Hacia territorio Nyangatom.

Hace un calor tórrido en territorio nyangatom. Tras cruzar el río Omo llegamos a la pequeña población de Kangatin, un villorrio que ha crecido a ambos márgenes de la carretera. Es mediodía y allí nos refugiamos durante unas horas en uno de los pocos bares del pueblo. A 37ºC a la sombra, la vida transcurre lentamente en este rincón perdido del valle del Bajo Omo.

Tras la primera impresión Kangatin o Kangate, constituye toda una sorpresa. Los nyangatom vienen hasta aquí para comerciar y aprovisionarse de lo que necesitan en sus poblados. Encontramos a mujeres de esta etnia cargando sacos de grano, comerciando o comprando en las pequeñas tiendas. Tras dar un pequeño paseo para tomar un café tradicional etíope, nos convertimos en el centro de atención.

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Hasta el café vienen a curiosear mujeres, jóvenes y niños. Las mujeres vestidas con pieles de cabra y adornadas con grandes collares que ocultan completamente su cuello y parte de los hombros. Los jóvenes, muy altos, vestidos con una tela atada a la cintura y provistos con todo tipo de objetos y abalorios de colores. Algo en su forma de vestir me recordó a la estética de los banna que había visto unos días antes en el mercado de Key Afer.

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Los belicosos Nyangatom

El viaje a territorio Nyangatom desde el Buska Lodge de Turmi nos lleva unas dos horas. Los 4×4 avanzan por caminos de tierra a travesando una llanura salpicada de gigantescos termiteros. La mayoría superan los 5 metros de altura elevándose como chimeneas de barro entre las acacias.

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Y como nunca se sabe lo que puede pasar, hay que venir a Etiopía con el mejor seguro de viaje. Por eso te recomiendo MONDO, el seguro que cubre todo tipo de contingencias, aventuras, trekkings e incidencias viajeras, incluso por Covid19. Además, contratando tu seguro desde aquí, obtendrás un 5% de descuento.

Si algo distingue a los nyangatom es su carácter belicoso y guerrero. Fueron los primeros en usar AK-47 en el sur de Etiopía trayéndolos desde Sudán. Históricamente han mantenido numerosos conflictos con el resto de etnias del valle del Bajo Omo. Y son temidos por todos, incluidos los mursi, los turkana y los indómitos surma.

La posesión de ganado y el control de los territorios de pasto han estado casi siempre detrás de estas disputas entre estos pueblos ganaderos. Precisamente porque son temidos, los nyangatom son llamados despectivamente por sus enemigos los “bume”, que se puede traducir por los “apestosos”.

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Se sabe que los nyangatom llegaron al valle del Bajo Omo a mediados del S.XIX, en una migración que había empezado un siglo antes en el noreste de Uganda. Desde entonces se extendieron por territorios del actual Sudan del Sur y del suroeste de Etiopía, el conocido como Triángulo Ilemi. Esta es la razón por la que hoy se encuentran poblados de nyangatom a ambos lados de la frontera divididos en 7 grupos tribales que suman unas 30.000 personas.

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Todos hablan la misma lengua nyangatom manteniendo estrechos lazos culturales y familiares. Un joven me comentó que él había nacido en territorio sudanés y que parte de su familia seguía allí. Cuando le pregunté cuánto tiempo le llevaba el viaje para ir a ver a su madre, miró sin dudarlo hacia la frontera sudanesa (en plena sabana sin ninguna referencia visual aparente) y me contestó que unos tres días de marcha a pie.

Aunque un gran número de nyangatom siguen manteniendo un estilo de vida nómada moviéndose con su ganado, es frecuente encontrar poblados de carácter semi permanente. Casi todos asentados cerca del río Omo donde, además de a la ganadería, también se dedican a la agricultura.

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Acampando junto a los nyangatom

Cuando la temperatura comenzó a bajar abandonamos Kangatin buscando un lugar donde acampar junto a varios poblados nyangatom. Estos poblados se cierran con cercados de ramas y en su interior el ganado se guarda en recintos separados. Las construcciones más características son unos graneros construidos en altura sobre pilotes de madera para mantener el grano a salvo de los roedores. Además, sus cabañas, construidas con madera, ramas y haces de paja, tienen una característica forma cónica.

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De día es casi imposible encontrar a los hombres en los poblados. Casi todos salen con sus rebaños de cabras, ovejas y vacas al amanecer y no regresan hasta el atardecer. Por eso lo que encontramos al visitar estos poblados son personas mayores, adolescentes o madres con sus hijos pequeños.

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Las mujeres nyangatom portan sus collares en una cantidad asombrosa. Los collares tradicionales se elaboran con unas semillas secas de color ocre. Pero están siendo sustituidos por los de cuentas de colores muy habituales en el norte de Kenia. Tanto es así que sólo puede fotografiar a esta joven ataviada con sus collares tradicionales.

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Muchas mujeres nyangatom se visten con largas faldas de piel de cabra y se decoran el cuerpo con escarificaciones. Las cicatrices más típicas se hacen en el pecho y el vientre. Aunque a veces hombres y mujeres se las hacen en la frente simulando los cuernos de una vaca. Muchas mujeres se hacen además una pequeña incisión bajo el labio inferior donde inserten pequeños objetos decorativos.

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Los jóvenes nyangatom tienen que someterse a un ritual de iniciación a la edad adulta antes de llegar a los 20 años. Para probar su valor han de matar a un animal como preparación antes de verse en la situación de matar a un rival de otra tribu. Tradicionalmente los hombres se hacían una cicatriz en el brazo derecho o en el pecho como prueba de haber dado muerte a un enemigo. En ese momento el jefe del clan les entregaba un arma y el hombre en cuestión pasaba a ser considerado oficialmente un guerrero.

Hasta hace relativamente poco los hombres iban completamente desnudos, aunque hoy se visten con una gran pieza de tela enrollada al cuerpo. Pero los más jóvenes han adoptado la vestimenta futbolera de pantalones cortos y camisetas. Desgraciadamente la globalización lo invade todo y su uniformidad estética está acabando con una parte fundamental del carácter y la forma de vida de estos pueblos.

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Atardece en territorio nyangatom. Mientras el sol se pone tras las cabañas de la aldea, nos despedimos de sus moradores. Gente con de carácter recio y duro, pero que nos recibió con amabilidad a pesar de su fama de conflictivos. Quizás la razón se encuentra en las trasformaciones que se están produciendo en el valle del Omo. Que a su vez están provocando cambios en las habitualmente tensas relaciones tribales. Y todo ello debido al desafío que supone la implantación de grandes proyectos agrícolas en las tierras tradicionalmente ocupadas por estas etnias.

Al fin y al cabo, el futuro se presenta lleno de incertidumbres para los habitantes del valle del Omo. Y, de una forma u otra, todos aquí se están viendo afectados. Incluidos los feroces nyangatom.

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Pronto dejaremos atrás las resecas sabanas del valle para atravesar el Parque Nacional Omo y dirigirnos hacia las verdes montañas en busca de los surma o suri. Muy pocos extranjeros llegan hasta su territorio, ya que su difícil acceso y la falta de infraestructuras les mantiene relativamente aislados del mundo. Nos esperan 3 días de convivencia, a veces complicada, con una etnia conocida por su carácter conflictivo, su agresividad y su fuerte apego a sus costumbres y forma de vida tradicional.

Conocer a los surma fue la guinda del pastel de este intenso viaje fotográfico al sur de Etiopía.

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Combate donga de los surma

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