Soñando con Pamukkale.

Recuerdo las primeras imágenes de Pamukkale que vi en mi vida. Como en un sueño fantástico grupos de turistas en bañador disfrutaban en las aguas turquesa de unas piscinas naturales que se desparramaban por una colina como chorros de espuma de un blanco inmaculado.

Por aquel entonces no podía imaginar que algún día pudiera visitar ese remoto lugar, ni que iba a plantearme la posibilidad de no visitarlo. Y es que a punto estuve de no ir a Pamukkale debido a las críticas de algunos viajeros que expresaban su malestar por las malas condiciones de conservación de un lugar que a priori se publicita como una de las maravillas de Turquía.

Por si se os plantea algún tipo de dudas os digo desde este mismo instante que ni lo dudéis, que si tenéis la oportunidad de ir a Pamukkale, no la dejéis pasar. Y que si para ello debéis recorrer centenares de kilómetros de carreteras infernales, pues los recorréis. Porque este lugar es una auténtica maravilla natural a la que hay que sumar las ruinas de la ciudad romana de Hierápolis que creció en su parte más elevada para aprovechar las aguas termales que no han parado de brotar desde tiempos inmemoriales.

Ubicada en un punto intermedio de la llanura turca de la provincia de Denizli, Pamukkale “Castillo de algodón” en turco, se encuentra a 250 Km. tanto de Izmir en la costa oeste del Egeo como de Antalya al sur. Y a más de 500 km. de Ankara y a 660 de Estambul. Es decir, que a Pamukkale hay que ir ex profeso. Desde las ciudades costeras más turísticas hay agencias que organizan viajes de ida y vuelta en el mismo día pero yo os recomiendo pasar al menos una noche para disfrutar de uno de los atardeceres más bellos que haya visto jamás en mi vida. Y os aseguro que he visto unos cuantos.

Mi planteamiento fue el siguiente: tras aterrizar en Izmir alquilé un coche con el que hice un recorrido circular de 10 días que pasando por Celçuk, Epheso, Pamukkale, Fethiye y Bodrum terminaba en Izmir. Así pude  visitar algunos de los enclaves más interesantes de esta parte de la costa turca del Egeo y de paso hacer una parada intermedia en Pamukkale.

mapa con ruta circular por Turquía

Los 200 Km. que transcurren desde Celçuk recorren un paisaje de cultivos sin nada destacable a no ser las carreteras llenas de baches, los locos adelantamientos de los camiones y los controles de velocidad de la policía turca. Hasta que a unos 40 Km. de Denizli apareció entre la neblina provocada por el calor una colina truncada y cubierta de blanco que refulgía bajo la luz del sol y evidentemente no era nieve. No había dudas de que estaba llegando a Pamukkale porque si algo tiene bueno la red de carreteras turca es su señalización, tanto es así que no necesité el GPS en ningún momento de mi viaje.

Con antelación había reservado habitación en un hotelito del mismo pueblo ubicado a los pies de las paredes de piedra caliza, pero lo bastante alejado de los masificados hoteles que siguen aprovechando las aguas termales para llenar sus piscinas. Ansioso por ver cuanto antes aquella maravilla ascendí por la carretera que lleva directamente a la base de ese farallón calcáreo que vislumbraba ya desde kilómetros de distancia. En pleno mediodía y bajo un sol de justicia excursiones de turistas en bañador se bajaban de los autobuses que los habían llevado a visitar Pamukkale. Los vendedores de postales, mapas y recuerdos asentados en medio de la carretera intentaban detener a cada vehículo que pasaba por allí o asaltaban a cualquiera que fuera a pié. Una fila de turistas guardaba paciente su turno para subirse a un camello y hacerse la foto de rigor con la montaña blanca de fondo…

Turistas y camello en Pamukkale

A primera vista aquello era un decepcionante parque temático, así que sin bajarme del coche di media vuelta mientras los vendedores me perseguían corriendo, se tiraban encima del coche y hasta hubo uno que se subió a su pequeña moto y me persiguió un buen trecho pegando gritos, conduciendo con una mano jugándose el tipo mientras en la otra me mostraba insistentemente sus mapas y postales.

Ya de mal humor, aceleré y me puse a buscar mi hotel que afortunadamente estaba alejado de toda aquella locura. Nada más llegar la amabilidad del recepcionista y su ofrecimiento para comer algo en la terraza junto a la piscina consiguieron tranquilizarme. Me explicó que Pamukkale era una locura hasta las 5 de la tarde cuando la mayoría de los grupos de turistas regresaban a sus hoteles en la costa. Así que decidí esperar, bañarme en la piscina y tras instalarme en la habitación, intentar de nuevo entrar en Pamukkale.

Y efectivamente, a las 5 casi no había autobuses y los alocados vendedores de souvenirs habían desaparecido. El solitario camello masticaba tranquilo por fin algo de hierba y en el parque con su laguito ubicado a los pies de la montaña casi no había gente.

Así que tomando la rampa que lleva hacia la entrada me dirigí a comprar mi boleto por 20TL con el que podía acceder a la zona de piscinas de travertino y a las ruinas de Hierápolis, con la excepción de la antigua piscina romana llamada de Cleopatra cuya entrada se paga aparte. Hay otras dos entradas, pero esta es la más accesible desde el pueblo y además es la que directamente conduce hacia la ladera de la montaña.

Durante las últimas décadas del S.XX Pamukkale fue explotada hasta la saciedad, se construyeron multitud de hoteles que extraían las aguas termales para llenar sus piscinas dejando secas las piscinas naturales. En las que quedaba agua se bañaba los turistas con jabón, se vertían por todas partes las aguas residuales y todo el mundo pisoteaba aquí y allá con sus zapatos y se accedía a las pozas en motos y bicicletas originando un destrozo tal que parte de los restos arqueológicos de Hierápolis fueron destruidos. Cuando en la década de 1980 se solicitó a la UNESCO la declaración de la zona como Patrimonio de la Humanidad, el organismo internacional puso sus condiciones. Se demolieron hoteles, se eliminó el asfalto en la rampa de acceso y se prohibió el acceso en cualquier tipo de vehículo. Se construyeron en la misma rampa una serie de piscinas artificiales que con el paso de los años se han ido cubriendo de blanca cal lo que me dio la impresión de encontrarme en una especie de parque acuático y se prohibió el acceso con zapatos. Hoy, a pocos metros de la entrada, hay que descalzarse y avanzar a pie por la ladera cubierta de una blanca capa de cal mientras el agua corre entre los dedos de los pies.

A estas alturas creo que ya queda claro que no hay que olvidarse el bañador para darse un baño en las piscinas habilitadas para ello, y las chanclas para poder luego caminar por el recinto de Hierápolis. Mientras se asciende por la rampa se puede apreciar como las cortinas de agua caen suavemente por las laderas ya blanqueadas por el sol y que están todavía en proceso de recuperación. En las partes más altas muchas pozas están vacías para facilitar el proceso de blanqueo y eliminar los rastros de la suciedad dejada por años de mal uso.

Aún así y a pesar de las zonas que permanecen más deterioradas, Pamukkale irradia una belleza que en algunas partes supera lo imaginable. Sólo la afluencia de visitantes estropea un poco la tranquilidad del lugar, pero es suficiente alejarse de la zona de la rampa para encontrar zonas menos visitadas.

Por ejemplo podemos caminar por las pasarelas de madera que dan acceso a las partes más altas que ofrecen vistas increíbles, o perdernos entre las ruinas y las viejas piedras de Hierápolis, la ciudad construida por los romanos en lo más alto de Pamukkale para aprovechar las fuentes termales de la falla del río Menderes. La misma falla que también ha originado numerosos movimientos sísmicos y la progresiva destrucción de Hierápolis.

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Las ruinas romanas de Hierapolis

En la antigüedad muchos edificios de culto a la naturaleza fueron construidos cerca de fuentes de aguas termales. Hay constancia de asentamientos humanos en torno a  estas aguas en Pamukkale durante el periodo Hitita, a los que siguieron anatolios, lidios y persas. Finalmente los griegos llegados desde la costa del Egeo tras la caída de Troya expulsaron a los persas de Anatolia Central iniciando el llamado Periodo Helenístico que perduró hasta la llegada de los romanos. En Hierápolis, que quiere decir “Ciudad Sagrada“, los romanos adoraron a Apolo, Artemisa, Heracles o Poseidón entre otras divinidades de su panteón. Con el paso del tiempo se fueron añadiendo  otros edificios como baños y fuentes para aprovechar a los efectos curativos de estas aguas y  más templos para honrar a las diferentes deidades. Además se construyeron teatros, palacios y grandes avenidas que permanecieron en uso hasta bien entrada la Cristiandad en época bizantina.

Hierapolis

A lo largo de su dilatada historia Hierápolis fue destruida varias veces por los terremotos y reconstruida una y otra vez, por eso la mayoría de los restos arqueológicos que se encuentran hoy son de la época romana. A partir de dos puertas monumentales de entrada casi todas las construcciones quedan repartidos a ambos lados de la llamada “Calle de las Columnas” que divide la ciudad en dos a lo largo de más de kilómetro y medio. A su alrededor se encuentran los restos esparcidos por el suelo de cimientos, edificios públicos en ruinas, basamentos, pórticos, canalizaciones… pero el lugar más curioso es esa piscina termal, la llamada “Piscina Sagrada” o de Cleopatra cuyo fondo está cubierto con restos de columnas y mármoles tallados sumergidos en el agua por efecto de los terremotos.

Si quieres sentirte como uno de aquellos antiguos romanos tendrás que pagar unas cuantas Liras Turcas más para acceder a este recinto y darte un baño en sus aguas de color azulado.

Quizás la construcción más destacada de Hierápolis es el Teatro Romano construido durante el reinado del emperador Adriano en el S.II d.C. Localizado en el centro de la ciudad y muy bien conservado se calcula que tuvo capacidad para albergar hasta unos 10.000 espectadores en sus 50 filas de asientos (la cavea) divididos en secciones por 8 escalinatas. Por lo demás Hierápolis es un campo de ruinas donde apenas se pueden reseñas un par de construcciones importantes como los restos de las fuentes monumentales que decoraban la ciudad llamadas Nimpheum o los restos del Templo de Apolo.

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Un atardecer inolvidable

El conjunto natural e histórico de Pamukkale e Hierápolis fue finalmente declarado Patrimonio de la Humanidad en 1988 ya que este tipo de formación geológica es muy infrecuente. Lentamente se van recuperando las sucesivas capas de caliza y travertino creadas durante siglos por el continuo discurrir de las aguas termales que siguen brotando a una temperatura constante de 35º originado esa especie de cataratas petrificadas en una sucesión de terrazas y piscinas naturales. Su color blanco, proveniente del carbonato cálcico que arrastra el agua y blanqueado por la luz solar, vuelve a brillar conformando este espacio natural único. Parece que Pamukkale, a pesar de los daños sufridos por décadas de abuso y mala utilización, vuelve poco a poco a recuperar su perdido esplendor.

Por eso os recomiendo ir a Pamukkale, para asombraros ante la grandeza y la belleza inigualable de la Naturaleza y también para no perder la esperanza de que con una gestión responsable podemos recuperar los ecosistemas que el ser humano ha alterado de manera totalmente insensata.

Y lo recomiendo porque a pesar de la sensación de parque temático que se tiene a veces, nadie se podrá sustraer al encanto del amanecer y el atardecer. Estos son los momentos en los que se producen unos reflejos y unas tonalidades únicas que nos pueden dar una idea de cómo debía lucir Pamukkale en sus mejores momentos. Las capas de minerales y  los estanques blanquísimos de aguas azuladas refulgen con la luz solar creando una sensación mágica de calma. Las cascadas de cal, el agua y la luz parecen congelarse en colores que recorren todas las tonalidades de amarillos y anaranjados, y sólo por vivir ese momento único en el que el tiempo parece detenido merece la pena hacer el largo viaje hasta aquí.

Para mí fue uno de esos atardeceres inesperados ya que andaba recorriendo las pasarelas de madera de la parte superior de los estanques secos de travertino del lado sur. Un par de colegas fotógrafos turcos me vieron con las cámaras y me dijeron que les siguiera hacia el otro lado, hacia el mirador que quedaba hacia el norte donde se encuentra la Puerta Bizantina de Hierápolis. Tras atravesar una zona ajardinada apareció la zona de terrazas y piscinas más hermosas que había visto en Pamukkale justo cuando el sol comenzaba su descenso.

 

Apenas una docena de personas contemplamos aquel largo atardecer de verano. En un silencio emocionado sólo roto por susurros de admiración contemplamos el paso del día a la noche en ese lugar único, de una belleza casi virginal y conservado milagrosamente a través de los siglos.

Fue uno de esos momentos que sacian la sed del viajero que ya ha visto mucho y al que muy a pesar suyo le cuesta sentir esa sensación de asombro antaño tan normal. En ese atardecer tuve la suerte de asombrarme de nuevo y de comprender, una vez más, por qué viajar es el alimento de mi espíritu.

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