Lalibela: descubriendo el alma de Etiopía entre iglesias talladas en la roca y antiguos rituales.

Llegué a Lalibela para vivir la celebración del Timkat con esa mezcla de emoción y respeto que solo provocan los lugares donde uno siente que está a punto de asistir a algo muy especial. Porque para los etíopes el Timkat no es solo una conmemoración religiosa más: es una forma de afirmación de su identidad como comunidad religiosa y cultural.

Lalibela durante el Timkat

Celebrando el Timkat en Lalibela

En una iglesia de Lalibela

El Timkat celebra el bautismo de Jesús en el río Jordán y es una de las festividades religiosas más importantes de la Iglesia Ortodoxa Etíope. Pero explicarlo así sería quedarse solo en la superficie. Había leído sobre el Timkat, había visto fotografías, había escuchado historias de viajeros… Pero nada de todo eso me preparó para vivirlo en persona en uno de los lugares más sagrados de Etiopía, entre iglesias excavadas en la roca, rodeado de miles de peregrinos cuya fe parecía capaz de mover montañas.

¿Sabías que...
He reducido la calidad de las fotografías publicadas aquí para facilitar su carga y rapidez de visualización

San Jorge en Lalibela

Celebrando el Timkat en Lalibela

En el Timkat de Lalibela

Tengo que decir que cualquier viaje a Etiopía supone viajar a mundos desconocidos, a lugares que te hacen descubrir siglos de Historia como en Axum o Lalibela, y conocer etnias y pueblos cuya forma de vida está a punto de desaparecer, como los del Valle del Omo.

Por eso, para mí, Etiopía es uno de los lugares más increibles que conozco y un destino imprescindible en el currículum de cualquier viajero que se precie.

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Si viajas a Lalibela en Timkat, prepárate para esto

Para empezar, Lalibela ya impresiona cualquier día del año. Sus iglesias talladas en piedra, sus túneles oscuros, sus sacerdotes envueltos en capas blancas y doradas, su atmósfera suspendida en el tiempo… Todo aquí parece anclado en algún pasaje bíblico. Pero durante el Timkat la ciudad se transforma por completo.

Orando en Lalibela

Lo que normalmente es tranquilidad se convierte en una explosión de vida, música y gente. Mucha gente. Lo que suele ser silencio se llena con el sonido de las trompetas, los cánticos y los tambores que acompañan a las procesiones, plegarias y rezos. Y así Lalibela, que ya es especial de por sí, adquiere una dimensión casi irreal.

Trompetas durante el Timkat de Lalibela

En el Timkat de Lalibela

Multitud en Lalibela

Confieso que sufrí una decepción cuando recorrí las calles de Lalibela por primera vez. Sus casas desvencijadas arremolinadas en las laderas de unas colinas resecas no daban la impresión de ser nada especial. Pero después de unos días, Lalibela me atrapó. Me atrapó su gente y su simpatía, el ambiente que se respira, sus iglesias excavadas en la roca…Hay algo muy especial en Lalibela más allá de lo que se considera como belleza estrictamente formal.

Pero ¿por qué Lalibela está aquí?

Viajar a Lalibela es hacer un viaje en el tiempo. En las montañas del norte de Etiopía, a más de 2.500 metros de altitud, se alza uno de los conjuntos monumentales más sorprendentes del mundo: once iglesias excavadas directamente en la roca volcánica, talladas hacia abajo y hacia dentro.

La historia de Lalibela se remonta a finales del siglo XII y comienzos del XIII, durante el reinado del rey Gebre Meskel Lalibela. En aquella época, Jerusalén había caído en manos musulmanas y las peregrinaciones cristianas a Tierra Santa se habían vuelto muy peligrosas. El rey Lalibela quiso entonces crear una “Nueva Jerusalén” en Etiopía, un lugar sagrado donde los fieles pudieran peregrinar sin abandonar África. Así nació este complejo religioso único en el mundo, concebido no solo como un conjunto de templos, sino como una representación simbólica de los lugares santos de Jerusalén.

Iglesia de piedra de Lalibela

Las iglesias fueron excavadas en bloques de roca basáltica rojiza mediante un proceso laborioso y complejo. Primero se aislaba un gran bloque de piedra abriendo zanjas alrededor. Después se vaciaba el interior y se esculpían puertas, ventanas, columnas, techos y detalles decorativos. Todo ello realizado a mano, con martillo y cincel, y una precisión asombrosa.

Lo más alucinante es que todo el conjunto se terminó en un periodo de 23 años. Por eso resulta difícil imaginar el esfuerzo técnico, humano y espiritual necesario para crear algo así en aquella época.

Las once iglesias se distribuyen en dos grandes grupos unidos por pasadizos, túneles y senderos excavados en la roca. Entre todas ellas destaca Bet Medhane Alem, considerada una de las mayores iglesias monolíticas del mundo. Y, sobre todo, Bet Giyorgis, la más famosa de Lalibela. Vista desde arriba, esta iglesia dedicada a San Jorge, aparece tallada en forma de cruz griega hundida en la piedra como un tesoro escondido. Este es uno de los lugares más emblemáticos de Etiopía y una de las imágenes icónica del país.

Iglesia de San Jorge en Lalibela

Pero lo que hace especial a Lalibela no es sólo su arquitectura monumental, sino el hecho de que es un lugar lleno de vida. Las iglesias, tal como hacían ya hace casi mil años, continúan funcionando como templos activos de la Iglesia Ortodoxa Etíope. Cada día acuden fieles a rezar, sacerdotes vestidos con sus características túnicas blancas leen manuscritos antiguos y peregrinos de todo el país llegan buscando perdón y bendiciones. De nuevo las escenas bíblicas me vienen a la cabeza.

Encuentros en Lalibela

Anciano en Lalibela

Mientras atraviesas sus túneles y pasadizos, puedes escuchar los cánticos resonando tras los muros de piedra de las iglesias. Y ver a los creyentes descalzándose y besando las antiguas puertas de madera antes de entrar a rezar. Vivir esos momentos te provocan la sensación de haber atravesado una frontera invisible entre los siglos. Porque Lalibela no pertenece únicamente al pasado: pertenece también al presente.

En 1978 Lalibela y sus iglesias fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, por ser uno de los lugares más extraordinarios de África. Sin embargo, ninguna distinción oficial explica realmente lo que se siente estando aquí.

Orando en una iglesia de Lalibela

Viviendo el Timkat en Lalibela

Hay festivales que impresionan por su tamaño, otros por su estética, otros por su capacidad de entretenimiento. El Timkat en Lalibela emociona por algo más raro: por la verdad y autenticidad que transmite. No hay artificios. No hay distancia entre el ceremonial y la vida real. No hay meros espectadores; todos participan de algún modo. Incluso los que llegamos de lejos con una cámara terminamos viéndonos afectados por esa corriente colectiva.

Si viajas hasta aquí pensando solo en captar imágenes, volverás con buenas fotografías. Pero si también viajas dispuesto a escuchar, observar, a conectar con la gente y dejarte llevar, volverás con algo mejor. Porque el Timkat no se entiende del todo mirando. Se entiende sintiendo el frío antes del amanecer rodeado de cientos de peregrinos que rezan a la luz de las velas vestidos de blanco. Respirando el incienso y el polvo entre los miles de personas que siguen las procesiones. Escuchando el sonido de los tambores, los cánticos y los rezos que no comprendes y que, aun así, te conmueven.

Retrato nocturno en Lalibela

Rezando en Lalibela por la noche

Iluminado por una vela. Así es la noche en Lalibela

Las calles de Lalibela se llenan de peregrinos llegados de todos los rincones del país. Muchos caminaban descalzos. Las mujeres, envueltas en delicados shamma blancos, avanzan en grupos riendo entre ellas o rezando en voz baja. Ancianos con rostros surcados por el tiempo descansan junto a muros de piedra apoyados en sus tradicionales bastones. Jóvenes diáconos sostienen paraguas ceremoniales de colores intensos mientras los niños corren entre la multitud con la naturalidad de los que han crecido dentro de esta tradición.

Familias en Lalibela

En las calles de Lalibela

Mientras la ciudad se prepara para las procesiones, los vendedores improvisan pequeños puestos con café, fruta, pan y velas. Los bares se llenan y el humo del incienso se mezcla con el olor de la tierra y del carbón encendido para calentar el tradicional café etíope. Algunas casas tienen las puertas abiertas y desde dentro llegan voces y canciones. Hay una energía alegre, pero sostenida por una solemnidad constante. Nadie parece olvidar que se está celebrando el Timkat.

Ambiente en un bar de Lalibela

Qué hermosa locura: fotografiando el Timkat

Para un fotógrafo vivir el Timkat en Lalibela es un vértigo maravilloso. Las imágenes, retratos y escenas se suceden sin descanso. Pero aquí hay que comprender que no basta con levantar la cámara y disparar. El Timkat exige paciencia, sensibilidad y respeto. No estás en un espectáculo pensado para visitantes. Estás dentro de una celebración profundamente íntima para miles de personas. Y esto te obliga a cambiar por completo tu forma de mirar y de actuar.

Celebrando el Timkat en Lalibela

Uno de los momentos más esperados del Timkat es la salida de los tabots, réplicas del Arca de la Alianza que cada iglesia custodia celosamente y que solo se muestran cubiertos por telas ricamente bordadas. Son objetos sagrados y su presencia concentra una emoción inmensa. Cuando comienzan a procesionar acompañados por sacerdotes, diáconos, músicos y fieles, la multitud reacciona con una intensidad difícil de describir.

Con el Tabot en la cabeza

Procesionando el Tabot por las calles de Lalibela

En momentos así te encuentras atrapado entre cuerpos, colores, movimiento y una luz cambiante a medida que avanza el día. Fotográficamente es un reto enorme. Las escenas cambian cada segundo. El espacio es mínimo. La gente se mueve en todas direcciones mientras te saludan y te preguntan “Where are you from?”. Para luego mandarte sus bendiciones “God bless you”.

Retrato a un hombre en Lalibela

El polvo se levantaba con el movimiento de la multitud. La luz de la tarde desciende rápido y las telas blancas empiezan a contrastar con sombras profundas. Estando ahí también entiendes algo importante: que a veces la mejor fotografía nace cuando bajas la cámara unos segundos. Cuando miras alrededor, te quedas observando… y ves. A veces la mejor fotografía nace cuando bajas la cámara unos segundos. Cuando miras alrededor y te quedas observando. Estas escenas me recordaron que fotografiar no es solo capturar imágenes, sino dejarse tocar por lo que ocurre.

Joven soldado en Lalibela

Las procesiones avanzan lentamente hacia la zona donde los tabots pasan la noche antes de la ceremonia principal. Ya de noche Lalibela luce con una luz extraña hecha de focos, luces de móviles, velas y el brillo de la luna en el cielo. Durante las noches que dura el Timkat miles de personas deciden quedarse despiertas. Algunas rezan de pie o sentadas en el suelo. Otras cantan en corros. Muchas simplemente esperan en silencio, envueltas en mantas, bajo el frío de la noche.

Rezando en la noche de Lalibela

Amanece en Lalibela

El amanecer es uno de esos momentos irrepetibles que hay que vivir durante el Timkat. Poco antes del alba la multitud, adormecida, empieza a reactivarse. Cada vez más personas rezan o leen sus pequeñas biblias en silencio apenas iluminadas por la luz de las velas. Sacerdotes y diáconos ocupan sus posiciones. Y entonces mientras suenan los sistros metálicos con ese tintineo hipnótico tan propio de la liturgia etíope, comienzan los rezos del amanecer.

Amanece en Lalibela

He visto ceremonias religiosas en muchos países, pero pocas veces he sentido algo tan poderoso. Es la suma de cientos de cuerpos envueltos en telas blancas meciéndose al ritmo de la plegaria. Es la magia de la primera luz del día dibujando siluetas sobre la noche de Lalibela.

Amanecer en Lalibela

Rezando al amanecer en Lalibela

Intenté fotografiarlo, claro. Pero cada imagen es una lucha con la escasez de luz, el movimiento continuo y la necesidad de no romper la intimidad de las personas a las que fotografías. Subir ISO, abrir diafragma, apoyar la cámara como puedes para estabilizarla, esperar el instante en que una mirada coincida con la tenue luz de una vela. A veces la fotografía sale. A veces no. Y en realidad da igual porque hay momentos destinados a quedarse más vivos en nuestra memoria que en la tarjeta de la cámara.

Sinceramente, creo que hay momentos en los que la cámara sobra y donde lo correcto es simplemente estar presente y guardar silencio. Hay personas que prefieren no ser retratadas. En otras ocasiones, una sonrisa, una inclinación de cabeza o enseñar la imagen en la pantalla abre puertas inesperadas. Porque la relación humana y el respeto a los demás siempre debe estar por encima de la fotografía.

Sobreviviendo a procesiones y rezos eternos en el Timkat

Con la llegada del sol la ceremonia alcanza otro nivel de intensidad. Cuando el sol empieza a caer a plomo sobre los mantos blancos, los paraguas ceremoniales se abren mostrando los colores de sus telas —rojos profundos, verdes brillantes, dorados— destacando sobre la masa blanca de los fieles. Se acerca la hora del bautismo multitudinario.

Alrededor de la fuente en forma de cruz en la que se va a realizar el bautismo simbólico, miles de personas se apretujan como pueden. Todos permanecen inmóviles, y concentrados en la homilía que se hace eterna. Porque en Etiopía los rezos, las misas y las plegarias pueden durar horas y horas. Los sacerdotes se mueven con movimientos pausados, circulares, acompañando el ritmo de los cantos. Una y otra vez, una y otra vez…Es difícil entender lo que está pasando cuando eres ajeno a lo que estás viviendo.

Son momentos en los que comprendes mejor el sentido profundo del Timkat para los etíopes. No se trata únicamente de recordar un bautismo sucedido hace siglos. Se trata de renovar la pertenencia a una historia común, de limpiar simbólicamente el alma y de celebrar la continuidad de ritos y creencias entre generaciones.

El momento más esperado llega con la bendición del agua. En Lalibela, el simbolismo del agua adquiere una fuerza especial entre tanta piedra excavada y tanto paisaje seco. No esperéis un gran espectáculo ya que el bautismo se hace regando a los presentes con una manguera. Cuando comienza la aspersión, la gente reacciona con júbilo, empujándose unos a otros para acercarse y recibir unas gotas de agua. Inmerso en esa locura colectiva decidí apartarme, guardar la cámara y simplemente dedicarme a observar y disfrutar del momento consciente de la imposibilidad de abarcarlo todo.

El Timkat en Lalibela: una experiencia imposible de olvidar

Tras tres días de procesiones y finalizada la ceremonia principal, Lalibela no se vacía de golpe. La ciudad sigue latiendo durante horas. Las multitudinarias procesiones acompañan el regreso de los tabots a sus iglesias respectivas recorriendo calles y senderos de tierra.

Y es que, tras los momentos épicos, llegan otros igual de valiosos, más íntimos, con escenas más tranquilas que te devuelven a la realidad. La niña con el rostro quemado que te mira con ojos abiertos y una sonrisa eterna en su rostro; el diácono que quiere hacerse tu amigo para contarte su vida y, de paso, para que le invites a tomar algo; la mujer que da el pecho a su bebé dentro de una de las iglesias talladas en piedra… Son imágenes y momentos que completan la historia real de un viaje que se convierte en uno de los que no terminan cuando te marchas.

Muchos viajeros llegan al Timkat buscando la foto espectacular, la multitud, los colores, el instante grandioso. Y sí, todo eso existe. Pero muchas veces la esencia se esconde en los pequeños detalles: en la paciencia de una madre cocinando a la puerta de su casa, en el cansancio feliz de quien ha rezado toda la noche tomando algo en un bar local, o en la mirada curiosa de una niña hacia la cámara.

Lalibela me regaló muchas imágenes y momentos inolvidables. Pero sobre todo me recordó por qué sigo viajando. Para encontrar lugares donde la belleza no está decorada, sino habitada. Donde la tradición no se representa, sino que se vive. Donde una cámara sirve para mirar mejor, pero nunca para sustituir la experiencia real que se queda para siempre grabada en tu memoria.

Cuando revisé las fotografías días después, descubrí algo curioso. Las mejores no eran necesariamente las más perfectas técnicamente. Pero estaban vivas. Conservaban la luz de aquel amanecer, el empuje de la multitud, la emoción de una celebración sincera. A menudo me preguntan cuáles han sido los lugares más fotogénicos y auténticos que he visitado. Y Lalibela durante el Timkat está, sin duda, entre ellos.

Amanece en Lalibela

 

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