Islas Galápagos, el fascinante destino con el que sueña todo viajero.
Las islas Galápagos se descubren con la emoción, la curiosidad y la sensación de estar caminando por uno de los rincones más extraordinarios que hay sobre la Tierra. Aquí la naturaleza nos sorprende con una riqueza y una variedad tan abrumadoras que nos dará la sensación de que el tiempo se mueve de una forma diferente. En las Galápagos, sin lugar a dudas, la Naturaleza es la verdadera protagonista.




Para cualquier amante de los viajes y la fotografía, Galápagos representa un sueño hecho realidad. Aquí cada sendero ofrece una imagen inolvidable, cada encuentro con un animal que no se asusta con tu presencia resulta casi irreal, y cada amanecer sobre el océano recuerda que todavía existen lugares en la Tierra que conservan su esencia más pura.
Situadas en el océano Pacífico, a unos mil kilómetros de la costa de Ecuador, este archipiélago formado por islas volcánicas emerge del mar como una colección de paisajes imposibles: volcanes cubiertos de lava negra, playas de arena blanca, aguas cristalinas llenas de vida, bosques de cactus gigantes y acantilados donde revolotean miles de aves.
Espero que mis fotografías contribuyan a haceros descubrir las maravillas de este paraíso que debemos proteger entre todos.


Un archipiélago nacido del fuego
A diferencia de muchos otros destinos tropicales que nacieron de la deriva continental, Galápagos surgió desde las profundidades marinas gracias a enormes erupciones volcánicas. Esta juventud geológica (la última erupción fue en 2024) explica uno de los grandes misterios del archipiélago: cómo un lugar tan aislado pudo convertirse en uno de los ecosistemas más fascinantes del planeta.

Las primeras formas de vida que llegaron a estas islas tuvieron que recorrer enormes distancias. Algunas fueron transportadas por el viento, otras por corrientes marinas y algunas incluso llegaron flotando sobre troncos o restos vegetales. Con el paso de miles de años, estos animales y plantas evolucionaron de manera única, adaptándose a un entorno donde los recursos eran limitados y donde sobrevivir significaba encontrar nuevas estrategias.
El resultado fue un laboratorio natural extraordinario: especies que no existen en ningún otro lugar del mundo con adaptaciones que sorprenden incluso a los científicos más experimentados, ya que mismas especies fueron evolucionando de forma distinta en cada isla.
Caminar por las Galápagos es como observar la evolución en directo.


La historia humana de unas islas extraordinarias
Durante siglos las Galápagos permanecieron prácticamente desconocidas para el mundo. Su ubicación remota hizo que fueran visitadas ocasionalmente por navegantes, exploradores y piratas que encontraban en ellas refugio y provisiones. Las enormes tortugas terrestres, capaces de sobrevivir durante largos periodos sin agua ni alimento, se convirtieron en un recurso valioso para los barcos que cruzaban el Pacífico.

El gran momento histórico de Galápagos llegó en el siglo XIX con la visita del naturalista británico Charles Darwin. En 1835, durante el viaje del barco HMS Beagle, Darwin llegó al archipiélago y quedó fascinado por la diversidad de especies que encontró.
Las diferencias entre animales de distintas islas, especialmente entre los famosos pinzones de Darwin, ayudaron a construir una de las teorías científicas más importantes de la historia: la teoría de la evolución por selección natural. Y es que la singularidad de los animales del archipiélago tuvo una enorme influencia en sus ideas sobre la adaptación y la evolución de las especies.

Ideas ya avanzadas décadas antes por el militar y científico español Félix de Azara tras pasar 20 años recorriendo las selvas de Sudamérica. Azara fue el primer científico en hablar de la “no inmutabilidad” de las especies, y de sus adaptaciones físicas al medio donde vivían. Recordemos que en el S.XVIII afirmar algo así era totalmente novedoso, ya que hacía saltar por los aires lo escrito en la Biblia: que los animales, las plantas y los humanos fueron creados tal cual por Dios.
Sus obras, muy conocidas y estudiadas en los círculos científicos y universidades europeas, fueron el libro de cabecera de Darwin en su viaje a las Galápagos. Y fue precisamente aquí donde Darwin pudo corroborar lo acertado de las ideas de Azara. Tanto es así que en las primeras ediciones de su obra “El origen de las Especies” cita a Félix de Azara numerosas veces. Pero con el éxito de Darwin, las sucesivas reediciones fueron borrando el nombre del español que lentamente fue relegado al olvido. Ya sabemos cómo los ingleses se apoderan de todo lo que no es suyo, y de cómo los españoles no saben valoran sus gestas y descubrimientos.

Un encuentro cara a cara con animales únicos
Uno de los aspectos más mágicos de viajar a Galápagos es descubrir que aquí las reglas de convivencia entre especies parecen diferentes. Los animales no huyen del ser humano. Muchos parecen adaptarse a la presencia de los humanos con una tranquilidad sorprendente, como si supieran que están en un lugar que todavía les pertenece.
Las estrellas indiscutibles del archipiélago son las tortugas gigantes y sus diferentes subespecies. Encontrarse con una de ellas es una experiencia difícil de olvidar. Su tamaño, su movimiento pausado y su extraña mirada transmiten la sensación de estar frente a un ser que ha visto pasar siglos de historia. Y en muchos casos así es ya que algunas pueden llegar a los dos siglos de vida, medir casi 2 metros y superar los 300 kilos de peso. Es uno de los animales más longevos que existen sobre la Tierra, así que piensa que la tortuga que te está mirando seguirá viviendo cuando tú, y seguramente tus hijos, ya no estéis aquí.

Estas tortugas representan uno de los símbolos más importantes de conservación del planeta, ya que han estado a punto de extinguirse debido a la sobre caza que sufrieron hasta hace unas décadas. Y sí, hay subespecies que ya se han extinguido como las de la isla Floreana y la isla Pinta. De esta isla era el «Solitario George», el último macho de su especie que se conserva disecado en la Estación Darwin de Santa Cruz.
Afortunadamente las que quedan vivas siguen reproduciéndose con éxito a pesar de lo que les cuesta encajar las diferentes «piezas»… Tras observar durante un buen rato sus esfuerzos entre choques de caparazones, resoplidos, bufidos e intentos frustrados, os aseguro que la naturaleza no se lo ha puesto fácil a estos animales.

Poder observarlas es recordar la importancia de proteger especies que están aquí desde muchísimo antes de que existiéramos. Hoy es posible ver tortugas gigantes en estado de semi libertad en la isla de Santa Cruz o en San Cristóbal, y en libertad en otras islas como Isabela. Algo muy fácil de hacer ya que en las principales islas todas las agencias de turismo ofrecen la posibilidad de visitar los lugares donde se encuentran. Eso sí, siempre acompañados de un guía naturalista que te ayudará a encontrarlas y contarte todo lo que quieras saber sobre ellas.

Pero si os digo la verdad, la especie que más me ha fascinado en las Galápagos es la iguana marina, un animal que parece sacado de las películas de Godzilla (en realidad Godzilla es una iguana marina gigante). Para empezar, es el único lagarto del mundo capaz de alimentarse de algas y vegetación bajo el mar aguantando la respiración durante minutos. Sus cuerpos oscuros se han adaptado para absorber calor del sol después de sus inmersiones, y expulsan la sal de sus cuerpos a base de estornudos.
Verlas comer y nadar impulsadas por su cola bajo el agua fue para mí el mayor recordatorio, y el más impresionante, de cómo la vida encuentra soluciones increíbles para sobrevivir en los entornos más hostiles.

Pero además de tortugas gigantes e iguanas marinas, tengo que destacar la constante presencia de los leones marinos en playas, puertos, embarcaderos…y hasta en las aceras de las calles de Puerto Ayora. Verlos llegar por centenares al atardecer a las playas de Puerto Baquerizo es todo un espectáculo. Y poder nadar con ellos y verlos jugar bajo el agua pasando a tu lado como si no existieras es un privilegio inolvidable.

Pero hay un animal al que choca ver en un entorno tropical, nadando entre manglares y caminando entre rocas volcánicas y cactus, y son los pingüinos de las Galápagos. ¿Qué hacen estos pingüinos aquí? Estos son los únicos pingüinos que viven cerca del Ecuador adaptados a nadar en aguas cálidas y a secarse bajo un sol de justicia. Porque tengo que deciros que el sol pega de lo lindo en las Galápagos.

A estos animales debo añadir gran cantidad de aves como los llamativos piqueros de patas azules o los albatros. Pero también están los halcones de las Galápagos especializados en la caza de los endémicos lagartos de lava, los famosos pinzones, las gaviotas negras, los pelícanos, los flamencos, las garzas y garcillas…




Todos estos animales forman parte de una colección de especies que convierten cada excursión en una aventura fotográfica, un auténtico paraíso para un fotógrafo de naturaleza. No hace falta buscar imágenes imposibles: basta con observar. Las iguanas tomando el sol en una playa, una tortuga caminando lentamente entre la vegetación, un lobo marino jugando en la orilla o un ave desplegando sus alas sobre el océano pueden convertirse en recuerdos para toda la vida.


El océano: el otro gran protagonista de las Galápagos
Aunque muchas veces pensamos en las Galápagos por sus animales terrestres, su verdadera dimensión aparece bajo el agua. Sus corrientes marinas crean condiciones únicas que permiten la convivencia de especies procedentes de diferentes zonas del planeta.
Practicar snorkel o buceo en Galápagos es entrar en otra dimensión que te permite descubrir una fauna marina que te deja con la boca abierta. Bajo la superficie aparecen delfines, bancos de peces de colores, tortugas marinas, rayas, tiburones de punta negra, de punta blanca, tintoreras, tiburones martillo (no dejes de ir a León Dormido en San Cristóbal) y una increíble variedad de criaturas que recorren un paisaje submarino tan impresionante, o más, que el de los volcanes que forman las islas. Por algo estas islas son una de las mecas del submarinismo.




Como ya he dicho, nadar junto a un animal salvaje en su hábitat natural produce una emoción difícil de explicar. La experiencia de sumergirte entre tortugas marinas que se acercan a ti mientras leones marinos pasan a tu lado a toda velocidad observándote curiosos es algo inolvidable. Porque aquí la experiencia no se reduce sólo a observar la fauna: es compartir unos minutos con un mundo que sigue siendo un gran desconocido para nosotros y al que también hay que proteger.

Galápagos como inspiración fotográfica
Hay viajes que llenan tus tarjetas de memoria de fotografías. Otros llenan tu memoria de emociones. Galápagos consigue ambas cosas. Desde el punto de vista fotográfico, el archipiélago ofrece una diversidad impresionante. Los contrastes son constantes: la dureza de la lava volcánica frente a la suavidad de las playas, los colores intensos de los animales frente a los tonos minerales del paisaje, la inmensidad del océano frente a los pequeños detalles de una especie adaptada a vivir en condiciones extremas.



La luz de Galápagos también tiene algo especial. Y a pesar de que el tiempo no me acompañó todos los días ya que viajé al final del período de lluvias, pude comprobar como los amaneceres y atardeceres podían transformar las islas en escenarios de otro planeta.

Por eso en las Galápagos la cámara debe ser una herramienta para despertar nuestra conciencia ecológica. En mi caso he buscado transmitir un mensaje: que la biodiversidad es frágil, que los ecosistemas necesitan toda la protección posible, y que todavía existen lugares donde la Naturaleza mantiene su extraordinaria capacidad de sorprendernos. Y todo esto es algo de tanto valor que no tiene precio.

Las Galápagos, un santuario para la ciencia que hay que cuidar
La importancia científica de Galápagos va mucho más allá de su belleza. Estas islas representan uno de los lugares más importantes del mundo para estudiar la evolución, la adaptación y el funcionamiento de los ecosistemas. Las Galápagos nos enseñan cómo funcionan los procesos naturales que han moldeado la vida durante millones de años. Es un lugar donde la ciencia puede responder a preguntas fundamentales: ¿cómo aparecen nuevas especies?, ¿cómo se adaptan los animales a ambientes extremos?, ¿qué ocurre cuando un ecosistema cambia?
Además, las Galápagos se han convertido en un símbolo mundial de conservación. La protección de sus especies y hábitats demuestra que preservar la naturaleza no significa detener el progreso, sino comprender que el futuro humano depende de mantener el equilibrio del planeta.


Algo que los habitantes de estas islas tienen muy claro, pero que no está exento de amenazas. Grandes cadenas hoteleras y de cruceros están intentando implantarse en las islas con sus mega construcciones y gigantescos barcos cargados de miles de turistas. Al mismo tiempo, a pesar de las limitaciones para convertirse en residente en las islas, la población no deja de aumentar con los problemas que ello conlleva para el abastecimiento de agua y energía, el tratamiento de basuras, el suministro de alimentos…
Temas de los que he hablado de forma recurrente con habitantes de estas islas, así como del abandono de sus labores tradicionales en el campo y en el mar para dedicarse mayoritariamente a un turismo cada vez más presente y con un impacto económico, social y medioambiental cada vez mayor.

Por eso no tenemos que olvidar que las islas Galápagos son mucho más que un destino turístico. Son un patrimonio natural de toda la humanidad y tenemos que asumir la responsabilidad de protegerlo. Su conservación depende de las decisiones que tomamos como viajeros: respetar los ecosistemas, fomentar la economía local buscando hoteles, restaurantes y agencias de turismo de gente local, y reducir nuestro impacto ambiental en todo lo posible.

En un mundo donde muchos paisajes cambian y desaparecen rápidamente, Galápagos representa una esperanza ya que nos enseña el verdadero valor de la vida. Es la prueba de que la naturaleza puede crear maravillas extraordinarias cuando le dejamos la oportunidad de evolucionar y sobrevivir.

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