Hacia territorio mursi.

Sabes que entras en territorio mursi cuando te encuentras con sus rebaños de vacas de característicos cuernos. Los mursi los van doblando hacia arriba hasta casi juntar sus puntas para evitar que los malos espíritus les hagan daño. Al menos eso dicen. Aquí el ganado es el símbolo de la riqueza y del estatus social de una familia.

Además, es parte fundamental de la dote matrimonial y en tiempos difíciles puede venderse o intercambiarse por productos de primera necesidad. Por lo tanto, cuidar del rebaño familiar es la principal responsabilidad de los hombres. Y para ello se les educa desde niños. Y quizás por eso mismo los mursi, además de fama de guerreros, también la tienen de expertos ladrones de ganado.

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Al fin y al cabo las vacas conforman gran parte de la dote que un hombre debe aportar a la familia de la joven con la que se va a casar. Suelen ser matrimonios acordados desde la niñez entre familias cercanas. Esta dote, compuesta por unas 30 vacas, algo de dinero y armas de fuego, se da por anticipado a la familia de la futura novia antes de que cumpla 10 años. Mientras son niños los futuros esposos crecen pensando que son hermanos. Pero cuando a ella le llega la menstruación, la suegra prepara a la joven para su futura vida de esposa y madre.

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Los mursi del parque Nacional Mago

A poco más de una hora de la ciudad de Jinka y ya dentro del Parque Nacional Mago, se encuentran los mursi. Su territorio, delimitado por los ríos Omo, Mago y Mara, se ubica en la parte baja del valle del Omo a unos 100 km. de la frontera con Kenia.

El Parque Nacional Mago, colindante con el del Omo, apenas está explotado para el turismo. Así que aquí no encontrarás a casi nadie exceptuando a los aburridos guardias del parque y a sus familias. El parque cuenta con diferentes ecosistemas que van desde el paisaje de sabana al de montaña con elevaciones que alcanzan los 2.300 m. En teoría aquí se pueden encontrar hasta 58 especies de animales incluyendo grandes felinos, elefantes, búfalos o antílopes, además de 81 especies de aves. Y digo en teoría porque verlos es realmente difícil. Aún así el paisaje típicamente africano del «bush» vestido de arbustos, grandes extensiones de hierba y salpicado de acacias entra por los ojos.

La ausencia de carreteras, el entorno salvaje y la dificultad para acceder a algunos lugares aquí es lo habitual. Como nunca se sabe lo que puede pasar lo mejor es venir a Etiopía con el mejor seguro de viaje. Por eso te recomiendo MONDO, el seguro que cubre todo tipo de contingencias, aventuras, trekkings e incidencias viajeras, incluso por Covid19. Además contratando tu seguro desde aquí obtendrás un 5% de descuento.

En un poblado mursi

Como en todos los poblados del valle del Omo, antes de acceder a cualquier poblado mursi hay que negociar un precio para poder fotografiar. Todo esto lo explico en un artículo específico en el que detallo todos los entresijos de estas negociaciones: Aventura fotográfica en el sur de Etiopía: manual de supervivencia.

Se calcula que hay entre 8 y 9 mil mursi repartidos en 18 clanes unidos por lazos familiares y un fuerte sentimiento de pertenencia a un grupo étnico. La gran mayoría vive todavía en una situación de relativo aislamiento manteniendo su forma de vida tribal. Además de tradiciones y ritos ancestrales que se trasmiten oralmente de generación en generación.

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La estructura social de los mursi se fundamenta en los grupos de edad y en la diferenciación de los roles por sexos. Aquí cada persona, incluidos los niños, tiene una función según su edad y si es hombre o mujer.

Nada en este lugar tan aislado es fácil. No existen las comodidades y el día a día es una lucha por la supervivencia. Como he dicho, la ganadería es su principal fuente de riqueza. Pero también practican la agricultura de subsistencia, sobre todo del sorgo y el maíz.

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Los mursi y sus trasformaciones corporales

Pero si hay algo que fascina a los extranjeros de los mursi, eso es la forma que tienen de decorar sus cuerpos a base de escarificaciones y peinados. Pero sobre todo, por las modificaciones corporales que se realizan perforando los lóbulos de las orejas. Y lo más impresionante, el uso del plato o disco labial en las mujeres. Un rasgo que comparten con otros pueblos como los surma o suri.

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Su particular sentido de la estética ha atraído hasta aquí a fotógrafos de todo el mundo. Y no es de extrañar, porque el revuelo que se organiza cuando llegas a uno de sus poblados es de los que no se olvidan. Desde lejos sus chozas de ramas y tejado cónico de paja apenas llaman la atención. Pero una vez que accedes a un poblado, los niños y las mujeres comienzan a aparecer luciendo sus mejores galas. Mientras tanto, los hombres y los más ancianos permanecen bajo la sombra de algún árbol observándolo todo con rostro serio y mirada atenta.

Es difícil no sentir una mezcla de sorpresa y asombro ante tal despliegue de ornamentos. Así como cierto agobio ante el acoso de todos los que quieren ser fotografiados. Poderoso caballero es Don Dinero, escribió Quevedo hace ya unos cuantos siglos. Y qué razón tenía. Desplegar las mejores galas es sinónimo de ser más fotografiado y de obtener más dinero a cambio. Una dinámica que considero perniciosa y que se ha ido asentando a lo largo de los años ante las demandas de fotógrafos y turistas que buscan la imagen de una África idealizada.

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Es cierto que los mursi suelen adornarse con numerosas joyas y complementos decorativos. Pero para aquellos que buscamos la autenticidad un exceso de adornos puede resultar un tanto artificioso. Sólo hay que buscar entre las personas que nos rodean para poder tomar imágenes más auténticas. Muchas veces la sencillez de lo cotidiano es más interesante y sobre todo, más real.

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El impresionante plato o disco labial

Después de las escarificaciones, el uso de la placa o disco labial entre las mujeres es la modificación corporal más impactante de los mursi. Este discos llamados «dhebi a tugoin» están hechos de terracota o madera decorados. Y se insertan en una abertura que se hace bajo el labio inferior cuando las niñas alcanzan la adolescencia. Tras una pequeña incisión, se inserta un pequeño disco. Con el tiempo los discos iniciales se van sustituyendo por otros más grandes ampliando la separación del labio inferior. En los casos más extremos, el uso del disco labial obliga a retirar los incisivos inferiores para facilitar su encaje.

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Este es un adorno icónico entre las mujeres mursi que está desapareciendo a pesar de que encarna un compromiso e identificación con su cultura. También simboliza el momento del paso de niña a mujer, a la vida adulta y el matrimonio. Porque hay que decir que esta práctica no es una obligación entre las jóvenes mursi. Son ellas las que deciden voluntariamente hacérselo o no, así como el tamaño del plato que quieren utilizar.

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Las jóvenes que lo usan lo llevan habitualmente en su vida diaria. Pero las mujeres casadas sólo lo llevan en ciertos eventos públicos o cuando sirven la comida a sus maridos. Cuando una mujer enviuda, tira su disco labial como señal de duelo y respeto hacia su esposo fallecido. Resulta impresionante ver a mujeres mayores sin el disco puesto con el labio inferior colgando por debajo de la barbilla. Y ya no os cuento cuando se lo sacan y se insertan otro con diferentes motivos decorativos.

Se desconoce el origen de esta costumbre que se ha intentado explicar con varias teorías. La más extendida es que los mursi no querían que las jóvenes resultaran atractivas a los traficantes de esclavos que llegaban desde la Península Arábiga. Otras dicen que el disco labial protegía a las mujeres de los espíritus malignos; además de ser un símbolo de feminidad ligada al concepto de la fertilidad.

Sea como sea, ver a una mujer que enseña con orgullo su gran plato labial no deja de ser algo muy especial para cualquier occidental. Un instante en el que hay que dejar los prejuicios a un lado. Y, a pesar de lo que nos pueda parecer, admirar la fuerza y la determinación de estas mujeres.

Más rasgos distintivos de los mursi

Aparte del disco labial, exclusivo de las mujeres, los mursi realizan otras prácticas de modificación y decoración corporal. Hombres y mujeres comparten las escarificaciones decorativas y simbólicas, el uso de pulseras, brazaletes y tobilleras, los afeitados de la cabeza creando círculos concéntricos, o el uso de discos en los lóbulos de las orejas.

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Pero la pintura corporal realizada con arcilla, ceniza y pintura es una práctica casi exclusivamente masculina. Por un lado les evita la gran mayoría de picaduras de insectos cuando están con el ganado. Y por otro, adquieren también un valor estético a la hora de llamar la atención de las mujeres.

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Las mujeres suelen usar tocados un tanto extravagantes hechos con todo tipo de materiales y objetos. Desde plantas a cuernos y colmillos, pasando por piezas metálicas, frutas y un largo etcétera de objetos que saben combinar a la perfección. Si yo me pongo algo así en la cabeza me llevan a un psiquiátrico. Pero las mursi los llevan con tanta elegancia que es imposible no quedar fascinado. La combinación de todos estos elementos resulta tremendamente llamativo y fotográficamente, irresistible.

Los mursi, como todos, necesitan tiempo

La visita a los mursi suele ser uno de los momentos más complicados cuando se visitan los pueblos del valle del Omo. Son conocidos por su carácter aguerrido y no siempre amistoso. Sobre todo por las tardes cuando los efectos del alcohol que beben a lo largo del día empieza a pasar factura. Pero después del frenesí de las primeras horas, cuando los extranjeros ya no son una novedad, las cosas suelen cambiar.

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Los típicos tours de turistas que recorren el valle del Omo a toda velocidad no tienen la oportunidad de conocer mejor a los mursi, ni al resto de etnias que visitan. Tal vez a la mayoría de la gente sólo les interese llegar y llevarse las típicas fotos de recuerdo. Pero si tenéis la oportunidad, contratad este viaje con una agencia que os de ese tiempo precioso para ir un poco más allá. Sólo los mejores profesionales te ofrecerá esta opción que considero fundamental.

Aunque la comunicación es difícil, siempre quedan los gestos y las sonrisas. Si lleváis gasas antisépticas o desinfectante para las heridas, os lo agradecerán. Descubriréis que detrás de cada rostro adusto se esconde una persona capaz de sonreír. Aunque os lo digo ya: en el valle del Omo conseguir una sonrisa de alguien es toda una proeza.

En estos últimos años el gobierno etíope ha ido retirando a los mursi los Kalashnikov. Pero todos los hombres portan sus dongas, unas largas varas de madera que pueden ser un arma formidable. Y así me lo demostraron cuando unos jóvenes me ofrecieron una de las suyas para «combatir» con uno de ellos. El objetivo es noquear al contrario golpeándole en la cabeza. Oír el zumbido de estas varas mientras giran a toda velocidad buscando tu cabeza impresiona. Sin duda se rieron mucho conmigo mientras intentaba manejar la donga para golpear y defenderme al mismo tiempo. Este fue uno de los momentos más distendidos del viaje, y de los más animados.

Sin embargo no todo es tan idílico. Además de las duras condiciones de vida, los mursi también se han visto afectados por la pérdida de parte de su territorio. Los planes del gobierno con sus extensos proyectos de cultivo, la creación de represas y la apertura de carreteras en el valle del Omo, hace planear una oscura sombra sobre el futuro de los mursi.

Exactamente igual que sobre el resto de tribus de este rincón hasta hace muy poco perdido del mundo. Y así os lo enseñaré en el próximo capítulo de estos «Diarios de viaje por el sur de Etiopía«. En él os llevaré a conocer a los Karo, la etnia menos numerosa del valle del Omo.

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