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El lago Tonle Sap, el agua de la vida.

La superficie del lago Tonle Sap apenas se distingue del cielo. La línea difusa del horizonte, casi imperceptible, sólo es apreciable gracias a la casa que veo flotando a lo lejos en mitad de la nada. A mi alrededor una luz apagada unifica las tonalidades en un color ocre que domina toda la escena.

El sol no se distingue en el cielo y hace un calor bochornoso. La estación seca en Camboya es así. La calima húmeda y el polvo marrón de la tierra seca dan un aspecto irreal al extraño paisaje que pasa ante mí. Es un ambiente pesado que matiza las formas y hace desaparecer los colores. Desde luego no son las mejores condiciones para tomar fotografías.

 

Tonle Sap, el corazón latente de Camboya

Sin embargo me encuentro en uno de los lugares más visitados de Camboya. Y uno de los más pobres dentro de la pobreza de un país pobre. He venido hasta el lago Tonle Sap para ver si de verdad merece una visita. Quiero saber si el turismo que viene hasta aquí aporta algo a las comunidades locales de pueblos flotantes. O sólo es un turismo que curiosea en la pobreza sin aportar nada más que beneficios a las agencias turísticas.

El lago Tonle Sap es la superficie de agua dulce más grande de todo el Sudeste asiático. Inmerso en la gran cuenca fluvial del río Mekong, al Tonle Sap se le ha llamado el corazón de Camboya. Sus cambios de nivel entre la estación seca y la de los monzones, además de sus flujos y reflujos, lo convierten en un lugar muy especial. Y de una importancia vital para los camboyanos. Su aporte de agua para el riego de los campos de cultivo es vital en un país eminentemente rural.

Además la pesca alimenta a la mayoría de los habitantes de las casi 200 aldeas que lo rodean. Aldeas flotantes sin lugar fijo o construidas cerca de las orillas sobre complejas estructuras de troncos de madera llamadas palafitos. Un tipo de viviendas que se adapta a los cambios de nivel del agua del lago que puede alcanzar los 8 metros de diferencia. Por eso el paisaje cambia radicalmente si haces la visita a alguna de estas aldeas en temporada seca o húmeda. Existen aldeas flotantes repartidas por el lago y en el mismo río Tonle Sap que llega hasta la capital Phnom Penh.

Además el Tonle Sap conforma un entorno natural único. Los bosques de manglares de las orillas son el entorno ideal para que los peces puedan reproducirse. El lago es también el habitat de muchas especies de aves, algunas en peligro de extinción, así como de gran cantidad de anfibios, reptiles, monos y pequeños mamíferos. Por eso en 2001 fue nombrado Reserva de la Biosfera por la Unesco. Desgraciadamente la sobreexplotación de los recursos, la destrucción de los manglares, la deforestación de las orillas, la contaminación y las represas están afectando seriamente a los ecosistemas del lago.

El limbo legal de los vietnamitas del Tonle Sap

La mayoría de los visitantes que llegan hasta las aldeas del lago desconocen casi todo acerca de las etnias que lo habitan. De su historia, de sus circunstancias y de sus problemas. Seguramente a la mayoría tampoco les importa en absoluto. Por eso desconocen que la mayoría de los habitantes del lago son de origen vietnamita.

Cuando los franceses llegaron al sudeste asiático a mediados del S.XIX ya existían los pueblos flotantes. Los vietnamitas, debido a su influencia política y militar durante los siglos anteriores, habían ocupado parte del Tonle Sap. Pero la redefinición postcolonial de las fronteras y las guerras en el sudeste asiático durante el S.XX provocaron un puzzle étnico con importantes consecuencias en la actualidad.

Por circunstancias históricas Camboya y los camboyanos sienten un especial recelo a todo lo que proviene de Vietnam. Hay que recordar que el régimen maoista de los Jemeres Rojos provocó un auténtico genocidio de su población entre 1975 y 1979.

Esta limpieza étnica incidió especialmente en los vietnamitas asentados hacía generaciones en las orillas del Tonle Sap. Fue precisamente la invasión vietnamita de Camboya la que acabó con el régimen de los Jemeres Rojos en 1979. Pero la población mayoritariamente jemer de Camboya vio esta invasión, y la posterior imposición de un gobierno títere afín a Vietnam, como una humillación. Vietnam mantuvo tropas de ocupación en Camboya hasta 1989, año en el que se acordó su retirada y la restauración de la monarquía. Pero el paso de los años no ha borrado de la memoria colectiva el rechazo hacia todo lo vietnamita, más bien al contrario.

Desde hace algunos años se vive en Camboya un proceso de modernización. Hasta hace bien poco muchos camboyanos ni estaban registrados ni poseían documentos de identidad. Por eso se decidió crear un padrón de habitantes. Sin embargo las autoridades camboyanas han negado casi sistemáticamente la ciudadanía a los pueblos de origen vietnamita asentados en las orillas del Tonle Sap. Sí, la mayor parte de la gente que veremos pescando en el lago, cocinando en sus casas y haciendo sus vidas, viven en un limbo legal que les dificulta el acceso a los servicios públicos básicos.

¿Y por qué cuento todo esto? Porque si te consideras viajer@ responsable es necesario esforzarse por conocer las circunstancias reales de los pueblos que visitas. No podemos viajar con una venda en los ojos. O limitarnos a ver la pequeña parte de realidad que nos ofrecen los tour operadores sin hacernos preguntas. Porque detrás de la forma de vida tan particular de los habitantes del lago hay mucho más por descubrir.

¿Es posible visitar Tonle Sap de una forma responsable?

Debido a su cercanía a Siem Reap y a los templos de Angkor, el lago Tonle Sap y sus aldeas flotantes se ha convertido en un atractivo turístico de primer orden. Desde Siem Reap todas las agencias de viaje ofrecen tours organizados a las aldeas del lago más cercanas: Chong Kneas, Kampong Plouk, Kampong Khleang y Mechrey. La mayoría ofrecen lo mismo. Excursión en grupo hasta alguna de las aldeas, viaje en lancha por las orillas para ver las casas y los manglares. Y algún extra, como la comida o la cena al regreso.

Pero me preguntaba si sería posible hacer una visita por mi cuenta. Quería saber si el dinero que iba a pagar aportaría algún beneficio a la población local. Muchos tour-operadores te aseguran que así es, que gran parte del dinero que pagas por el tour va a manos de la gente local. Pero ¿cómo saberlo? La mejor manera era organizar personalmente el viaje contratando a gente local. Y pagando directamente en mano tanto el trasporte como la visita, la comida y las actividades que proponen.

A mi llegada a Siem Reap contraté durante varios días los servicios de un conductor de tuk tuk. Era la mejor forma de recorrer a mi aire los templos de Angkor, además de contar con un guía e informador personal. Es imprescindible que el conductor hable algo de inglés, que te de confianza y que sea un profesional serio. En mi caso tuve suerte con Chey ya que cumplió con todos estos requisitos.

Tras consultar con Chey un viaje al lago Tonle Sap me recomendó ir hasta Kampong Plouk. Abriendo un mapa me indicó dónde estaba, la ruta y los lugares a visitar. Ubicada a más de una hora de Siem Reap, Kampong Plouk no era el pueblo más cercano pero contaba con algunos puntos a su favor. No era tan turístico como Chong Kneas, ni tan grande como Kampong Khleang. Al estar en temporada seca aquí podría observar mejor la complejidad de las construcciones con palafitos. Y al regreso podría pasar por los templos de Bakong y Preah Ko.

Salimos pronto por la mañana. Siem Reap comenzaba a desperezarse y a lo largo de la ruta fui observando cómo los camboyanos iniciaban sus rutinas habituales. Terminar de desayunar, lavar los platos, cargar las motos y los tuk tuks de todo tipo de mercancías, comenzar a cultivar los campos, poner una ofrenda en algún santuario…Todas estas actividades se hace a la vista de todos, en plena calle o a los lados de las carreteras.

En tuk tuk la vida pasa rápido ante tus ojos. Tragas polvo y los baches del camino te hacen saltar agitándote como el líquido en una coctelera. Tras dejar atrás la carretera nos adentramos en un camino de tierra polvorienta que parecía no tener fin. En unos minutos las aldeas y pueblos, así como  el intenso tráfico van quedando atrás. El paisaje se vuelve rural y monótono a medida que trascurren los kilómetros, siempre en línea recta rodeados de inmensos campos de arroz. Avanzamos entre  una bruma ocre de polvo en suspensión y humedad que difumina los colores.

Hasta que paramos en una especie de puesto de control con aspecto de oficina gubernamental. Allí, tras unos cristales, un hombre de uniforme vendía los tickets de entrada a la Comunidad Turística de Kampong, premiada en el 2017-2018 como destino turístico en Camboya. Así lo ponía en el cartel sobre la caseta de acceso. Sabía que iba a intentar cobrarme de más porque a veces en Camboya las cosas funcionan así con los turistas.

El precio de entrada era demasiado abusivo, así que tras consultar con Chey fue a hablar con el funcionario. Éste permanecía callado y teatralmente enojado en la caseta de cobro porque yo no quería pagar lo que me pedía, unos 40$. Al final, entre regateos, charlas y  miradas de tanteo, la cosa quedó en unos 20 dólares. Con esa entrada tenía “derecho” a acceder al poblado y a un paseo en lancha por el lago. Unos kilómetros más adelante llegamos a un canal cuyas orillas estaban totalmente cubiertas por lanchas de madera. Estábamos entrando en Kampong Plouk.

Un paisaje de palafitos, basura y barro

La vida parecía trascurrir con apacible tranquilidad. Los hombres echaban sus redes en el agua enmarronada o trabajaban impermeabilizando sus lanchas. Las mujeres reparaban las nasas o atendían los pequeños puestos de comida y bebida a los bordes del camino. Finalmente llegamos al lugar donde se reúnen los conductores de las lanchas. Chey se encargó de hablar con unos y con otros. Al momento  un hombre enjuto, serio, con el rostro cargado de arrugas me indicó en silencio que le siguiera. Nos adentramos en las orillas de tierra y barro hasta una de las lanchas varadas en la orilla que parecía tener cientos de años. El motor oxidado, las cadenas de trasmisión del volante de automóvil que hacía de timón, también.

Tras alejarnos de la orilla el hombre puso el motor en marcha. Lentamente nos adentramos en un canal de agua turbia. Poco después empezaron a  aparecer las casas elevadas sobre altos pilotes de madera. Las complejas estructuras sostenían a más de 6 metros de altura las viviendas de madera y techo de chapa. Los niveles inferiores se usaban para almacenar redes, bidones, cuerdas y todo tipo de material. Al nivel de tierra, se acumulaba todo tipo de utensilios desparramados aquí y allá entre la basura. Si, un paisaje de basura y barro en el que trascurría la vida de los habitantes de este lugar. Uno más de tantos paisajes de pobreza que he visto en otros muchos lugares. Kampong Plouk es un asentamiento estable de unos 3.000 habitantes formado por varias aldeas. Aquí la mayor parte de la población es jemer, de ahí la existencia de edificios públicos como escuelas y torres de comunicaciones.

Pero sentado en la lancha mis ojos se perdían en esas escenas que hacen que este lugar sea tan especial. Los niños se bañaban en esta agua donde va a parar toda la porquería imaginable. Los hombres pescaban con sus redes sumergidos casi hasta el cuello. Algunos niños remaban en sus canoas hacia la escuela local. Nos cruzábamos con otras lanchas cargadas de turistas o de habitantes del lago. Las familias hacían su vida bajo las casas, las mujeres lavaban la ropa, los niños pequeños jugaban ajenos al resto del mundo. Todo aquí parecía trascurrir al ritmo del monótono petardeo del vetusto motor de la lancha.

Nadie se sorprendía de nuestro paso. A veces los niños sonreían. Los adultos miraban indiferentes. Intento comunicarme con el conductor de la lancha pero es imposible. Desconozco si es jemer o de origen vietnamita y me quedo con las ganas de preguntarle, de saber más de su vida, de su familia o de su día a día en el lago.

El turismo como motor de cambio ¿también aquí?

La población del Tonle Sap ha vivido tradicionalmente de la pesca y de lo que ofrecían las orillas del lago. Pero el turismo está trayendo inversiones, nuevos proyectos y cambios económicos. Así me lo comentó después Chey. Al fin y al cabo él también vive del turismo. Efectivamente parte del dinero que pagué por mi entrada va a parar al bolsillo del hombre que me llevó en su lancha. Los turistas también van dejando dinero en los pequeños negocios de comida y bebida. Hay quien ha montado en sus casas pequeños puestos de artesanía que venden a los visitantes. Las mujeres de algunas aldeas se han constituido en cooperativas que llevan a los turistas a visitar los manglares cercanos. Y en el lago se han levantado restaurantes flotantes para dar servicio a los que llegan hasta aquí.

Todo esto, de una forma u otra, redunda en beneficio de la población local que sale del escalón más bajo de la miseria para ascender al escalón de la pobreza. El siguiente paso les permitirá, ojalá, alcanzar comodidades hasta hace poco inalcanzables para la mayoría. Veo que en las casas no faltan las antenas de televisión, que los pescadores pueden completar sus ingresos trasportando a los turistas en sus lanchas. Y que hasta los niños tienen teléfonos móviles. ¿Será que soy de esos que prefieren ver siempre la botella medio llena a verla medio vacía?

Sí, soy optimista a pesar de los restos de plástico enredados entre los manglares y de la basura estancada en el barro de las orillas. A pesar de las condiciones insalubres en las que todavía viven la mayoría de esta gente. Optimista a pesar de la ausencia de derechos civiles, derechos que a muchas de estas personas les niega el estado camboyano. Optimista a pesar de la contaminación, de las presas que alteran el caudal de los ríos y el nivel del agua; o del deterioro de los manglares y zonas protegidas para ampliar los campos de cultivo.

Quiero pensar que cada año que pasa esta gente vive un poco mejor. Y que todo el que llega hasta aquí como turista, de una forma u otra, contribuye a que así sea. Me pregunto si esto sólo pasa aquí o también en las decenas de aldeas diseminadas por el lago. Y me quedo con las ganas de visitar alguna de las aldeas no permanentes con habitantes de origen vietnamita.

Un lago donde no distingo el cielo del agua

El canal cada vez se hace cada más ancho y las estructuras de las casas cada vez son más altas. Parece increíble que cuando sube el nivel del lago, el agua llegue hasta allí arriba. Pero así es. Cuando llegan las lluvias monzónicas todo lo que veo queda sumergido bajo las aguas durante meses. En un punto del recorrido las casas desaparecen y durante unos minutos atravesamos los bosques de mangle que rodean gran parte del lago. Hasta que el canal se abre y nos adentramos en la superficie lisa y ocre del inmenso Tomle Sap. A medida que nos alejamos de las orillas la superficie del cielo y del lago parecen fundirse en este aire espeso y cálido. Sólo distingo las casas flotantes y las trampas para peces de bambú que surgen de la superficie del agua.

Lentamente nos acercamos hasta una de estas estructuras de madera rodeada de embarcaciones. Cuando bajo de la lancha se acerca hasta mí un hombre sonriendo. Me cuenta en un inglés bastante inteligible que estoy en las instalaciones de una cooperativa de pescadores. Desde aquí los turistas pueden contratar los servicios de las mujeres (la mayoría) y hombres para hace una excursión a los manglares o ir a visitar las granjas de cocodrilos. O que si lo prefiero puedo quedarme y tomar algo en el bar-restaurante abierto al lago. Opto por quedarme a tomarme un café helado y fotografiar lo que veo.

He visitado ya unos cuantos manglares en diferentes lugares del mundo. Algunos en vías de recuperación como los de Monterrico en Guatemala; otros convertidos en Parque Nacional como el de los Everglades en Florida. Son ecosistemas fundamentales para mantener la riqueza ecológica de su entorno. Son el criadero ideal para los peces, el lugar donde habitan especies de aves, anfibios y reptiles; además de ofrecer refugio a muchas otras. Las plantas de mangle asientan el suelo con sus raíces y ralentizan los flujos de agua.

La buena salud de los manglares es algo que conocen bien los habitantes locales. Pero la contaminación y la presión humana están alterando estos entornos. De ahí la importancia que tiene que los propios lugareños defiendan su conservación. Saben que los turistas que vienen hasta aquí lo hacen también para visitar el manglar.

Paso una hora observando la actividad en la estructura flotante. Los turistas llegan en lancha y tras pagar a la cooperativa, se suben en alguna barca que les lleva de excursión. Otros habitantes del lago llegan hasta aquí buscando trasporte. Este lugar es como una estación de paso en medio del lago. Los niños juegan, los adultos esperan tumbados en las hamacas o sentados en el suelo.

Pronto se olvidan de ese extranjero que lleva una cámara pegada a la cámara y de sus gestos que piden permiso para fotografiarles. Las barcas se acumulan en el pequeño embarcadero. Las mujeres instalan telas para hacer sombra. Mientras tanto esperan pacientemente a que les llegue su turno. Hablan unas con otras, ríen, pasan de una barca a la otra ayudándose. El tiempo trascurre a otro ritmo flotando sobre las aguas del Tonle Sap.

Regresando a tierra con avería incluida

Había muchas posibilidades, y pasó. Tras iniciar el regreso a tierra firme en la lancha que me había traído el viejo motor oxidado de la lancha dijo basta. La lancha se detuvo y el tiempo volvió a detenerse mientras flotábamos a la deriva en medio del lago. Son cosas que pasan en los viajes. Imprevistos ante los que hay que poner la mejor cara. El propietario se afano durante un buen tiempo en la reparación del motor. De vez en cuando me hacía algún gesto, o compartía alguna sonrisa cómplice como diciendo: estas cosas pasan amigo.

Finalmente el motor arrancó. Volvimos a entrar en el canal y a recorrer los bosques de pilastras que soportan las construcciones aéreas durante la temporada seca. Esta vez paramos en la orilla a unos kilómetros del punto de partida. Por señas el pescador me dijo que esperara mientras marcaba un número en su teléfono móvil. Unos minutos después un joven en una moto aparecía para venir a buscarnos. En Camboya es habitual ver familias enteras o grupos de 3-4 amigos subidos en una misma moto. Así que siguiendo el dicho de “allá donde fueres, haz lo que vieres” me monté en la moto. Y allá que nos fuimos los tres de camino al embarcadero principal.

Allí me esperaba Chey, paciente como siempre. Entre una cosa y otra había trascurrido casi toda la mañana. Si quería visitar los templos de Bakong y Preah Ko debíamos partir cuanto antes. Así fue como en menos de una hora me paseé en lancha por el Tomle Sap, recorrí en moto parte de sus orillas y recorrí en tuk tuk caminos polvorientos a la búsqueda de antiguos templos hinduístas levantados por los jemeres en el Siglo IX. Pero esta es otra historia.

Entonces ¿merece la pena visitar el lago Tonle Sap?

Mientras nos dirigíamos al templo de Bakong la vida rural de Camboya pasaba ante mis ojos. Atrás iban quedando campos de cultivo donde chapoteaban los búfalos de agua; familias aventando el grano en los patios de sus casas y mujeres encendiendo el fuego de los hornos de leña para preparar la comida. Los niños en bicicleta me sonreían al pasar mientras los vecinos se paraban a hablar a la sombra de las palmeras. Por todos lados se levantaban las pequeñas casas, humildes, levantadas sobre pilotes para escapar de las inundaciones de la época de lluvias. Y a lo largo de todo el recorrido, los omnipresentes tuk tuks cargados de mercancías y pasajeros.

Las escenas de la vida diaria se entremezclaban con mis pensamientos acerca de lo poco que había visto en Kampong Plouk y Tonle Sap. Tenía la impresión de que no había visto casi nada de lo que el Tonle Sap puede ofrecer al visitante. Y por otro lado estaba la frustración de no poder comunicarme con la gente local. Apenas había arañado la superficie de una realidad que adivinaba mucho más compleja. ¿Mereció la pena? Claro que sí a pesar de todas las limitaciones. Descubrir, aunque sólo sea superficialmente otras realidades, siempre obliga a reflexionar sobre nuestras circunstancias y las de los demás. Y a relativizar.

Hay personas que tras esta visita quedan defraudadas. Otras pueden creer que esto es un «tour de la miseria» donde los habitantes locales son la atracción. Sólo les pediría que pensaran si su visita, de alguna forma, ha beneficiado a la gente local. Dar a conocer alguna de las aldeas del Tonle Sap, sea de la forma que sea, pone en valor sus valores etnológicos, culturales y naturales.

Si de paso ayudamos a que sus habitantes vivan más dignamente el viaje ya merece la pena. Si además procuras hacerlo de manera que el dinero que gastes vaya directamente a manos de los locales, mejor que mejor. Porque cada pequeño paso y cada pequeño gesto, suma. Las generaciones venideras te lo agradecerán.

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