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Esto es La Habana, esto es Cuba

La mística de la Revolución Cubana desaparece en cuanto uno pone los pies en La Habana, principal puerta de entrada de todo aquel que llega a Cuba. No deja de ser un milagro que un sistema político fruto de las revoluciones socialistas del siglo XX siga vigente entrado ya el siglo XXI.

Sobre todo porque ya están finiquitadas las condiciones políticas que lo originaron. La URSS ya no existe. Muerto Fidel Castro, su hermano Raúl negoció el principio del fin del embargo de los Estados Unidos. Los cruceros cargados de turistas atracan el puerto de La Habana, llegan los vuelos de American Airlines desde Miami y la iniciativa privada se abre paso poco a poco. Eso sí, con enormes dificultades. Parece que hay cambios, y no son sólo estéticos. Pero son tan lentos que sólo mirando las cosas con perspectiva pueden apreciarse.

 

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De todas formas Cuba sigue siendo hoy un destino más que interesante para cualquier viajero que se precie. Aúna la belleza y la intensidad de unos paisajes que parecen transportarnos a algún lugar perdido de nuestra memoria colectiva, con una riqueza cultural, histórica y humana que exceden cualquier expectativa preliminar. A todo ello hay que sumar la indudable curiosidad que todavía despierta el régimen castrista que marca el día a día y las formas de vida de los cubanos. El control estatal y el hundimiento del país en el letargo de una decadencia interminable no pueden dejar indiferente a nadie. La realidad es que uno se encuentra con un paisaje de miserias materiales y humanas que sólo son compensadas por el ánimo y la paciencia inagotables de los cubanos. Hace poco una señora del barrio de El Vedado me decía mientras visitaba su casa que el cubano cae, pero siempre se levanta.

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Las figuras míticas de la Revolución Cubana todavía están presentes en muchos rincones de La Habana, aunque las proclamas anti imperialistas y revolucionarias más radicales han ido desapareciendo de sus calles en los últimos años.

Es por ello que en Cuba hay algo más que se nota en cuanto se aterriza en el aeropuerto José Martí. Una sensación que continúa cuando se respira la primera bocanada de ese aire húmedo y cálido cargado de promesas y misterios por descubrir. Los acentos, los sonidos y los colores son los primeros trazos de un lienzo mental en el que cada uno va dibujando su viaje. Un cuadro lleno de tonalidades que poco a poco se va completando con las pinceladas sorprendentes de este país.

El epicentro de todo lo que pasa en Cuba se prepara en La Habana, una ciudad de contrastes, sentimientos, músicas, historias e Historia. La Habana es una sensación, un estado de ánimo, un mar de nostalgias y un océano de sonrisas. La Habana es ese lugar en el que parece que ya hemos estado, pero también ese lugar que nunca terminaremos de conocer. Una ciudad que ilustra lo mejor y peor de cinco siglos de historia cubana. Porque La Habana no es sólo el escaparate del régimen castrista. También es una cápsula de la historia de España en América, el lugar que resume el sueño de la historia del sueño de miles de emigrantes y el sufrimiento de los que fueron traídos como esclavos. En sus calles decadentes todavía brilla el esplendor de glorias pasadas. Una belleza muy especial desdibujada por el paso del tiempo, los huracanes, el embargo USA y una dictadura militar que dura décadas. Por todo esto y mucho más La Habana es una de las ciudades más impactantes que se pueden visitar en este mundo globalizado de principios del Siglo XXI.

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Un poco de Historia para saber qué ha pasado en Cuba

Fundada en 1519 por Diego Velázquez de Cuellar, La Habana resurgió varias veces de sus cenizas tras los continuos ataques de piratas, corsarios y armadas enemigas de la Corona Española. A partir de 1561 la ciudad se convirtió en el punto de llegada y partida de las flotas españolas procedentes de la Península. Y a su vez de las que salían de América hacia la metrópoli. De facto La Habana se convirtió en el nexo de unión entre Europa y América durante más de 300 años y por lo tanto, en territorio irrenunciable para España.

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El castillo de la Real Fuerza fue la primera fortificación construida por los españoles en La Habana

A partir del siglo XVII y a lo largo de todo el XVIII La Habana se fortificó con una serie de murallas que terminaron por completar sus defensas. Mientras tanto el entramado urbano se enriqueció con toda una serie de construcciones civiles y religiosas de carácter monumental. Surgieron así monasterios, iglesias, palacios, fuentes, conventos, hospitales y universidades que convirtieron a la ciudad en la “perla del Caribe”. Tanto es así que la Corona no dudó en ceder la Florida a los ingleses en 1763 a cambio de recuperarla tras haber sido conquistada por una armada inglesa un año antes. A raíz de ello se inició la construcción de uno de los castillos más grandes del Nuevo Mundo, el de San Carlos de la Cabaña. Esta gigantesca fortaleza apuntaló el sistema defensivo de la ciudad convirtiéndola en una de las ciudades mejor defendidas de América.

Ya en el S.XIX teatros, liceos y centros artísticos y culturales terminaron por conformar el carácter de una ciudad que aspiraba a seguir creciendo más allá de sus murallas. En 1868 empezaron a derruirse parte de estas defensas que encerraban a La Habana Vieja. Se quería facilitar así el crecimiento de la ciudad hacia lo que se llamó la Habana Nueva. Fue éste un período de gran expansión económica propiciado por la industria del azúcar y del tabaco. En esas décadas comenzaron las primeras conspiraciones independentistas apoyadas desde el extranjero. Los Estados Unidos intentaron hacerse con el control de la isla siguiendo la llamada “doctrina Monroe” de América para los Americanos. Primero con tres intentos de compra de la isla y posteriormente con una durísima campaña de desprestigio hacia el gobierno español. Fueron años en los que todo intento independentista fue duramente reprimido por las autoridades españolas. La tensión acumulada y la mala gestión del conflicto por todas las partes desembocó en dos sangrientas guerras. Alcanzada una tensa paz, la “misteriosa” voladura y hundimiento del acorazado estadounidense Maine en el puerto de La Habana fue el pretexto utilizado por el gobierno norteamericano para declarar la guerra a España. Así fue como en el año 1898 España perdía la guerra y con ella sus últimas posesiones en América, Asia y el Pacífico. Décadas después una investigación interna de la Marina de los USA confirmó lo que ya se sabía: que la explosión del Maine se ocasionó en el interior del barco y que los españoles no tuvieron nada que ver.

El ejército norteamericano se hizo con el control de Cuba, y en las décadas siguientes los USA situaron gobiernos títeres para mantener el control del país. Hasta que estalló la Revolución Cubana contra la dictadura de Fulgencio Batista. El 8 de enero de 1959 las topas revolucionarias con Fidel Castro a la cabeza entraban en La Habana. Y así hasta hoy en la que muchas cosas en Cuba parecen haber quedado congeladas en el tiempo.

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La Habana Vieja resiste pero ¿por cuánto tiempo más?

La Habana Vieja es como una vieja dama desastrada a la que se le adivinan momentos gloriosos de su pasado. Pero esa hermosura antigua todavía es capaz de dejarnos con la boca abierta. La Habana es una de las ciudades más deslumbrantes que conozco a pesar de sus edificios desconchados y sus calles amenazando ruina. Desde aquí voy a llevaros a recorrer  este laberinto de calles salpicadas de socavones. Decoradas con iglesias de la época colonial, y palacetes de ventanas enrejadas y grandes portalones. Os llevaré por avenidas columnadas, plazas de una belleza única y fortalezas que hablan de tiempos antiguos en los que los españoles combatían contra piratas y corsarios en aguas del Caribe.

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Hoy el centro histórico de La Habana, la Habana Vieja, es un escenario. Caminar por sus calles es como hacer un viaje en el tiempo. Aquí está  representado lo mejor y lo peor de una historia intensa, la de Cuba, endulzada por la ironía y la chispa de sus habitantes. Es por ello que esta ciudad deslumbra, da pena y confunde a la vez. Mucho de lo que se ve es pura fachada renovada para dar apariencia de normalidad a una situación que no se sostiene a sí misma. Al igual que muchos de los decrépitos edificios que se van derrumbando desde los pisos superiores hacia abajo.

Primero se caen los techos de terrazas y azoteas, luego el agua, el viento y el abandono van corrompiendo los pisos inmediatamente inferiores, uno a uno. Lenta pero inexorablemente se caen los techos mientras sus habitantes se van mudando a los pisos inferiores. Hasta que llega un momento en el que sólo quedan los cimientos y algunos muros que apenas resisten.

¿Una alegoría del régimen castrista? Quizás. De lo que no cabe duda es que el una vez prometedor sueño revolucionario se ha venido abajo hace tiempo. Y que lo que se vive hoy es una lánguida espera, una larga agonía que parece no tener fin mientras todos, propios y foráneos, vislumbran el fin de una época que no termina de desparecer.

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Como tantos otros que han recorrido las calles de la Habana Vieja, soy uno más de los que han sentido que regresan a un lugar conocido. Porque perderse por esta ciudad supone un ejercicio de búsqueda de referencias que parecían olvidadas. La nostalgia inicial nos transporta a Cádiz, a Cartagena de Indias o a San Juan de Puerto Rico. Recuerdos que aquí se ven aderezados por los “almendrones”, esos viejos coches de la década de los 60 que todavía circulan como taxi y reclamo turístico. Y por el paseo entre edificios coloniales apuntalados y otros que tienen la suerte de ser restaurados para reconvertirse en hoteles o restaurantes.

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Con el paso de los años los mensajes revolucionarios pintados en muros y paredes han ido desapareciendo de la ciudad. Quizás como símbolo de los nuevos tiempos que no parecen llegar nunca. Quizás como simple lavado de cara para el turista que busca las caras del Ché y de Fidel Castro pintadas entre anuncios apocalípticos de resistencia o muerte.

Hay que reconocer que a pesar de las carencias el gobierno cubano está realizando un gran esfuerzo de restauración en la Habana Vieja. Labor dirigida por la todopoderosa Oficina del Historiador de La Habana. Porque estoy hablando de un conjunto histórico de un valor intangible que fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco hace ya casi 30 años. El problema es que lo que está muy nuevo y recién pintado se mezcla en una especie de totum revolutum con edificios cochambrosos, desconchados y a medio caer. Lugares donde sus habitantes viven sin agua corriente y con constantes cortes de electricidad en lo que es uno de los conjuntos coloniales más ricos de la América Hispana.

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La Plaza de Armas

Si por algún sitio hay que empezar esta visita es por la Plaza de Armas. Es la más antigua de La Habana y punto neurálgico de la ciudad desde el S.XVI donde tenían lugar las ceremonias castrenses para luego convertirse en centro de la vida civil. Hoy es uno de sus lugares más agradables con sus terrazas, el parque con bancos de mármol donde sentarse a la sombra de viejos árboles, sus restaurantes donde suenan los sones cubanos en directo, sus libreros que venden todo tipo de lecturas revolucionarias… Y también alguna que otra vieja edición de finales del XIX o principios del XX que está terminantemente prohibido sacar de la isla.

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Aquí los edificios coloniales con balconadas de madera se intercalan con las impresionantes fachadas de piedra del Palacio de Segundo Cabo y del barroco Palacio de los Capitanes Generales. Este magnífico edificio fue construido en 1776 para ser la sede del gobierno español hasta 1898 y posteriormente de la presidencia de la República hasta 1920. Desde su entrada, pavimentada con tacos de madera para que el ruido de los carruajes no molestara el descanso de los gobernadores de la isla ni de sus familias, se accede al interior de su gran patio presidido por una estatua de Cristóbal Colón.

Lo mejor de todo es que sus estancias decimonónicas se puede visitar. Del patio central parte una gran escalinata que permite acceder al Museo de la Ciudad y que nos sorprende con la enorme riqueza, lujo y suntuosidad de la que se rodeaban las élites gobernantes de la isla. Recorrer sus habitaciones, los salones privados y el salón del trono le dejan a uno con la boca abierta. Además una gran cantidad de documentos, pinturas, uniformes, armas y fotografías relatan los últimos años de gobierno español en Cuba. Y los primeros pasos titubeantes de una república que nacía bajo el dominio militar norteamericano. Una visita imprescindible.

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Detrás del Palacio del Segundo Cabo se levanta el Castillo de la Real Fuerza, primera de las fortalezas construidas en Cuba y hoy Museo de las Armas. Cuenta en lo alto de su torreón con uno de los elementos simbólicos de la ciudad: la Giraldilla. Esta veleta, cuyo original se guarda en el Museo de la Ciudad, se fundió según dicen las leyendas más populares, en honor a doña Ines, la esposa del gobernador Hernando de Soto que partió en expedición al continente. Este falleció pero doña Ines subía todos los días al torreón para ver si su marido regresaba ya que no creía que hubiera muerto. Además esta figura está representada en las etiquetas del ron por antonomasia de Cuba, el Havana Club.

También en la plaza se encuentra otro de los lugares emblemáticos de la ciudad: el Templete. Al parecer este fue el lugar fundacional de la ciudad que se hizo bajo un árbol situado aquí. Ahora su lugar lo ocupa este pequeño templo de inspiración neoclásica sin mayor valor que el puramente simbólico.

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La Plaza de la Catedral

Situada a escasa distancia de la Plaza de Armas se encuentra la plaza más conocida de la Habana y sin duda una de las más hermosas de la América Hispana. La catedral fue construida por los jesuitas en el S.XVIII. Se caracteriza por la sencillez de su interior y la sobriedad de su fachada en la que destacan dos campanarios, todo en piedra de tonalidades blancas. En la nave central de la catedral se encontraba hasta 1898 un monumento con los restos mortales de Cristóbal Colón que fueron trasladados tras la retirada española a Santo Domingo. Y de allí a Sevilla originando una polémica sobre los restos del navegante que perdura hasta hoy. Por cierto, se puede subir a uno de los campanarios de la Catedral. Desde ahí tendréis unas vistas privilegiadas sobre los tejados de la ciudad.

Pero además esta plaza alberga algunos de los palacios más suntuosos del XVIII. Entre ellos destacan la casa de Lombillo, el palacio del marqués de Arcos y la casa del marqués de Bayona, hoy sede del Museo de Arte Colonial. Pero, sobre todos ellos destaca el Palacio del marqués de Aguas Claras con su impresionante patio y su fuente de mármol reconvertido en el café-restaurante El Patio. Comprobaréis que aquí está una de las terrazas más agradables de la ciudad.

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La Plaza de la Catedral es lugar de visita obligada para todo el que visita La Habana. Y a pesar de las multitudes de turistas que la ocupan puntualmente, es un lugar bastante tranquilo. Aquí os encontraréis con una serie de personajes que animan la visita del turista: los músicos del café con sus sones cubanos, los guías turísticos, las chicas vestidas de coloridos trajes típicos,  elegantes señores con enormes puros que posan por unos dólares, señores vestidos de revolucionarios, jóvenes que ofrecen langosta y camarones en algún paladar (donde al final sólo hay arroz con pollo y frijoles). Y las más imponentes, las mujeres orishas vestidas de blanco sentadas junto a sus mesas a la sombra de los soportales y rodeadas de dioses y diferente iconografía. Por supuesto para cualquier foto has de pagar, aunque a veces, si eres simpático, te perdonan el tributo. El cubano es un pueblo hospitalario y amistoso al que le gusta la charla, es curioso y muchas veces pícaro con el turista al que suele mirar como un ser forrado de bolsillos repletos de dólares y euros.

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Y es que de la necesidad nace el ingenio de la gente de La Habana. Las carencias en la isla son muchas, por ello no deja de ser triste que más de una madre se acerque pidiendo que le compres leche o pañales para su bebe. Productos que se venden a precios prohibitivos para su pobre salario. Es cierto que el gobierno asegura los alimentos de subsistencia a precios simbólicos a través de lo que se llama la libreta, pero en unos cupos que apenas dan para sobrevivir. Pero incluso en estas situaciones la educación es siempre exquisita y el trato sumamente amable, lo que no deja de ser extraordinario dada la precariedad en la que vive mucha gente. No hay que olvidar que el turismo es un maná de ingresos para muchos habaneros que intentan conseguir unos ingresos extras que alivien su precaria situación económica.

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También por aquí, justo en la calle Empedrado saliendo de la catedral a la derecha, encontraremos otro de los lugares emblemáticos de La Habana, la Bodeguita del Medio. Sus mojitos estarán mejor o peor, pero el lugar está casi siempre abarrotado de turistas. Muchos  recorren con la mirada las viejas fotografías plagadas de personajes más o menos famosos que también acudieron a la Bodeguita a tomarse uno o muchos mojitos. Se puede entrar, ver y sacar fotos de recuerdo porque la verdad, el servicio deja mucho que desear. Y los precios son de disparate para lo que ofrece el local. Personalmente, un lugar totalmente prescindible.

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Pero este es sólo el comienzo del recorrido por esta ciudad que estimula todos los sentidos. Sigamos adelante: La Habana, quien bien te quiere nunca muere. 2ª parte

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