En busca de los bodi.

Una anciana mujer bodi se acerca caminando descalza, tapada apenas con una manta roída y una piel de cabra. Su rostro es un muestrario de arrugas que reflejan la dureza de su vida en un entorno hostil. La sabana africana cubierta de arbustos en la llanura aluvial del río Omo se extiende hasta donde alcanza la vista.

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En ese momento un camión se acerca por la autopista financiada por China atravesando a toda velocidad los poblados de los bodi. Esta autopista de reciente construcción conecta Etiopía con Kenia atravesando una de las zonas de África más rica en etnias y pueblos semi-nómadas. Un auténtico despropósito que se une al plan de puesta en cultivo de miles y miles de hectáreas de algodón y caña de azúcar en un entorno todavía salvaje. Todo un atentado ecológico y cultural que está expulsando de sus territorios tradicionales a pueblos como los bodi. Sólo les queda la opción de moverse forzosamente hacia territorio ocupados por los mursi; o acabar viendo cómo una nueva realidad se les impone por la fuerza de los hechos.

Los bodi en la encrucijada

El pueblo bodi se dedica al pastoreo de ganado moviéndose con sus rebaños en busca de los mejores pastos cerca del río Omo. También practican una agricultura de subsistencia plantando sorgo y maiz. Pero en los últimos años están siendo forzados a desplazarse por el gobierno para facilitar la instalación de cultivos, así como de las factorías azucareras financiadas por China. Un acuerdo en el que nadie ha preguntado a ninguno de los casi 9000 bodi qué pensaban de todo ésto.

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Llegamos hasta territorio bodi a la búsqueda de una de las tradiciones más curiosas del valle del Omo. La ceremonia en la que los más ancianos eligen al hombre más gordo de los 14 clanes que forman este grupo étnico. Una ceremonia que se sigue celebrando cada año tras la época de lluvias, entre junio y principios de julio. Su nombre es el «Ka´el«, que significa la «fiesta de los hombres gordos».

En realidad el ganador lo único que obtiene es reconocimiento y fama entre los bodi. Los participantes en esta ceremonia, todos solteros, se encierran durante 6 meses en sus chozas. Durante ese tiempo su familia les alimenta mientras se dedican a engordar a base de miel, leche y sangre de vaca. Y sin apenas moverse para ganar el máximo peso posible.

El «Ka´el» es una tradición que se practica todavía, manteniéndose como parte fundamental de la cultura de los bodi. Estos hombres gordos son una especie de héroes para su pueblo y todos los niños sueñan con emularlos. Aquí la gordura es atractiva. Pero habrá que volver en otro momento. Faltan todavía meses para que se celebre.

Mientras tanto, las mujeres muestran su belleza adornando sus cuerpos con brazaletes y peinados. Pero lo más impactante son sus escarificaciones corporales. Esta es una práctica habitual entre los hombres y mujeres de las etnias del valle del Omo. Pero es en las aldeas bodi donde he visto algunas de las más elaboradas e impresionantes. Una técnica usada en casi todo el continente desde tiempos ancestrales y que en las mujeres alcanza un importante significado sexual. No quiero ni pensar en el dolor que conlleva realizar estas marcas que no son sólo una señal de belleza, sino que poseen valor simbólico.

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Los bodi son amigables con los extranjeros en comparación con otras etnias cercanas. Pueden mostrarse con algo de timidez cuando te reciben en sus aldeas que comparten con el ganado. Por las mañanas los niños y jóvenes se dedican a cubrir su cuerpo de cenizas mezcladas con barro para entendérsela por todo el cuerpo. Lo hacen tras desayunar lo mismo de todos los días, una pasta de sorgo machacado que toman con las manos.

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Es la hora en la que se acicalan ayudándose unos a otros. Mientras que los jóvenes van casi desnudos, las mujeres visten mantas y pieles de cabra que cubren sus cuerpos. Además de brazaletes de latón, algunas mujeres mayores llevan un pequeño adorno incrustado bajo su labio inferior. Aunque sin llegar ni de lejos a los discos labiales que veré en los poblados de sus vecinos, los mursi.

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El incierto futuro

Mientras los bodi siguen con la vida que han llevado durante generaciones, las plantaciones de algodón y caña de azúcar se extienden a lo largo del valle del Omo promovidas por el gobierno etíope. Tierras que son arrendadas a empresas extranjeras, sobre todo asiáticas, apenas por un euro y hectárea al año.

Para conseguirlo, las autoridades han planeado el desplazamiento de las etnias que habitan estas tierras. Su idea es que se vayan asentando en  diferentes poblaciones para que abandonen su estilo de vida tradicional. Para ello no ha dudado en recurrir a la presión ejercida por el ejército. Así es como los Hamer, Mursi, Nyangatom, Bodi, Suri, Karo, Dassanech, Bana, Tsamay, Arbore, Menit están viendo amenazado sus culturas y estilo tradicional de vida. Al parecer el gobierno etíope no se da cuenta del enorme valor cultural, etnológico y humano que atesoran todas estas etnias.

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Aunque algunos pueblos han terminado por asentarse, otros se niegan a abandonar las tierras de sus antepasados enfrentándose a las presiones del gobierno. Saben que si ceden, se enfrentarán a un estilo de vida totalmente ajeno al suyo  con una serie de problemáticas asociadas que he visto en este viaje. Como el alcoholismo, el desarraigo social y cultural, la desestructuración familiar o la falta de educación para enfrentarse a un mundo globalizado.

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Esa imagen del moderno camión atravesando la llanura por una autopista de 4 carriles es toda una metáfora de los cambios que vive el continente africano. Una escena que adquiere toda su incoherencia cuando ese camión avanza entre poblados de chozas levantadas con ramas. Y es observado con temor casi reverencial por gente semidesnuda rodeada de ganado. Entonces las sensaciones se acumulan y mientras nos despedimos de los bodi, un pensamiento sobrevuela sobre todos los demás: este es un mundo que se acaba.

Y no sé si para bien, o para mal.

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Una situación que también amenaza a sus vecinos los mursi, una de las etnias con más personalidad de todo el valle del Omo. Tanto unos como otros saben que esta generación, la de sus hijos más pequeños, será la última en compartir su tradicional forma de vida.

Pero eso os lo contaré en el próximo capítulo de estos «Diarios de viaje por el sur de Etiopía«.

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