil años. El componente espiritual de Benarés ha marcado la historia y el devenir de esta ciudad a lo largo del tiempo. Si no, sería una ciudad más de la India. No posee grandes monumentos, fortalezas, ni palacios de maharajás. Pero es imposible no sentir algo especial desde el momento que pisas sus abarrotadas calles y te encuentras con el Ganges asomando entre los templos que rodean los ghats.

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Sin embargo la espiritualidad asociada al río Ganges es difícilmente comprensible para muchos occidentales que sólo vienen a ver el “espectáculo” de las cremaciones. No entenderemos qué es Benarés ni su importancia, ni lo que se vive o lo que se siente, si no conocemos unos conceptos básicos del hinduismo. En caso contrario nuestra visita estará vacía de contenido. Será un acto “folklórico-turístico” donde no entenderemos absolutamente nada.

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Si la India tuviera alma, esa sería Benarés

Para los hindúes bañarse en el Ganges supone purificarse y limpiarse de pecados. Hay residentes de Benarés que vienen cada mañana a hacer sus rezos y abluciones. No es que sean personas especialmente pecaminosas, no. Vienen hasta aquí cada día movidas por sus profundas creencias. Hay millones de hindúes que hacen grandes sacrificios para viajar hasta Benarés al menos una vez en su vida.

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Y sí, hay gente que viene a morir a Benarés. Porque hacerlo aquí supone acabar con el círculo de miles de reencarnaciones a los que según el hinduismo estamos abocados. Para los hindúes no hay peor castigo que ser eterno ¿Quién quiere reencarnarse 10.000, 100.000 veces? Es el “samsara”, el deambular por miles de existencias que serán mejores o peores dependiendo de nuestros actos a lo largo de las sucesivas reencarnaciones, el «karma».

La forma más terrenal de acabar con esta rueda de reencarnaciones y fundirse con la luz divina que emana de Brahmá, el primer ser viviente, es morir en Benarés. Y si tu cuerpo es cremado y tus cenizas arrojadas al río sagrado, el Ganges, entonces mejor que mejor.

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Sí, muchos ancianos vienen a morir aquí y las cremaciones son reales. Pero esta es sólo una parte de la realidad. Porque Benarés es una ciudad que bulle de vida, de actividad a todas horas, del amanecer al anochecer. Lo más de 3 millones de residentes comparten las calles y las orillas del Ganges con todo el que llega hasta aquí. Turistas, peregrinos, creyentes y no creyentes, curiosos y buscavidas abarrotan las calles del centro. Y por supuesto los ghats, las escalinatas a orillas del Ganges, para rezar, cantar, pasear, fotografiar, purificarse, peregrinar y morir.

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Un paseo en barca por el Ganges al amanecer

Cada mañana el sol se eleva desde la otra orilla del Ganges. Su luz tiñe de tonalidades cálidas la multitud de templos, residencias, palacios  y ghats de Benarés. Es, junto el atardecer, uno de los momentos más mágicos que puedes vivir en tu vida. Más allá de todo componente místico o espiritual es una experiencia digna de ser disfrutada. Ya sea desde las escalinatas de los ghats o desde el mismo Ganges en un paseo en barca.

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Sea como sea vas a tener que madrugar. Mucho. A las 5 de la mañana las calles de Benarés todavía mantienen una relativa calma. Algunos negocios empiezan a abrir y grupos de peregrinos que ya se han purificado en el Ganges caminan hacia los templos para recibir su bendición matinal. Es el momento de acercarse a alguno de los ghats donde muchos barqueros ofrecen sus servicios. Un paseo por el río de una hora y media o dos horas recorriendo las orillas de esta ciudad única. Te costará muy poco, unos pocos euros o dólares al cambio. Pero es una experiencia que no tiene precio. Y es algo que si hubiera tenido más tiempo en Benarés habría hecho más veces. Viendo este vídeo sabrás por qué:

Porque se viven momentos mágicos, se presencian escenas únicas, se experimentan sensaciones que no se olvidarán jamás. Tanto es así que, además del Taj Mahal en Agra, Benarés marcó un antes y un después en mi viaje a la India. Y esto no tiene nada que ver con el misticismo religioso, sino con el hecho de estar en un lugar con una energía desbordante.

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Si no te ves capaz de organizar el paseo en lancha por tu cuenta hay excursiones organizadas para hacer este viaje en lancha tras la presenciar la ceremonia del Aarti por la mañana. En mi caso preferí hacerlo por mi cuenta y contratar los servicios de un barquero. En un silencio casi absoluto roto sólo por el sonido de los remos al entrar en el agua, disfruté de un amanecer inolvidable.

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Todavía era de noche cuando el barquero inició el recorrido remontando la corriente de un Ganges apacible. Las luces de los templos iluminaban la noche así como los ghats más visitados como el de Dashashwamedh, Darbhanga o Chousatti. En Benarés hay más de 100 ghats y en el recorrido pude disfrutar de una buena parte de ellos. Unos más tranquilos, otros pintados de colores, otros donde los antiguos palacios se levantan como una muralla frente al río. Palacios, hoteles y construcciones apenas sin puertas o ventanas para impedir que entre el agua en las crecidas del Ganges. Crecidas que en época de monzones llegan a cubrir casi totalmente los ghats.

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Sí, el Ganges está contaminado. Una película aceitosa flota en la superficie del agua. Las tuberías de la ciudad vierten directamente sus deshechos al río. Y a veces los cadáveres de algún leproso, alguien que no tenía dinero para incinerarse o un bebe muerto flota en la superficie o acaba en las orillas. Sus cadáveres se sumergen amortajados en el río atados a piedras para que vayan al fondo. Pero a veces salen a flote, o eso dicen. Yo no vi ninguno.

Aún así cada día miles de personas se bañan, beben, rezan, hacen abluciones y lavan su ropa en el Ganges. Es su río sagrado, la diosa Ganga. ¿Quién soy yo para juzgarles?

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Los hombres se adentran en el agua casi desnudos. Las mujeres, mucho más recatadas, se bañan envueltas en sus coloridos saris. Para todos el amanecer en el Ganges es una celebración.

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Poco a poco la tibia luz del amanecer va tiñendo a Benarés y al mismo Ganges de colores anaranjados. Se oyen cánticos, se levantan las lámparas que celebran el Aarti, suenan cascabeles y tambores. Cuando aparecen los primeros rayos del sol todos se vuelven hacia él agradeciendo el nuevo día. Se redoblan los cánticos en los ghats. Dispersos aquí y allá los sadhus, los ascetas hindús que han renunciado a todo bien material, se bañan, rezan en silencio, cierran los ojos o saludan al sol en un momento de introspección mística.

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No hay escenas escabrosas, esas que tanto salen en los reportajes de televisión. Al contrario, todo trasmite una reposada armonía, paz y una calma difícil de describir. Cuando el sol se alza sobre el horizonte el barquero da media vuelta e iniciamos el camino de regreso. Los ghats están cada vez más animados. Hombres y mujeres se sumergen en las aguas del Ganges tal como se lleva haciendo desde hace siglos.

Los saris y las ropas recién lavadas se ponen a secar al sol en las escalinatas. Mientras los perros y los niños corretean alrededor de los shadus iluminados por la luz de la mañana. Las mujeres que por primera vez peregrinan a Benarés lo hacen con la cabeza afeitada. Muchas de ellas ya se han bañado e inician el complicado proceso de cambiar sus saris mojados por saris secos. La sociedad india es muy conservadora y aunque se considera normal la desnudez de los sadhus más extremos, o la de los monjes jainistas, no pasa lo mismo con el cuerpo de la mujer.

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Benarés muestra su mejor cara por las mañanas. Es el momento de las ofrendas, de los cánticos, de la vida renovada una vez más, un día más. Me parece increíble que esto suceda cada día y que no haya podido presenciarlo hasta ahora. Estoy fascinado, hipnotizado por la sucesión de escenas e imágenes. Veo fotografías constantemente, pero he decidido disfrutar, vivir, sentir, empaparme de la luz de la mañana y dejarme llevar.

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Manikarnika, el ghat de las cremaciones

El barquero sigue remando con rostro inmutable. Dejamos atrás el animado ghat de Dashashwamedh cuando veo la humareda de las piras funerarias un poco más adelante. Nos dirigimos hacia uno de los ghats más antiguos de Benarés: el de Manikarnika donde se realizan tradicionalmente las cremaciones de los muertos.

Las flores y las velas, los sonidos de las campanillas y el vuelo de los pájaros desaparecen. O eso me parece a mí. El caos y el desorden imperan en Manikarnika. Pero lo que más me llama la atención es el silencio, la ausencia de la música, los cánticos y el bullicio omnipresente en el resto de ghats. Aquí se acaba todo. Aquí terminan los sufrimientos del cuerpo, de la vida terrenal y se pone fin a la rueda de las reencarnaciones para los hindúes. Millones de personas a lo largo de los siglos han sido incineradas aquí. Las 24 horas, durante todos los días, desde hace siglos. Cuando lo pienso me invade una sensación de desasosiego.

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Sí, hay piras funerarias que ya se están extinguiendo. El humo y las cenizas flotan en el ambiente. Aquí y allá se acumulan troncos y más troncos de madera para las próximas piras. Los restos de los sudarios de colores con los que se envuelve a los muertos cubren parte de las orillas del río y de las escalinatas. Un montículo de cenizas se levanta frente al Ganges. Hace unas horas eran personas con una vida que llegaba a su fin. No somos nada, no traemos nada y nada nos llevamos.

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Los cargadores de troncos suben y bajan por las escalinatas, otros descargan la madera de abarrotadas lanchas. Otros hombre termina de apagar las piras humeantes y recogen las cenizas para preparar la siguiente. Entre ellos las omnipresentes vacas buscan algo de comer. Los perros también. Todo trascurre con una normalidad pasmosa.

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En esta zona de Benarés se levantan los templos más antiguos, y es ahí mismo donde el barquero me deja. En la orilla un hombre se baña y hace sus abluciones rodeado de collares de flores color azafrán sin inmutarse. A pocos metros humea una de las piras y los perros rebuscan entre las cenizas. ¿Cómo entender todo esto?

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Por las callejuelas más antiguas de Benarés

Piso de nuevo el suelo de tierra de Benarés. Camino entre altares, piras funerarias, brahmanes y sahdus, enormes pilas de madera y templos milenarios. Me siento de otro planeta cuando me adentro por el laberinto de callejuelas. Esquivo las vacas que buscan algo de comer entre la basura. Vacas que comen plástico. Una mujer con la cabeza rapada y una túnica anaranjada da de comer un collar de flores a una vaca frente a su casa. Es una monja hindú.

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Por todos lados se levantan montañas de troncos de madera. Los más pobres gastan sus ahorros en la madera de sus piras. Algunos esperan la muerte tapados con alguna manta en algún rincón. Otros se alojan en los hospicios cercanos mantenidos por el gobierno hasta que llega su hora. Se ha construido en uno de los gahts una incineradora moderna para intentar reducir el número de piras de madera. Pero la gente que se lo puede permitir sigue prefiriendo el método tradicional. Dicen que hay mafias que controlan el negocio de las piras funerarias, y que cobran a turistas morbosos para presenciar las cremaciones. Personalmente nunca pagaría por ponerme al lado de una familia que ha perdido a un ser querido y ver como arde en una pira.

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La extraña historia de los templos escondidos de Benarés

Las estrechas callejuelas de la zona más antigua de Benarés son un auténtico laberinto. Es un lugar que ha sufrido invasiones, y casi su destrucción con la llegada de los mogoles en el S XVI. Entonces centenares de templos hindúes fueron arrasados, pero Benarés resistió. Se calcula que todavía quedan unos dos mil templos, pero muchos están ocultos y las autoridades los están sacando a la luz. Pero esto de los templos ocultos ¿cómo es? Si miras bien entre las rendijas de los edificios de ladrillo, tras las ventanas, o te fijas en los dinteles de algunas puertas, descubrirás algunos de los cientos de templos “desaparecidos” de Benarés. Hoy están saliendo de nuevo a la luz mostrando toda su belleza.

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Por eso hay calles de esta parte de Benarés que parecen zona de guerra. Entre los  escombros y los edificios derruidos aparecen los templos con sus magníficas decoraciones y estatuas en perfecto estado de conservación. Pero ¿por qué se han ocultado todos estos templos? Sencillamente porque los vecinos más espabilados han decidido tener un templo milenario particular dentro de su casa. Hoy levantan una pared, mañana otra. Van añadiendo una puerta, elevando las paredes…y así hasta casi hacer desaparecer por completo un templo. Por eso las autoridades desconocen el número real de templos existentes en Benarés.

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Esta es la razón de que caminar por aquí exija hacerlo con los ojos bien abiertos. También para esquivar las montañas de basura, a las vacas y a los perros. Es parte de la realidad de una ciudad que oculta sus misterios, pero no sus miserias. Es una realidad cargada de historia y misticismo casi oculta entre ruinas y feos edificios de ladrillo.

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En Benarés se reúnen la belleza y la fealdad, la vida y la muerte, la espiritualidad más exacerbada con las realidades más difíciles y miserables. La riqueza y la pobreza, la luz y la oscuridad. Los miles de dioses del panteón hinduista, los rituales al atardecer, los ghats, el fluir del río Ganges… Las reencarnaciones, los rezos, la música, el color, la energía del amanecer, el humo y cenizas de las pilas funerarias; los tullidos que piden limosnas, los peregrinos, los sadhus que cubren sus cuerpos de cenizas, los ritos de purificación, los collares de flores flotando en el Ganges…

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Resulta imposible asimilar todo lo que ofrece Benarés a cada instante, en cualquier hora del día, en cada época del año. Por eso lo mejor es verlo con tus propios ojos porque todo lo que yo te diga, todo lo que te cuente, todo lo que te enseñen, no es nada en comparación con la realidad.

Somos cenizas que se lleva el viento.

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