Es noche de luna llena en territorio hamer.

La luna llena aparece en el horizonte dibujando el contorno de las acacias que rodean el poblado hamer. En el otro extremo de la bóveda celeste la Vía Láctea brilla tenuemente en un cielo que no termina de oscurecer. En ese momento las voces rítmicas de las jóvenes hamer rompen el silencio de la noche africana. Avanzando desde la aldea, se acercan a nuestro campamento en lo que será el comienzo de una noche mágica.

Un par de horas antes, mientras disfrutaba del atardecer paseando por la aldea hamer, no imaginaba los momentos que iba a vivir. Tras la cena de una cabra asada en una hoguera, comenzaron los cantos que se fueron acercando en la oscuridad. Fueron como un imán sonoro que nos atrajo casi a ciegas hasta el grupo de jóvenes.

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Apenas vestidas con una falda, sus collares y pulseras, formaban un círculo apoyando sus brazos sobre los hombros de las demás. Mientras una de ellas dirigía el cántico, las demás la seguían a coro girando sobre sí mismas, alternándose para dirigir sus cantos rítmicos y repetitivos.

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Después de unos minutos se acercaron los jóvenes del poblado. A unos 20 metros de las chicas, comenzaron sus propios cánticos (vaya voces a coro) mientras se lanzaban a una sucesión de saltos acompañados de un rítmico batir de palmas con las manos.

Durante un buen rato las chicas y los chicos compitieron de forma separada con sus cánticos. La música, la fuerza de la juventud y la magia de una noche de luna llena terminaron juntándolos.

Fue el momento de retirarnos al campamento levantado al raso junto a la pequeña escuela rural de la zona. Desde mi tienda todavía escuché durante un buen rato los cánticos de los jóvenes. Después, sólo el zumbido de los insectos, el mugir de alguna vaca y el trotar de los burros que correteaban libremente alrededor de nuestras tiendas de campaña. En ese momento me di cuenta de que a la mañana siguiente despertaría en algún lugar del valle del Omo. El lugar del que la especie Homo partió para conquistar el mundo hace decenas de miles de años.

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El pueblo hamer

Amanece en el valle del Omo. Los hombres del poblado sacan a pastar su ganado y se acercan a curiosear en nuestro campamento. Como casi todas las etnias del valle, los hamer son pastores seminómadas. Sus casi 70.000 miembros se reparten en diferentes poblados a lo largo de la orilla este del río Omo y al norte del lago Turkana.

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La pequeña escuela, la única construcción de ladrillo existente en kilómetros a la redonda, se convierte en el epicentro de la actividad mañanera. Hombres, mujeres y niños nos observan a cierta distancia con curiosidad y rostros serios mientras preparamos el desayuno.

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En el pequeño edificio dos jóvenes profesores se dedican a educar a los más pequeños de la zona. Sus jergones se extienden al fondo de la única aula, porque es aquí donde duermen, comen y viven. Pero la presencia de los farangi, los extranjeros blancos, altera la rutina de un día normal.

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Poco a poco los hamer se van acercando y pasamos un buen rato repartiendo algunas medicinas y bolígrafos en el colegio. Intentamos mantener alguna conversación, fotografiamos y también, en mi caso, dejándome fotografiar por los jóvenes. Aquí casi todos los hombres tienen un teléfono móvil que utilizan cuando van a algún pueblo cercano como Turmi o Dimeka. Y también para escuchar música y tomar sus fotos. La tecnología del S.XXI llega incluso hasta las regiones más inaccesibles y menos desarrolladas del África Oriental.

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Los hamer siguen viviendo en poblados cercados con ramas donde levantan sus sencillas cabañas redondas de tejado cónico. Continúan moviéndose tras su ganado buscando los mejores pastos; y manteniendo gran parte de sus costumbres, ritos y creencias. Siguen recolectando miel, frutas, raíces y cultivando puntualmente sorgo, maíz y calabazas.

La caza, algo habitual hasta hace unos años, casi ha desaparecido en todo el territorio. Por eso el ganado vacuno y caprino es su principal fuente de riqueza, además de ser el sustento familiar durante la estación seca. Curiosamente vi algunos rebaños de dromedarios que los hamer utilizan como animales de carga.

La compleja estructura social de los hamer

Como es habitual en el valle del Omo, el ganado supone la mayor riqueza para un hombre. Por eso su principal función desde que son niños es alimentar a su ganado y defenderlo de cualquiera que se lo quiera robar. Hay que tener en cuenta que históricamente el robo de ganado ha sido la principal fuente de conflictos entre las diferentes tribus del valle. Y es que cuando un hombre joven es pobre y quiere casarse, no queda otra que intentar robarle las vacas al vecino. Por eso en los poblados hamer el ganado se guarda en el centro del poblado y los hombres suelen dormir al lado para tenerlo vigilado.

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Mientras tanto las mujeres se dedican a cultivar, a buscar agua, a cocinar y a cuidar de niños y ancianos. Esta separación de funciones por sexo y edad es algo habitual en todas las etnias del sur de Etiopía y los hamer no son una excepción.

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Por otro lado, la jerarquización social y la importancia del rol de los padres es parte fundamental en la vida de los hamer. Son los padres quienes autorizan a casarse a sus hijos. Además, muchos hombres lo hacen bastante tarde ya que necesitan mucho tiempo para poder tener una dote con la que pagar a la familia de la novia. Tanto es así que es algo habitual ir pagando la dote a plazos, a lo largo de toda la vida. Porque reunir veinte o treinta vacas, cabras, armas y algo de dinero no es tarea fácil. Las chicas, sin embargo, se casan bastante jóvenes por lo que suelen enviudar antes. Es entonces cuando las mujeres, si son las primeras esposas, se hacen cargo de la vida familiar y de sus posesiones.

Los hombres pueden tener varias esposas. Además de ser los protectores de su familia, suelen hacerse cargo de las viudas de sus hermanos cuando estos fallecen. La primera esposa siempre será la más importante. Se diferencia claramente de las demás por el “esente”, el collar o torque metálico recubierto de cuero que llevan con una protuberancia delantera.

Las restantes esposas pueden llevar uno o dos collares mucho más sencillos, llamados “bignere”. Aunque más que esposas son sirvientas ya que su rol se centra en hacer los trabajos más duros. Estos collares de casada son regalos de compromiso matrimonial y son usados por las mujeres durante toda su vida.

Por eso, si veis alguna mujer con un esente y dos bignere, sabréis que ella es la primera esposa. Y que su marido, además, tiene otras dos esposas que están por debajo de ella en la escala social.

El ukuli bula

Las complejas relaciones entre amigos, hermanos y hermanas se tejen en uno de los rituales más conocidos de los hamer: el Salto del Toro, el Ukuli Bula. Esta ceremonia supone el paso de joven a adulto que todo hamer debe superar: saltar desnudo sobre una hilera de vacas varias veces sin caerse. Es la ceremonia que lo acredita delante de todos para poseer ganado y formar una familia. Un momento en el que se implican todos sus parientes y amigos.

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Aunque el protagonista es el joven que tiene que superar la prueba, las mujeres de la familia son parte fundamental en esta ceremonia. Un papel que a menudo no es entendido por los extranjeros que tienen la suerte de asistir a este momento. El hecho de que las mujeres pidan ser azotadas por los amigos del joven ha sido entendido a veces como un acto de masoquismo. Y nada más lejos de la realidad. Es el acto supremo de entrega y confianza de las mujeres hacia los jóvenes de la familia que algún día tendrán que apoyarlas o mantenerlas en los momentos difíciles. Entonces las mujeres recordarán a los hombres el sacrificio que hicieron al ser azotadas y la deuda que tienen con ellas.

Os dejo este video para que os hagáis una idea de lo que es vivir el Salto del Toro en persona. O haz click sobre la imagen de abajo:

Las cicatrices de estas mujeres son la señal de por vida de lo que sufrieron por sus familiares varones. Por eso para los hamer, cuantas más cicatrices tiene una mujer en la espalda, más alta es su consideración social.

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Los curiosos peinados hamer

Cuando viajas al valle del Omo a veces resulta difícil distinguir a unas etnias de otras. En el caso de los hamer, sobre todo de las mujeres, no hay lugar a confusión. Su forma de vestir y sobre todo sus peinados, son su seña de identidad más visible

Aquí todo el mundo sabe que a los hamer les gusta cuidar su apariencia física con esmero. Y tanto hombres como mujeres, sobre todo ellas, tienen unos peinados muy llamativos y característicos. Los hombres apelmazan su cabello con arcilla y lo decoran con plumas y otros objetos. Es un peinado delicado y por eso utilizan pequeños taburetes de madera, el borkota, para apoyar la cabeza cuando duermen o descansan. Es un peinado que hasta hace poco sólo se hacía cuando un hombre había matado a un enemigo o a un animal peligroso.

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En cambiolLas mujeres se hacen una especie de pequeñas trenzas apelmazadas con tierra ocre y manteca de vaca. El resultado es un tocado de mechones rojizos llamados goscha que caracteriza a las mujeres hamer. Además, complementan su atrezzo con coloridos collares y pulseras, brazaletes metálicos y pieles de cabra decoradas con pequeñas conchas y cuentas de colores. Las mujeres casadas portan en su cuello los bignere, torques metálicos envueltos en cuero. Y el esente, con un saliente de forma fálica que sólo portan las primeras esposas.

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Lo que queda claro es que los hamer son un pueblo que se muestra orgulloso de sus tradiciones. Los hamer no se suelen mezclar con otras etnias, a no ser con los banna con los que comparten orígenes y lazos culturales. Y que mantienen un cierto distanciamiento hacia las influencias que intentan imponerse desde el mundo globalizado. Con la excepción de las camisetas de fútbol, vestimenta que aquí hombres y mujeres parecen adoptar con gran pasión.

El mercado hamer de Turmi

Turmi es una pequeña población de calles de tierra batida surgida en un cruce de caminos del suroeste de Etiopía. Cuenta con algunos bares y tiendas, pero es conocida sobre todo por el mercado tradicional que se instala los lunes a cielo abierto en una de las plazas del pueblo. Hasta aquí llegan caminando hombres y sobre todo mujeres hamer de las aldeas cercanas para vender e intercambiar sus productos, ganado y artesanías. Adentrarte en este mercado es hacerlo en la quintaesencia de la cultura rural tradicional africana.

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Recorre este mercado en plena pandemia de Covid, sin turistas que lo visiten hace meses, es toda una experiencia que te convierte en protagonista de todas las miradas. Frutas, granos, artesanía, y todo tipo de productos de primera necesidad se esparcen por el suelo. O se exponen en pequeños tenderetes apenas cubiertos por una tela para proteger del sol a los vendedores. Es el lugar perfecto para fotografiar a los hamer socializando y haciendo su vida normal fuera de sus poblados.

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El mercado banna de Key Afer

A unos 60 km. de Turmi, se encuentra la población de Key Afer. Aquí la etnia predominante es la de los banna, tan cercanos a los hamer que comparten la misma lengua. El mercado de Key Afer es más grande que el de Turmi y también se realiza en una gran explanada cubierta en parte por tenderetes con toldos de tela y plástico. Si quieres comprar artesanía local, este es el lugar. Y si no te has enterado de esto, los insistentes vendedores locales te lo harán saber persiguiéndote sin descanso con sus mercancías hasta que les compres algo.

A diferencia del de Turmi, mucho más tradicional, el de Key Afer es un mercado donde se encuentran más productos elaborados, telas, objetos de plástico y mercancías de importación. Pero lo mejor del mercado de Key Afer son sus alrededores. Las pequeñas calles que lo rodean son un auténtico muestrario de la riqueza humana del sur de Etiopía. Aquí se mezclan etíopes del norte, musulmanes y gentes de diferentes etnias del valle del Omo. Cada uno va a lo suyo, en una ruidosa y animada armonía llena de color, animación y sonidos.

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En Key Afer confirmé que los bares del sur de Etiopía son un mundo aparte merecedor de un reportaje fotográfico específico. Su ambiente, la gente, los rostros de miradas perdidas bañadas en aguardiente, los colores y las texturas se conjugan aquí conformando un mundo con una estética muy especial. Una auténtica delicia visual.

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Aquí también descubrí que los jóvenes banna son unos auténticos amantes de la estética. Es muy fácil reconocerlos por sus peinados cubiertos de peinetas de colores y abrazaderas de plástico, sus gafas de sol, sus colgantes y un sinfín de objetos con los que muestran su particular sentido de la moda.

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Reconozco que disfruté mucho visitando y fotografiando en Key Afer. Y, de paso, hidratándome con unas cervezas etíopes. Pero nada comparado con lo que me esperaba al día siguiente. La posibilidad de vivir en persona un ukuli bula, un auténtico “Salto del Toro” de los hamer. Tan de cerca que más de una vez fui yo el que acabó saltando entre los matorrales para esquivar las nerviosas embestidas de los toros y las vacas. Excitados por el ruido del gentío y el ambiente festivo, los animales sienten que algo muy especial va a suceder.

Pero esto te lo cuento aquí con todos los detalles: El Salto del Toro de los hamer. Diarios de viaje al sur de Etiopía 8º

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