Lanzarote, la isla para desconectar del mundo.

¡Cómo me gustan los paisajes de Lanzarote! Sus volcanes, campos de lava, cráteres, tubos volcánicos, arena negra y colores minerales siempre me dejan asombrado. Esta isla de las Canarias nos muestra lo pequeños que somos ante la belleza y el poder de una Naturaleza que puede mostrar su fuerza en cualquier momento. 

Sus paisajes de contrastes, colores, formas y texturas formados por las erupciones de sus numerosos volcanes son de los que te dejan con la boca abierta. Es uno de esos lugares donde puedes sentir las fuerzas primigenias que conformaron este planeta.

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En Lanzarote es posible sentir en todo su significado la palabra “desconexión”. Desde el mismo momento en que distingues por la ventanilla del avión las formas cónicas de los volcanes que perfilan el horizonte lanzaroteño. En apenas media hora desde que tomas tierra, puedes adentrarte en campos de lava y parajes desolados salpicados de palmeras de una belleza primigenia.

Pero esta sólo es una de las razones por las que vuelvo una y otra vez a Lanzarote. El resto os las iré mostrando a lo largo de este artículo en una ruta que se puede hacer tranquilamente en una semana.

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Lanzarote, la joya volcánica de las islas Canarias

Lanzarote es la cuarta isla en extensión de las Canarias. Cuenta con 13 espacios naturales, miradores increíbles, playas entre rocas volcánicas, pueblos con encanto y una gente tan amable que te incita a regresar una y otra vez. La cercanía de la costa africana, unos 140 km, condiciona su climatología. Apenas llueve unos 10 días al año de media y las nubes de polvo del Sahara la cubren de vez en cuando en días que se vuelven sofocantes.

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Sí, Lanzarote es un destino turístico privilegiado que atrae a miles de visitantes cada año. Sólo espero que las autoridades locales sepan poner un límite a la expansión de los megacentros turísticos. La invasión de grandes hoteles y centros comerciales están robando la personalidad a una isla con un carácter muy marcado. Su responsabilidad es saber elegir el momento en el que hay que dejar de exprimir a la gallina de los huevos de oro antes de que reviente.

Al parecer el nombre de Lanzarote proviene del navegante italiano Lanceloto Malocello que hacia 1330 participó en una expedición a las islas Canarias. Aunque otras fuentes históricas aseguran que Lanceloto llegó en 1291 y permaneció en la isla durante 20 años. Sea como sea, el nombre de Lanzarote se ha mantenido hasta hoy.

Pero lo que de verdad ha marcado la orografía, los paisajes, la forma de vida y el destino de sus habitantes a lo largo de los siglos, ha sido su carácter volcánico. El número de volcanes de Lanzarote supera el centenar, aunque la última erupción registrada es de 1824. Pero las erupciones que conformaron la isla tal como la conocemos fueron las sucedidas entre 1730 y 1736. Durante 6 años la lava arrasó unas 12 poblaciones convirtiendo a Lanzarote en un paisaje lunar cubierto de piedra, polvo y ceniza. Estos paisajes me resultan muy similares a los del sur de la vecina isla de La Palma donde la última erupción sucedió en 1971. 

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Casi 300 años después hay zonas de la isla donde la lava parece haberse enfriado hace apenas unos días. No se observan los líquenes que cubren las rocas de erupciones más antiguas. Y las aristas cortantes de las piedras todavía no han sido erosionadas por los elementos.

La región de las Montañas de Fuego donde se encuentra el Parque Nacional de Timanfaya es el mejor ejemplo de estos paisajes arrasados y desolados. Aunque toda la isla es un muestrario mineral de su pasada actividad volcánica.

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¿Acabará el turismo con el encanto y la magia de Lanzarote?

Toda esta hermosa desolación desaparece cuando uno se adentra en los 3 principales focos turísticos de la isla: Playa del Carmen, Costa Teguise y Playa Blanca. La primera, ubicada muy cerca del aeropuerto, se ha centrado en la mejor gloria del turismo inglés de alcohol, sol y playa.

Costa Teguise ha conservado parte del carácter que supo imprimir el gran artista lanzaroteño César Manrique a muchos lugares de la isla. Él fue el impulsor de numerosos proyectos destinados a atraer un turismo de calidad. Un turismo respetuoso con las costumbres, la arquitectura, la sostenibilidad y el carácter de la isla. En Costa Teguise su impronta se ve en la gran piscina del hotel Meliá Salinas. Y, como no, en otros lugares que son símbolos de Lanzarote: los Jameos del Agua, la Fundación César Manrique, el Jardín de Cactus, la Casa Museo del Campesino o el Mirador del Río. Gracias a Manrique y a su legado Lanzarote no ha sufrido los destrozos arquitectónicos del turismo de masas que ha arrasado parte de la costa española.

En general se ha intentado mantener los rasgos de la arquitectura tradicional lanzaroteña, pero las nuevas urbanizaciones resultan frías e impersonales. Aunque me parece que el  tiempo esta difuminando el legado de César Manrique. El último ejemplo es Playa Blanca. Hasta hace unos años era un acogedor pueblo pesquero y puerto de conexión con la vecina Fuerteventura con una infraestructura turística limitada. En apenas dos décadas grandes hoteles, centros comerciales y miles de apartamentos están acabando con el encanto de este lugar. A esto se suma el puerto turístico, las zonas comerciales y los edificios de apartamentos de la Marina Rubicón. Un lugar que en tiempos de coronavirus permanece vacío y con casi todas sus tiendas y restaurantes cerrados.

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Hacia el norte de la isla

Si quieres disfrutar de lo mejor de Lanzarote tendrás que dedicarle al menos una semana. O mejor todavía, venir varias veces. Lo más práctico es recorrerla en automóvil. Aunque si tienes tiempo el trasporte público en guaguas (autobuses) no funciona nada mal.

De todas formas recuerda que cuando viajes es imprescindible contar con un buen Seguro de viaje. Te puede ahorrar preocupaciones y resolver muchos problemas. En mi caso yo siempre viajo con MONDO. Si lo contratas desde aquí tendrás un 5% de descuento. Además incluye coberturas en caso de que tu viaje se vea afectado por restricciones debido al Covid19.

Desde Arrecife, la capital de la isla ubicada en la costa este de Lanzarote, podemos viajar hacia el norte. Muy cerca se encuentra Costa Teguise. Si buscas un lugar turístico que mantenga un cierto encanto canario en sus paseos y playas junto al mar, este puede ser un buen punto de partida. No está mal para descansar, cuenta con buenos hoteles, un bonito paseo junto al mar con un par de playas decentes y con todo tipo de servicios.

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Entre la abundante oferta de restauración y “gastronomía” pensada para los extranjeros, sobrevive de manera muy merecida uno de los mejores restaurantes de la isla: Villa Toledo. Su ubicación junto al mar, su impecable servicio y la calidad de sus productos especializados en comida canaria, lo convierten en una visita imprescindible de Costa Teguise. Sus parrilladas de pescado y marisco no tienen desperdicio. Te aseguro que comer o cenar en su terraza es toda una gozada.

Costa Teguise es el punto de partida ideal para acercarnos a conocer los pueblos del interior de la isla. Siempre me gusta visitar la Fundación César Manrique, ubicada muy cerca de Tahiche. Pero en esta ocasión y debido a la crisis del coronavirus, estaba temporalmente cerrada. De todas formas, no puedo dejar de recomendar la visita a uno de los lugares emblemáticos dedicados a este artista lanzaroteño.

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Teguise, el encanto de los pueblos del interior

A unos 10 km. se encuentra Teguise. La antigua capital de la isla es uno los lugares más representativos del interior de Lanzarote. Teguise conserva el trazado urbanístico original con calles empedradas, grandes casonas de piedra volcánica pintadas de blanco y patios interiores abiertos que preservan del calor exterior.

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Recorriendo sus calles es inevitable sentirse trasladado a muchos de los pueblos y ciudades fundados por los españoles en América durante 3 siglos. En la arquitectura y el urbanismo de las Islas Canarias se encuentran gran parte de los rasgos arquitectónicos que definen a tantos lugares de América: Antigua en Guatemala, La Habana en Cuba, el casco viejo de Ciudad de Panamá, San Juan de Puerto Rico, Quito en Ecuador, Puebla o Cuernavaca en México…y tantos lugares de la América Hispana que tienen la categoría de Patrimonio de la Humanidad.

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Teguise mantiene ese encanto de pueblo canario de toda la vida. En la Plaza de la Constitución los domingos se celebra un conocido mercadillo a los pies de la iglesia de Nuestra Sra. de Guadalupe. Justo enfrente se levanta la Casa Museo Palacio Spinola y en las calles cercanas, tiendas de artesanías o de aloe vera en los bajos de las grandes casonas tradicionales. También encontrarás numerosos restaurantes y terrazas donde disfrutar de la comida canaria, o degustar algún vino local de La Gería. Sin duda la pequeña Teguise te sorprenderá.

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El Jardín de Cactus

Me dirijo hacia el pueblo de Guatiza. Unos 20 km. separan Teguise del Jardín de Cactus, el último proyecto de Cesar Manrique en Lanzarote. En esta antigua cantera el artista encontró el espacio perfecto para instalar este curioso jardín (de pago). Rodeado por rocas volcánicas esta especie de anfiteatro natural está presidido por un viejo molino de millo (maíz), elemento básico para la elaboración del gofio canario. A sus pies se encuentra un bar con terraza donde sirven platos muy curiosos como las croquetas, makis y hamburguesas de cactus, o el helado de nopal. Y por supuesto las típicas papas arrugadas con mojo, pescados y otros platos de la isla.

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Existen una serie de bonos para acceder a 3, 4 o 6 de los principales atractivos de la isla que puedes combinar de diferentes formas. Estos bonos son válidos durante una semana y te permitirán ahorrar unos euros. Podrás adquirir estos bonos en las taquillas del Jardín de Cactus, Los Jameos del Agua, el Mirador del Río, Cueva de los Verdes y Montañas de Fuego (Timanfaya).

El jardín es un canto a la belleza y la simplicidad de los colores y las formas. El blanco de la cal y el negro de la tierra volcánica se combinan con el verde de los cactus y el azul del cielo. Más de 4000 ejemplares, algunos realmente notables, te harán pasar un buen rato entre pinchos, agujas y formas extrañas de cactáceas provenientes de los cinco continentes.

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Te aconsejo venir con gorra o sombrero, porque aquí el sol puede resultar castigador. Si luego te apetece darte un baño refrescante, te aconsejo llegar hasta Arrieta (8 km.), o mejor a las piscinas naturales de Punta Mujeres (10 km.) Son perfectas para darse un chapuzón relajante, incluso aunque el mar esté revuelto.

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Los Jameos del Agua

Los 4 km. que separan Punta Mujeres de los Jameos marcan una especie de frontera entre la zona más poblada de la isla y el extremo norte más salvaje. Todo esta desolación pétrea que se abalanza sobre el mar es un inmenso campo de lava producto de las erupciones del volcán Corona.

Los Jameos del Agua es una de las intervenciones más conocidas de César Manrique. El artista aprovecho el hundimiento de una parte del tubo volcánico de más de 6 km. de viene desde el volcán Corona. Este tubo conforma también la cercana Cueva de Los Verdes. Y termina en el mar por donde se prolonga durante más de un km. bajo el agua.

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Jameo es una palabra indígena que quiere señala un hundimiento del terreno. Y en este espacio Cesar Manrique ideó un gran auditorio, un centro cultural y un restaurante integrado en el entorno volcánico. La pequeña laguna alimentada por agua del mar que da nombre a este lugar es el hogar de una especie de cangrejo endémico pequeñísimo que sólo se encuentra aquí. Es muy sensible a la alteración química de las aguas. Por eso mejor guarda tus monedas para gastarlas y no para tirarlas en esta laguna. Esto no es la Fontana de Trevi.

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El conjunto es muy llamativo, pero cuando ofrece su mejor aspecto es cuando se ilumina por las noches. En este caso tienes la opción de visitarlo con una reserva para una cena romántica en el restaurante exterior ubicado sobre uno de los jameos.

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La Cueva de Los Verdes

Esta cueva, ubicada a un km. de los Jameos del Agua, forma parte del mismo tubo volcánico. Si estás acostumbrado a las típicas cuevas de piedra caliza, descubrirás que una cueva de origen volcánico no tiene nada que ver. El tubo volcánico se forma cuando las capas superiores de una colada de lava se enfrían mientras la lava fundida sigue circulando por debajo. A medida que el fluir de lava va disminuyendo, se va formando un túnel. Y una parte de este túnel es lo que vamos a visitar. Aquí en vez de estalactitas y estalagmitas verás el goteo de la lava petrificada. Las paredes son de color negro y los restos minerales están formados por hierro y otros minerales.

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Por cierto, el nombre le viene de una familia que vivía por aquí llamados Los Verdes. Y otra curiosidad: la cueva era usada por los habitantes de la zona para esconderse de las incursiones de los piratas que se acercaban desde las costas africanas. Para el final del recorrido queda la sorpresa que todo el que visita esta cueva no puede desvelar. Tendrás que ir en persona para conocerlo.

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Hacia Órzola, el puerto de salida hacia La Graciosa

La carretera que lleva hacia el puerto de Órzola trascurre paralela al mar. Este es un paisaje fantástico de arena blanca salpicada de rocas volcánicas negras y grandes coladas petrificadas. Siempre me detengo en algunos lugares para caminar por la orilla viendo como las olas rompen en los arrecifes.

Órzola es el punto de partida hacia la octava isla poblada de las islas Canarias: La Graciosa. De su puerto salen los ferrys que en apenas media hora conectan con el puerto de Caleta del Sebo. Esta es la población más importante, por no decir la única habitada, de La Graciosa. Aquí te esperan calles de arena, ambiente local, restaurantes a pie de playa y recorridos a pie y en bicicleta para llegar a playas salvajes. Y sobre todo unos paisajes apenas alterados por la mano del hombre. Pero esto te lo cuento en otro artículo, porque La Graciosa es realmente un mundo aparte.

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El Mirador del Río, el mejor mirador de Lanzarote

El trayecto desde Órzola hasta el Mirador del Río es de apenas 20 km. ¡Pero qué paisajes! Estamos en una zona de malpaís, de piedra, roca y cenizas presidida por el gran cono del volcán Corona. Es increíble que haya personas que intentan vivir con lo que les da esta tierra seca y yerma. Para ello levantan centenares de muretes de piedras, preparan los terrenos y excavan hoyos para recoger la humedad. Tras cada murete y en cada agujero plantan aloe, vides o los cactus llamados tuneras de los que se extrae el colorante natural de la cochinilla.

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La estrecha carretera asciende y serpentea entre fincas y cortijos con campos de lava machacada desde los que se ve el mar hacia el este. Te aseguro que vas a tener que parar unas cuantas veces para disfrutar de estos paisajes de belleza singular. El tramo final hacia el Mirador del Río permite ver la costa oeste de Lanzarote.

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Si no quieres pagar el importe de la entrada, puedes contentarte con continuar por la carretera que discurre tras al estacionamiento. Llegarás al Mirador de Nahum. Más abajo se encuentra el de los Riscos de Famara.

Sí, la panorámica desde aquí es increíble. Aun así, te aconsejo vivamente que visites el mirador. Te aseguro que las vistas desde el interior de la cafetería con esos grandes ventanales que dan a La Graciosa te dejarán impactado. Es aquí donde se ve la mano y el genio de César Manrique integrando perfectamente su obra en un espacio natural inigualable.

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Pero la impresión es todavía mayor cuando te asomas a la balconada exterior. Aquí estás literalmente asomándote al vacío sobre los riscos de Famara con la isla La Graciosa justo enfrente. Pocas veces se puede disfrutar de un espectáculo semejante casi colgado a 400 m. de altura. Justo abajo están las salinas de El Río, el tramo de mar que separa a Lanzarote de La Graciosa. Y a lo lejos se distinguen los islotes que forman el parque natural del Archipiélago Chinijo.

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Más adelante el mirador se abre hacia el suroeste para descubrir a lo lejos las siluetas cónicas de los volcanes de Timanfaya. Este es un lugar para disfrutar de la grandeza de los espacios abiertos, de la inmensidad del mar y de la salvaje belleza de Lanzarote.

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La Casa Museo del Campesino

Vuelvo a la carretera para dirigirme hacia el centro de la isla. Esta vez voy a detenerme en la Casa Museo del Campesino, muy cerca del pueblo de San Bartolomé. Esta es otra de las actuaciones de César Manrique que rinde homenaje a las tradiciones y cultura de Lanzarote y sus habitantes. Reconocerás enseguida este lugar por la gran escultura que Manrique levantó en su entrada: el Monumento a la Fecundidad.

Este es un espacio abierto que conjuga la arquitectura tradicional con los oficios que se están perdiendo con el paso de los años: alfarería, cestería, agricultura, el trabajo del cuero o los tintes naturales con cochinilla. Aquí podrás ver trabajando y vendiendo sus productos a algunos de los últimos artesanos de la isla. Como me dijo uno de ellos, son una especie en extinción.

De nuevo este espacio se integra en un entorno natural sorprendente: una cueva volcánica donde se encuentra una cantina-restaurante de comida típica canaria. Tómate tu tiempo para probar el queso de cabra de la isla, un sancocho de cherne o un pulpo con mojo. Y todo regado con alguno de los vinos locales producidos en una de las zonas más hermosas de Lanzarote: La Gería.

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Si quieres ver un lugar increíble, ven a La Gería

La carretera LZ-30 es una sucesión de panorámicas impactantes. Esto es La Gería, la zona vitivinícola por excelencia de Lanzarote. Este valle rodeado de cráteres volcánicos forma una sucesión de paisajes que anticipan lo que nos encontraremos en Timanfaya.

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Pero lo que de verdad imprime carácter y personalidad a esta zona son sus cultivos de vid. Miles de muretes semicirculares ocupan las grandes extensiones de arena volcánica retrepando por las negras laderas de los volcanes. Es una muestra de la resiliencia y el ímprobo esfuerzo que los habitantes de la isla han dedicado para poder vivir en este árido lugar.

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Tras cada murete se excava un hoyo donde se planta una vid. La idea es proteger la planta del viento, retener la poca humedad ambiental y recoger cada milímetro de agua que puede caer para alimentar la planta. Es realmente una viticultura heroica. Y el resultado es un vino de malvasía excelente.

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La muestra del éxito de estos vinos es evidente. En los últimos años se ha extendido este tipo de cultivo por valles y laderas para satisfacer una demanda en aumento. Este es el lugar perfecto para detenerse en alguna bodega, degustar sus vinos y de paso comer en un entorno inigualable. Si queréis visitar una bodega, la más famosa es la de El Grifo. Si queréis comer algo típico con unas vistas insuperables a los campos de vides, os recomiendo el restaurante de las Bodegas El Rubicón. Y si queréis degustar unos vinos, justo enfrente se encuentra la Bodega La Gería. Os aseguro que estos paisajes no tienen parangón en ningún lugar del mundo.

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Las Montañas de Fuego: Timanfaya

El silencio de los inmensos campos de lava sólo se ve roto por el viento…y por el motor de los autobuses del Parque Nacional que hacen la visita a los volcanes de Timanfaya. No, no me gusta recorrer un Parque Nacional encerrado en un autobús. Ni fotografiar los increíbles paisajes de las Montañas del Fuego desde detrás de un ventanal luchando contra los reflejos y el polvo de los cristales. Visitar Timanfaya de esta forma siempre me ha resultado una experiencia de una pasividad pasmosa y decepcionante. Sin embargo, hay que hacerla al menos una vez en la vida.

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Las visitas a este Parque Nacional se hacen así para proteger este entorno de gran fragilidad de la furia de los turistas irrespetuosos y desaprensivos. Hasta 6 toneladas de piedras volcánicas al año se retiran de las maletas de los viajeros que salen del aeropuerto de Lanzarote. Sin embargo, se pueden hacer excursiones guiadas a pie tanto dentro de la zona protegida (con autorización del parque), como por fuera. Y esta vez por libre. Así es como puedes subir al volcán del Cuervo o al de Caldera Blanca. Eso sí, prepara tu calzado más resistente, una buena gorra y mucha, mucha agua.

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Todo lo que vemos por aquí es consecuencia de las erupciones volcánicas que se sucedieron ininterrumpidamente entre 1730 y 1736. Unos paisajes que parecen de otro planeta, pero que están en este. Y más cerca de lo que crees.

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Volviendo al Parque Nacional, hay un restaurante donde se preparan platos con el calor que surge de unos pozos. Y una zona donde personal del parque echa agua en unos tubos que sale expulsada como un geiser en forma de vapor. Y es que el magma sigue ahí presente, muy cerca de la superficie que pisas, a unos pocos metros de profundidad. Y una última recomendación, ahórrate el paseo en camello. Es una turistada que no tiene ninguna utilidad o fin práctico, y no aporta nada al bienestar de estos animales.

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Los atractivos del sur de Lanzarote

Recorrer Lanzarote es hacerlo por una sucesión de paisajes salvajes, casi primigenios. Esta sensación se acrecienta en el suroeste de la isla. Concretamente en la carretera que va desde la pequeña población costera de El Golfo hasta las Salinas de Janubio. Esta zona, situada al sur del P.N. de Timanfaya, es la prolongación de las coladas volcánicas de 1730-1736 que aquí llegaron hasta el mar. El resultado es un tramo costero en el que se ve el efecto de las coladas volcánicas al llegar al océano. Desde la carretera descubrirás farallones de formas imposibles, cuevas, oquedades, coladas de lava petrificadas y olas rompiendo sin cesar contra las rocas basálticas.

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El Lago Verde o Charco de los Clicos

El Golfo debe ser el pueblo de Lanzarote con la proporción más alta de restaurantes por habitante. Y es que este es uno de los lugares favoritos de mucha gente para venir a degustar la gastronomía canaria a los pies del mar. El Golfo se levanta sobre una playa de rocas negras volcánicas redondeadas por la erosión del mar.

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Aquí todavía se conservan algunas de las pequeñas casas tradicionales de pescadores que ya casi han desaparecido en otros lugares de la isla.  Además El Golfo es uno de esos lugares de Lanzarote conocido por sus atardeceres, aunque ya se sabe que con estas cosas hay que tener algo de suerte.

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Además de esto a El Golfo se viene para visitar uno de los lugares más fotografiados de Lanzarote: el Lago o Charco Verde, más conocido aquí como el Charco de los Clicos. Desde el aparcamiento ubicado en la entrada de El Golfo, se llega en apenas 5 minutos de caminata. El sendero que se eleva sobre la costa lleva hasta un pequeño mirador donde es imposible permanecer indiferente. Desde aquí la panorámica sobre la playa de arena negra y la laguna verde ubicada en un antiguo cráter volcánico es de los que te hacen exclamar: ¡Wow! 

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Por cierto, los clicos eran unos cangrejos comestibles que vivían en esta laguna y que desaparecieron hace mucho tiempo.

En realidad, lo que estamos viendo es el fondo de una caldera volcánica de la que ha desaparecido la parte más próxima al mar. Lo que queda es una playa de arena negra de unos 300 m. de largo. A los pies de la pared semicircular todavía en pie, se originó una laguna verde alimentada por las filtraciones de agua del mar. Las microalgas que crecen en esta laguna son las que le dan ese color verde cuyas tonalidades cambias según las condiciones de luz. Sea como sea, el contraste de colores es fantástico. Es la magia de Lanzarote, la simplicidad y la belleza resumida en apenas 3 o 4 colores.

Otra curiosidad. Ahora mismo esta playa está tan protegida que se ha cerrado el acceso que hay desde la carretera viniendo desde Los Hervideros. Irónicamente esta carretera se construyó para permitir el acceso a los camiones que trasportaban la arena que se extraía de la playa para hacer cemento. Era la década de 1950-1960 y el turismo apenas existía en Lanzarote. Por entonces la laguna era mucho más grande que la que se ve actualmente, como recuerdan los habitantes más viejos de El Golfo. Incluso recuerdan que existía en uno de sus extremos un canal que la conectaba directamente con el mar.

Desde entonces el tamaño de la laguna ha ido mermando debido a que la arena que arrastra el mar y el viento la van colmatando. Por eso si queréis ver la laguna verde, debéis daros prisa. A este paso le quedan unos pocos años de existencia. Porque además las administraciones no se ponen de acuerdo en cómo ponerle solución al problema. Acabarían antes preguntando a los mayores del pueblo. Ellos sí saben la solución.

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Los Hervideros

En la carretera que va desde El Golfo hasta las Salinas de Janubio hay una zona donde el combate entre el mar y la tierra es constante e implacable. La acción erosiva de las olas ha creado aquí un paisaje torturado de acantilados costeros repletos de entrantes, cuevas y oquedades por las que resopla el mar cuando hay oleaje fuerte.

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Por cuestiones de seguridad es un lugar que aconsejo visitar con el mar calmado. Pero que indudablemente adquiere toda su belleza cuando hay mar brava. Entonces las olas levantan cortinas de espuma, y por las oquedades se cuela el mar levantando chorros de agua de varios metros de altura.

Hay un pequeño sendero que lleva a diferentes miradores y agujeros abiertos en las rocas. Aun así, si vas con niños pequeños, no se te ocurra soltarlos libremente para que gasten sus energías saltando por las rocas. A no ser que quieras que desaparezcan para siempre en Los Hervideros de Lanzarote.

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Hacia Playa Blanca

Dejo atrás Los Hervideros camino de Playa Blanca, no sin antes detenerme para fotografiar el atardecer en las Salinas de Janubio. En Lanzarote llegaron a existir hasta 26 explotaciones salineras, de las que sólo quedan dos. Esta que tengo delante, y las Salinas de El Río ubicadas frente a La Graciosa a los pies de los riscos de Famara. Y como otras actividades tradicionales, ha ido desapareciendo ante el empuje implacable de una economía centrada cada vez más en el turismo. Y no sé cuánto tiempo más le quedará a esta, porque en este viaje casi todas sus piscinas estaban vacías de agua.

Mientras recorro los 15 km. que me separan de Playa Blanca voy recordando cómo era Lanzarote la primera vez que vine. Y en cómo ha cambiado en apenas dos décadas. Pero para cambio en el que me encuentro en Playa Blanca. Lo que era un acogedor pueblo pesquero y turístico a pequeña escala, se ha convertido en un macro centro de turismo que ocupa casi todo el desértico sur de la isla.

Desde Montaña Roja en una punta, hasta El Rubicón en el otro, las urbanizaciones turísticas lo han invadido casi todo. Ver la foto desde las alturas satelitales de Google Maps pone los pelos de punta. Sólo se libra milagrosamente la Costa de Papagayo. Y eso gracias a que es una zona natural protegida desde hace años.

El pueblo de Playa Blanca sigue manteniendo cierto encanto, su paseo junto al mar y su actividad portuaria. Desde aquí salen los ferrys que conectan Lanzarote con la vecina Corralejo en la isla de Fuerteventura. Pero lo que antaño era un paisaje desértico se ha revestido de monótonas urbanizaciones impersonales de color blanco.

Aún así Playa Blanca sigue manteniendo lugares a los que me gusta regresar. Uno de ellos es el restaurante Brisa Marina Juan el Majorero ubicado en el Paseo Marítimo. En esta ocasión me di un homenaje con un abade recién pescado que me prepararon al horno. Este es uno de esos restaurantes donde tratan a la materia prima con una delicadeza exquisita. Siempre es un placer sentarte en su terraza y dejarte sorprender por sus propuestas.

Otro lugar al que me gusta volver es Playa Dorada, la mejor de Playa Blanca junto a Playa Flamingo, ubicada al otro lado del puerto. Playa Dorada se encuentra a los pies del Hotel Princesa Yaiza. Las aguas de esta playa siguen siendo limpias y trasparentes con una tonalidad celeste que siempre hace apetecible el baño. Y por supuesto no puede faltar el momento cervecero frente al mar a la sombra de su terraza.

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Las playas de Papagayo

Con el rimbombante nombre de Paraje Natural de Interés Nacional de Los Ajaches encontramos el único tramo desértico del sur de Lanzarote que no ha sido invadido por las urbanizaciones turísticas. Comprende un macizo volcánico muy antiguo y erosionado que se intenta preservar. Aquí está el límite de las construcciones que se extienden desde Playa Blanca. Y por aquí se accede a algunas de las playas más conocidas de Lanzarote: las de la Costa del Papagayo.

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Tras pagar 3 euros por acceder a la zona protegida nos espera una carretera polvorienta y llena de baches que nos lleva hasta una sucesión de playas: Playa Mujeres, Playa del Pozo, Playa de la Cera, Playa Papagayo y Caleta del Congrio, la más lejana y salvaje.

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Las playas se encuentran protegidas por acantilados rocosos en un entorno plenamente desértico. Sus aguas son cristalinas y mucha gente opina que son paradisiacas. Vamos a decir que no están nada mal. Eso sí, estar en pleno invierno y poder bañarte aquí es todo un lujo. Pero has de venir preparado con sombrilla y todo lo que necesites para protegerte del sol. En toda esta costa sólo encontrarás un bar-restaurante: Casa el Barba. Desde su terraza sobre los acantilados tendrás unas vistas estupendas de las playas que se abren a sus pies.

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Hasta pronto Lanzarote

Este puede ser un lugar estupendo para despedirse de Lanzarote hasta la próxima ocasión. Me quedan por recorrer la Playa de Famara, donde dicen que se ven los mejores atardeceres de la isla. Volver a la concurrida Playa Grande de un km. de largo y aguas tranquilas. Subir a pie al volcán Caldera Blanca en Timanfaya; y darle otra oportunidad a la capital, Arrecife. También me gustaría volver a bucear en la reserva natural del Archipiélago Chinijo para reencontrarme con sus meros. Y conocer de una vez las estatuas del Museo Atlántico sumergido a 12 m. bajo el mar.

Lanzarote es una sucesión de colores blancos, verdes y azules rodeados del negro de la lava y del rojo y amarillo de su esencia mineral. Lanzarote tiene tanto que ofrecer que no me cansaré nunca de aconsejar su visita. Sus paisajes cambiantes presididos por los grandes espacios volcánicos son de los que te hacen caer enamorado a primera vista. Un entorno durísimo al que su gente, siempre amabilísima, ha sabido adaptarse haciendo de su isla uno de los lugares más especiales que conozco.

Lanzarote es esa isla donde la destrucción se ha vuelto pura belleza.

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