El valle del Omo, Patrimonio Mundial de la Humanidad.

En el valle del Omo no hay grandes monumentos, a no ser los que forman sus propios paisajes. No fue la cuna de una gran civilización. Pero fue el lugar donde surgieron los Australophitecus Afarensis, uno de los más antiguos homínidos y ancestros del género Homo. Aquí no encontrarás grandes museos o pinacotecas, pero sus habitantes lucen como auténticas obras de arte.

Por su riqueza medioambiental, geológica y etnológica, el valle del Bajo Omo en el sur de Etiopía fue declarado como lugar Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO. Los restos más antiguos conocidos de la especie Homo Sapiens, de nuestra especie, han sido hallados aquí. Un lugar en el que el río Omo se remansa en las llanuras de sabana formando numerosos meandros hasta desembocar en el lago Turkana, ya en la frontera con Kenia.

Llegar hasta aquí es toda una aventura para la que hay que ir bien preparado. Y sobre todo viajar acompañado por verdaderos profesionales. La recompensa es un viaje que supera cualquier expectativa. Y poder fotografiar a algunas de las últimas etnias y tribus más amenazadas del continente africano. Antes de que desaparezcan.

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Durante siglos estos pueblos semi-nómadas se han adaptado a las duras exigencias de un medio natural hostil que comprende diversos ecosistemas. En concreto, aquí viven hasta 16 pueblos que mantienen sus formas de vida ancestrales. Son unas 200.000 las personas que comparten un territorio relativamente pequeño que incluye los Parques Nacionales de Mago y del Omo, así como sus alrededores.

La importancia histórica, cultural y etnográfica de esta región del sur de Etiopía está fuera de toda duda. Pero un sinfin de amenazas se ciernen sobre el valle del Omo y sus etnias. Por eso hay voces que reclaman su declaración como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

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El valle del Omo, un mundo que se acaba

Hasta hace muy poco casi toda la región del Omo ha permanecido relativamente aislada. Pero todo está cambiando a un ritmo acelerado. Hace una década el gobierno etíope, necesitado de recursos económicos, empezó a alquilar en el Bajo Omo grandes extensiones de tierra cultivables a empresas extranjeras. Sobre todo asiáticas.

Unos km. al norte de Arba Minch se construyó la gran presa hidroeléctrica de Gilgel Gibe III. Desde su puesta en funcionamiento ha alterado el caudal y los ritmos naturales de las crecidas del río Omo. Además parte del agua embalsada se va a utilizar para regar vastas plantaciones de algodón y caña de azúcar, precisamente en pleno valle del Omo. Un plan financiado por China que también está construyendo 9 grandes factorías de procesado azucarero. A todo esto hay que sumar las autopistas pagadas por este mismo país y que conectarán el norte del país con la frontera keniata.

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Todo esto ha supuesto el principio del fin para los pueblos más cercanos al cauce del río. Los bodi, los karo, los hamer, los nyangatom, los dasanech o los mursi entre otros, están siendo reasentados lejos de sus zonas tradicionales de cultivo y pastoreo. El impacto en el medio ambiente y en las formas de vida tradicionales de todas estas etnias se anuncia irreversible.

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El desplazamiento forzoso de estas etnias a territorios ocupados ya por otras está provocando conflictos. La competencia por los cada vez más escasos recursos naturales son cada vez más frecuentes. Y esto a su vez ha provocado un incremento en el uso de armas de fuego, los famosos Kalashnikov que se ven por todas partes, usados para paliar las disputas territoriales.

Todos estos problemas permanecen ajenos al turista que viene buscando una experiencia exótica tipicamente africana. Pero para aquellos interesados en algo más que una foto de recuerdo, los problemas que planean sobre la región son cada vez más evidentes.

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Hacia el valle del Omo

Pero la magia del continente africano, de sus sonidos, paisajes, costumbres y rituales permanece omnipresente a pesar de todo. He tenido la suerte de poder viajar a un lugar donde todavía se siente la fuerza de la vida. De visitar poblados y conocer gentes que viven completamente adaptadas a un medio en el que nosotros apenas duraríamos unos días. He vivido ceremonias como el salto del toro, el ukuli bula, o un combate de donga.

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Me he estremecido escuchando sus canciones en la noche, he bailado, me he cubierto de polvo, sudor y barro, he brindado con su aguardiente. Y me han invitado a entrar en sus chozas de paja y barro para conocer a sus familias. He llegado a vislumbrar, aunque sólo superficialmente, la fuerza y la riqueza de unas formas de vida condenadas a cambiar. En realidad ya lo están haciendo.

Han sido dos semanas muy intensas recorriendo sabanas por caminos invisibles, subiendo montañas por caminos embarrados donde se atascan los mejores 4×4 y durmiendo en tiendas de campaña bajo el amparo de las estrellas. Días en los que he visto como se despertaban los poblados escuchando los sonidos de la Naturaleza. En los que he descubierto la belleza pintada y esculpida en los cuerpos de una gente orgullosa de mostrarse como son.

Días en los que he quedado totalmente impresionado con su resistencia, con su carácter todavía indómito. Y, sobre todo, con esa forma directa con la que te miran a los ojos y te escrutan el alma.

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Aterrizando en Arba Minch

Desde la ventanilla del avión procedente de Addis Abeba observo la superficie ocre de los lagos Abaya y Chamo. Por aquí, por el valle del Rift, el continente africano se está abriendo en un lento proceso tectónico que terminará dividiéndolo.

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Las vistas desde la terraza del hotel Oromio con una cerveza Habesha en la mano son de las que te reconcilian con el largo viaje. La panorámica de la inmensa selva con los lagos de fondo son un regalo para la vista y el preludio de la aventura que me espera. Sí, no hay duda. Esto es África.

Y viajar a este continente implica venir bien preparado con el mejor seguro de viaje. Por eso te recomiendo MONDO, el seguro que cubre todo tipo de contingencias, aventuras, trekkings e incidencias viajeras, incluso por Covid19. Además contratando tu seguro desde aquí obtendrás un 5% de descuento.

Los Dorze. Primer encuentro tribal

La desangelada población de Arba Minch es igual a la de tantas otras repartidas por todo el continente. Calles desangeladas, tráfico, edificios en construcción, color y mucha animación. Esta pequeña ciudad en crecimiento es una de las puertas de entrada al sur del valle del Omo. También es el lugar desde el que se puede acceder a las cercanas montañas ubicadas al noroeste donde habitan los dorze.

El polvoriento camino de tierra asciende hacia territorio dorze entre una vegetación selvática salpicada de pequeños campos de cultivo. Desde la carretera las vistas del paisaje que ofrece el valle resultan hipnóticas.

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La temperatura aquí, a más de 2.000 m. de altura, es mucho más agradable que en Arba Minch y eso se agradece. Los niños corren entre risas a nuestro lado y nos saludan con la mano gritando farangi, farangi. Una palabra que oiré miles de veces durante este viaje y que define aquí a cualquier extranjero de piel blanca.

Los dorze se encuentran asentados en estas montañas dedicándose, sobre todo, a la agricultura. Son un pueblo tranquilo y amable muy conocido por sus coloridas telas de algodón llamadas shamma.

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Los hombres confeccionan estas telas en telares artesanales, mientras que las mujeres son las encargadas del hilado. Aunque siguen viviendo en sus chozas de paja y conservando gran parte de sus tradiciones, los dorze están muy habituados a comerciar y a la visita de los turistas.

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Se calcula que hay unos 25.000 dorze viviendo en distintas comunidades repartidas por estas montañas. El rasgo distintivo más característico de los poblados dorze son sus cabañas en forma de elefante que pueden superar los 10 m. de altura. Son edificaciones muy resistentes con estructura de madera, bambú, caña y techumbre de falso banano. En la parte delantera sobre la puerta principal hay un abultamiento simulando la cabeza del animal, y más arriba dos aperturas a la altura de los ojos. Estas edificaciones, muy amplias por dentro, pueden durar hasta 60 años. Y si es necesario, se pueden desmontar y trasladar a otro lugar.

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Sus poblados suelen estar cercados y cada cabaña tiene un huerto particular de uso familiar donde no faltan los falsos bananos. Con sus cortezas trituradas y fermentadas durante semanas elaboran unas tortas que hacen a la plancha y que suelen acompañar con miel o salsas picantes. Muy picantes.

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Para rematar la visita no faltó el brindis con aguardiente local, seguido de más aguardiente y más brindis con los que llegaron la música, los cantos y una sucesión de bailes improvisados. Y es que esta gente tiene el ritmo metido en el cuerpo desde que nace.

En comparación con lo que pude ver después, los dorze son hospitalarios y disfrutan de unas condiciones de vida que ya querrían para sí el resto de etnias. Por supuesto, como en toda visita a un poblado de la zona del Omo, hay que negociar un precio por el acceso y por poder fotografiar. Todo esto os lo explico en mi artículo Aventura fotográfica en el sur de Etiopía: manual de supervivencia. En el he detallado todo lo que tienes que saber si quieres visitar el valle del Omo y fotografiar las etnias que lo habitan.

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Para entrar en ambiente, nada mejor que darse una vuelta por el pueblo más cercano. Los niños corren de aquí para allá, las jóvenes charlan al aire libre, los jóvenes se divierten jugando al futbolín. Y hombres y mujeres beben aguardiente e hidromiel sentados en la penumbra de los bares. Aquí todos miran al extranjero con una mezcla de curiosidad, recelo y finalmente, indiferencia.

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Hacia el territorio de los Konso

Amanece un nuevo día en Arba Minch, todavía con la imagen de los bailes de los dorze en la memoria y el repetitivo soniquete de sus cantos en los oídos. Hoy comienza el viaje hacia el sur abandonando el paisaje de lagos y montañas cubiertas de selva y cultivos.

La carretera es una sucesión de vehículos de todo tipo, de personas caminando por los arcenes y de coloridos mercadillos llenos de gente. Las montañas de productos se esparcen improvisadamente por el suelo o s emuestran en perqueños tenderetes. Aquí se venden animales, productos agrícolas, telas, incienso para la ceremonia del té, el etan, y montañas de khat, la hierba con alcaloides que tantos adictos tiene en Etiopía. Además se aprovecha para beber la tradicional cheka, cerveza de sorgo, mientras se saluda a los amigos y conocidos. Los mercados al aire libre en África son un mundo aparte.

Pero la influencia occidental también llega hasta aquí. Las camisetas de fútbol se han convertido en la vestimenta oficial entre los jóvenes que han desterrando la forma de vestir tradicional. Con todo lo que ello conlleva: pérdida de valores culturales, uniformidad social, aculturación y asunción de identidades ajenas. ¡Cuánto daño ha hecho el fútbol a la riqueza cultural de estos pueblos! Por eso, no vengas con tus camisetas usadas pensando que es un estupendo regalo. Si quieres dar algo, trae medicinas, material educativo para las escuelas, barritas de cereales para los niños…Hay decenas de opciones mucho mejores.

Hay unos 300.000 konso repartidos por un amplio territorio. Un paisaje de colinas bajas que han trasformado en terrazas de cultivo para evitar la erosión del terreno cuando hay lluvias intensas. Precisamente la FAO les ha premiado varias veces por sus técnicas de cultivo.

Los konso se caracterizan también por ser la única etnia que vive en poblados amurallados de piedra. En lo alto de una colina y apenas a 2 km. de la pequeña población de Konso, se encuentra el gran poblado de Doketu. Este es el mejor lugar para descubrir el marcado carácter defensivo de los poblados konso. Una especie de fortaleza levantada a base de murallas concéntricas, intrincados caminos interiores fortificados y cabañas con doble tejado. A su vez, cada familia vive en un espacio cercado con ramas y una puerta de acceso construida con grandes troncos que se puede bloquear fácilmente.

La UNESCO ha declarado a estos poblados y a los paisajes circundantes como Patrimonio de la Humanidad. Estos son los únicos asentamientos estables con una estructura de piedra que veré en las próximas dos semanas de viaje. Son el ejemplo de una tradición que se mantiene viva desde hace unos 400 años.

Para visitar Doketu es obligada la presencia de un guía que te lleve por su laberíntica estructura. Los niños, omnipresentes, se esfuerzan por venderte cualquier cosa, desde gafas y cochecitos hechos con bambú, hasta collares y pulseras. Son inagotables.

Los konso tienen un carácter fuerte y los adultos no se muestran tan amigables como los niños. Fotografiarlos resultó casi imposible. Con la excepción de una mujer mayor afectada por la elefantiasis. Una terrible enfermedad propia de las zonas tropicales provocada por las larvas de la filaria trasmitidas por moscas, mosquitos u orugas. Las larvas obstruyen el sistema linfático provocando la deformación de los miembros inferiores. Es imposible no sentir lástima y pesar viendo caminar a esta mujer por los caminos empedrados del poblado. Nunca creí que vería algo así.

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Los konso, a pesar de ya no usar su vestimenta tradicional, mantienen gran parte de su acerbo cultural. Los niños varones, a partir de cierta edad, son separados de sus familias para vivir juntos en una gran casa comunal levantada sobre troncos de madera. En el espacio inferior los mas ancianos se reúnen para tomar las decisiones importantes, mientras los niños acceden por una pequeña abertura a sus estancias.

Los konso tienen un rey, jefe de los 9 clanes konso, con carácter hereditario. Y siguen elaborando con madera las estelas antropomórficas llamadas waka. Con ellas quieren conmemorar simbólicamente a miembros importantes de la comunidad y sus hechos heroicos. No estamos hablando de un enterramiento propiamente dicho, pero sí una especie de tradición funeraria que se va perdiendo a medida que la actividad bélica de los konso disminuye.

También mantienen la tradición de clavar un tronco cada 18 años en el centro del poblado a modo de calendario. Es el llamado árbol de la generación. A sus pies hay una gran bola de piedra. Todo joven que quiere casarse ha de ser capaz de levantarla sobre sus hombros y arrojarla hacia atrás. Aunque yo no buscara casarme con una konso, lo intenté. Y os aseguro que no es nada  fácil.

Tanto los konso como los dorze son etnias que mayoritariamente se han ido asentando tras basar su economía en la agricultura. La actividad ganadera, aunque mantiene su importancia, no es comparable con la que tiene entre otras etnias del valle del Omo. Y lo mismo sucede con su asimilación cultural por parte de un mundo cada vez más globalizado.


La carretera hacia el sur es una sucesión de campos de maíz, algodón, moringa y plataneras. Un paisaje se va haciendo más llano y más seco a medida que se avanza hacia el sur. Atrás va quedando el relativamente mundo civilizado para adentrarnos en un territorio todavía salvaje: el del Bajo Omo. En los próximos día iré descubriendo a los arbore, los mursi, los bodi y a más etnias de las que no sabía absolutamente nada antes de este viaje. Estoy decidido a que no os pase lo mismo.

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