Los dassanech y sus difíciles circunstancias.

El sol calienta de forma implacable la llanura reseca en la que los dassanech han decidido levantar sus poblados. Todavía no son las 10 de la mañana y el calor crea reverberaciones sobre los matorrales. No hay ni árbol, ni una sombra bajo la que esconderse. ¿Por qué los dassanech han decidido instalarse en este entorno tan hostil?

Antes de que las descolonizaciones del continente africano dibujaran fronteras artificiales a tiralíneas, los dassanech ocupaban la parte norte del lago Turkana. En realidad dassanech quiere decir «gente del delta» y como todo pueblo semi-nómada se movía libremente buscando los mejores pastos para su ganado.

Tras los procesos de independencia africanos los dassanech vieron que su territorio quedaba dividido entre el norte de Kenia, parte de Sudán y el sur de Etiopía. Durante décadas se movieron con entera libertad por sus fronteras. Pero hoy la mayor parte de los  dassanech, unos 45.000, viven mayoritariamente en la confluencia del delta del Omo con el lago Turkana en territorio etíope. 

Un mal momento para los dassanech

Los dassanech siguieron con su tradicional pastoreo del ganado. Actividad que complementan con el cultivo estacional de maíz, frijoles o habas y calabazas aprovechando el limo que deja las crecidas del Omo. Por lo menos así lo hacían hasta que la inauguración de las presas del río Omo y el desvío de agua para irrigar gigantescos campos de algodón redujo significativamente el caudal del río.

Esta pérdida de agua está desecando el lago Turkana provocando la pérdida de la cubierta vegetal, de pastos frescos y del suelo fértil de sus orillas. Y también la desaparición de la pesca. Todo un desastre medio ambiental de libro al que aquí nadie del gobierno parece prestar atención.

Omorate, pueblo de frontera

Por si eran pocas desgracias, los dassanech han sufrido varias años de intensas sequías que han terminado por empobrecerlos. Algo que he podido comprobar visitando un par de aldeas situadas a unos pocos Km. de la localidad de Omorate. Este es el último lugar «civilizado», es decir con puesto de policía, tiendas, un par de bares y electricidad, antes de la frontera con Kenia.

Aquí los extranjeros tenemos que pasar un control del pasaporte, visado y, en tiempos de coronavirus, presentar el PCR negativo con el que entramos en Etiopía. Resulta chocante ver a hombres y mujeres dassanech semidesnudos de compras por el pueblo o realizando gestiones burocráticas.

También en Omorate, como en otras poblaciones repartidas por el valle del Omo, el gobierno etíope ha instalado una serie de dispensarios médicos. En muchos de ellos hay una zona reservada para las mujeres embarazadas. Vienen a alojarse aquí antes de dar a luz para evitar problemas en el momento del parto reduciendo así la mortalidad de la madre o de los bebes.

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No hay que olvidar que algunas de estas etnias siguen practicando la ablación a las niñas (los dassanech entre ellas). Con las complicaciones que esto conlleva cuando son mujeres y tienen que afrontar el momento del parto. El gobierno etíope ha prohibido esta terrible práctica repetidas veces. Por eso la presencia de centros médicos, así como la implantación de escuelas en estas zonas remotas, es algo digno de mencionar. Espero que con un seguimiento médico y el acceso a una educación básica las nuevas generaciones de niñas no se vean abocadas a la mutilación genital.

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La resiliencia de los dassanech

Las aguas enmarronadas del río Omo avanzan lentamente hacia el cercano Turkana atravesando una llanura marchita y requemada por el sol. Este es el lugar elegido por los dassanech para levantar sus poblados. Sus cabañas en forma de cúpula alargada están hechas a base de ramas superpuestas cubiertas con pieles, follaje seco, plásticos y láminas de metal. La verdad es que el alma se cae a los pies cuando uno se adentra en uno de estos poblados. Es lo más pobre que he visto en las jornadas que llevo recorriendo el valle del Omo.

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Hasta ahora no había visto unas condiciones tan precarias de vida. Ni las veré más adelante en ningún otro lugar de este viaje por el sur de Etiopía. Parece increíble que los dassanech hayan elegido este tórrido rincón perdido del suroeste de Etiopía para vivir.

Los dassanech no se mezclan con otras tribus manteniendo su propio lenguaje, tradiciones y estilo de vida. Tampoco parecen muy interesados en los avances de la vida moderna ni en aplicar mejoras en sus prácticas agrícolas. Supongo que es una forma de mantener sus valores frente al avance imparable del mundo moderno.

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Los dassanech nos reciben con amabilidad entre la algarabía de los niños. Al fin y al cabo la presencia de extranjeros supone un ingreso extra de dinero que siempre es bienvenido. Es casi obligatorio venir con uno de ellos que sirva de intérprete y que negocie la autorización para entrar en sus poblados. Además de niños, hay muchas chicas jóvenes peinadas con su cabello trenzado adornadas con collares, pulsares y cuentas de colores.

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Como es habitual los hombres se mantienen un poco al margen, observando con atención la llegada de los extranjeros. Son de complexión alta y delgada, y sus miradas son las de los hombres altivos acostumbrados a mirar de frente.

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Muchos llevan sombreros o tocados con plumas. Y su inseparable borkoto, un pequeño taburete de madera que les sirve de asiento y reposacabezas cuando se tumban a descansar. Los hombres más jóvenes están sacando el ganado de los cercados de madera para llevarlos a pastar cerca del río a unos centenares de metros. O a kilómetros si es necesario alejándose durante días del poblado. El ganado, como para casi todas las poblaciones del valle del Omo, es su bien más preciado.

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En el poblado quedan las mujeres, los niños y unos pocos hombres sentados a la sombra de sus cabañas o de algún cercado. A la puerta de las cabañas algunas mujeres rodeadas de sus hijos se dedican a triturar granos de maíz. Se respira un ambiente lánguido y sofocante debido a las altas temperaturas. No quiero ni imaginar el calor que puede hacer dentro de una de estas chozas revestidas con plásticos y láminas de metal corrugado.

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Mientras tanto, los dassanech siguen con sus rutinas habituales sin aparentar ninguna muestra de sufrimiento por el calor. Así es como a pleno sol, las mujeres extienden unas telas y empiezan a colocar sobre ellas toda una colección de collares, pulseras, abalorios y muestras de artesanía. Y sin inmutarse, esperan tranquilamente a que los extranjeros nos acerquemos a interesarnos por lo que ofrecen.

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La luz para fotografiar en el exterior es durísima, blanca y cegadora. Muchos de los dassanech están traspirando sudor pero no muestran la más mínima expresión de que el calor les afecte. Yo estoy achicharrado, desesperado por encontrar una sombra donde resguardarme del sol. Y por salir de este páramo a la búsqueda de un bar donde poder beber una cerveza bien fresquita. O varias.

Y eso es lo que hacemos cuando nos despedimos de los dassanech rodeados de una algarabía de niños sonrientes que nos piden regalos, agua, birr… Cualquier cosa que les alegre un poco la vida en este páramo. Ojalá su futuro sea mejor que el presente que les rodea.

Con este pensamiento nos alejamos de las orillas del río Omo bordeando el Parque Nacional Mago para adentrarnos en el territorio de los hamer. Allí acamparemos junto a sus poblados, visitaremos sus mercados y viviremos en primera persona uno de los rituales más importantes en la vida social de los hamer: el «ukuli bula«, el salto del toro.

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