Historias de La Habana.

España, Marruecos, Cuba, España, Cuba.

Pongamos que se llamaba Pedro Fuentes. Se acercó hasta mí en una calle de la Habana Vieja mientras esperaba el autobús frente al Castillo de la Real Fuerza. Más flaco que delgado, encorvado por el peso de los años, doblado por la vejez y con cara de tristeza se me aproximó.

Y mostrándome un billete de 3 Pesos cubanos me dijo con voz débil: «le cambio un billete del Ché por uno de esos CUC». Sabía que al cambio un CUC (1 Euro) equivale a unos 23-25 Pesos y que el billete de color rojo apagado con el rostro del Che en un lado y una imagen suya cortando caña en el reverso es uno de los más buscados por los turistas.

Billete de 3 Pesos cubanos con el rostro del Che Guevara

«Pero señor -le dije-, yo ya tengo unos cuantos billetes del Ché y no necesito más»

«Es por una ayudita»– me contestó.- «Es que necesito dinero para comprar algo de carne y leche para mi mujer que está enferma en la cama. Y para mí también. El médico me dice que tengo que comer más, y yo me quedo mirando al doctor y preguntándole que de dónde voy a sacar para comprar algo de comida. Y por si fuera poco pedir, carne de ternera y leche…».

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Y mientras hablaba mostrándome sus manos vacías con rosto implorante como si estuviera hablando con el médico me hizo la pregunta de siempre, la que te hacen una y cien veces a lo largo del día en las calles de La Habana «¿Es usted español?» Pero aquí en vez de seguir con el discurso habitual de que mi abuelo era gallego, el hombre siguió hablando despacio: «Pues yo también. Nací en pueblo llamado Rueda de la provincia de Valladolid. ¿Lo conoce usted?»

«Pues claro que sí, -le respondí-, paso por allí cada vez que voy a Galicia». Entonces no pude evitarlo y tuve que preguntarle cómo había llegado hasta allí, hasta las calles de una Habana otrora esplendorosa que se viene abajo desde hace años y en la que muchas conversaciones se mantienen en voz baja y en casa.

Entonces el Sr. Pedro me contó una de esas historias que retrotraen a tiempos con los que uno cree que no tiene nada que ver, y que obligan a reflexionar acerca de cómo las pésimas decisiones de unos pocos condicionan para siempre la vida de muchos otros. Y es que la Historia con mayúsculas es el fruto del devenir de muchas pequeñas historias que a veces llegan hasta el presente como sutiles retazos de humo que se desvanecen con el paso del tiempo.

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«Mi padre que era de Rueda y ya era novio de la que sería mi madre, fue llamado a filas en 1920 para ir a combatir a los moros en la Guerra de Marruecos. Pero mi padre no quería ir a Marruecos por entonces, ningún mozo quería ir a una guerra absurda como pocas. Entonces decidió escapar de España y emigrar a Cuba donde tenía familiares que se habían quedado tras perder la Guerra del 98 con los Estados Unidos.»

«Y aquí en Cuba se quedó trabajando unos años hasta que volvió a España, se casó con su novia de toda la vida que era mi madre, y nací yo. Pero entonces estalló la Guerra Civil y mi padre que era de izquierdas además de un hombre inteligente pues no quería saber nada de guerras, decidió de nuevo emigrar a Cuba y traernos con él. Aquí crecí, me casé, fui feliz y tuve 5 hijos. Pero aquí las cosas no han ido bien…Ud. ya sabe lo que quiero decir…la Revolución…- y sus ojos miraron disimuladamente a un lado y a otro de la calle-. Con los años todos mis hijos han tenido que irse para poder tener una vida decente, una vida con expectativas. Pero mi mujer ya estaba enferma y yo no podía dejarla sola aquí. Y aquí nos hemos quedado para morir, intentando que sea de la manera más digna posible…»

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Me quedé sin saber qué decir cuando el Sr. Pedro terminó de hablar tomando aire para recomponerse del esfuerzo mientras seguía sosteniendo el billete del Ché en la mano. En un par de minutos me había hecho recorrer algunos de los acontecimientos que marcaron directamente la vida de millones de personas a lo largo del S.XX y, sin tenerlo en cuenta, el destino y el futuro de sus descendientes por generaciones.

Saqué los 20 CUC que llevaba encima y se los di con la condición de que se guardara el billete del médico argentino y héroe de la revolución cubana ejecutado en un rincón perdido de Bolivia. La lección de vida y las reflexiones a las que me había llevado la historia del Sr. Pedro valían muchísimo más que lo que podía darle en ese momento.

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La última rubia «de veldá» de La Habana

Conocí a la rubia Yurisleisi en la terraza del bar-discoteca del Torreón de la Chorrera. Había salido con unos amigos a pasear esa noche por el Malecón hasta que llegamos a la puerta del Torreón. Allí aguardaban a turistas incautos varios grupos de chicas vestidas para matar al estilo cubano. Rápidamente se nos enganchó una a cada uno de nosotros y mientras nos dirigíamos a pagar la entrada, la mulata de minifalda y tacones imposibles que se me había colgado del brazo me susurraba al oído «Oye mi amol, me pagas la entrada ¿veldá?». «Mira mi amol – le contesté -, yo te meto, pero tú te pagas la entrada y una vez dentro tú y tus amigas os buscáis a otros que sólo hemos venido a tomar algo». Mientras tanto de fondo sonaba la música, siempre la música, que es la banda sonora de esta ciudad.

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Una miradas despectivas y unos susurrados «maricones de mielda» nos acompañaron a mí y a mis amigos hasta la mesa que encontramos libre. Allí, sentados cerca del viejo torreón de piedra de la época colonial y con vistas a la negrura de un tranquilo Caribe, nos pedimos una botella de ron Havana Club. Por las mesas de los turistas había un continuo pulular de jineteras que se buscaban la vida como cada noche, chicas que muchas veces aportan el único dinero extra para completar la cartilla de racionamiento de una familia. A nuestra mesa se acercaban una y otra vez para que las invitáramos a un trago, para charlar, para decirnos que conocían otro sitio mejor…unas vestidas con ropa de marca, otras más vulgares, todas jóvenes y casi todas hermosas a la caza del turista ávido de sexo de pago.

Y entonces a mi lado se sentó Yurisleisi, así me dijo que se llamaba, una despampanante hembra de larga melena rubia, piel blanca, mirada dulce, labios carnosos, pechos antigravitatorios y laaargas piernas embutidas en un pantaloncito blanco. Me preguntó lo de siempre, me habló, me rió, se insinuó… y a pesar de decirle una y cien veces que esa noche no estábamos para fiestas, finalmente me dijo que me podía ir con ella aportando la módica cantidad de 125$. La miré y le pregunté por qué era esa su tarifa. Ella me respondió señalándome las mesas de alrededor: «Has visto por aquí alguna rubia como yo. Soy la única rubia de veldá que queda todavía en La Habana». Y era cierto, pues todas las chicas que alcanzaba a ver en las otras mesas eran negras como la noche o mulatas de distintas tonalidades.

«Y las demás rubias ¿donde están?», la pregunté. Y mirándome como a un idiota me respondió: «Se marcharon todas mi amol, se buscaron un novio español o italiano que las sacara de la isla. Se fueron a un sitio mejol lejos de la miseria.»

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«Y tú ¿por qué no te has ido todavía Yurisleisi?» – pregunté – Y mirándome a los ojos, repentinamente seria en su rostro aniñado, me espetó a la cara su dura realidad, la realidad de muchas jóvenes cubanas que se ven empujadas a la prostitución en un país que niega su existencia: «Porque tengo un hijo sin padre que nadie quiere excepto yo…porque en un aborto me tuvieron que quitar la matriz y ya no puedo dar más hijos a ningún hombre… porque soy la única que llevo algo de dinero a mi familia…porque si yo no estoy no tienen de qué vivir, porque aquí no hay esperanza tu sabes…Y ahora tu dime ¿quién me va a querer así? ¿quién?

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Generaciones sin esperanza

Conocí a Ernesto mientras paseaba a mediodía por la bulliciosa calle Obispo, una de las más animadas de la Habana Vieja con sus pequeños negocios, sus farmacias y librerías, con sus tiendas de estanterías casi vacías y con la música cubana que resuena tras las ventanas y puertas de bares y restaurantes para turistas.

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Sentado en una bancada a la puerta de un colegio, estaba Ernesto quien reclamó mi atención como tantos otros cubanos lo habían intentado a lo largo de la mañana. Era mi último día en Cuba y me dije a mi mismo: «a ver qué historia me cuenta este».

Es conocida universalmente la habilidad de los cubanos para inventarse anécdotas e historias inverosímiles que dejan con la boca abierta de asombro al turista de turno que no tarda en sacar la cartera y soltar unos cuantos billetes. Porque aquí lo que cuenta es sobrevivir lo mejor posible hasta el día siguiente.

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Así que dejé hablar a este joven de rostro moreno, pelo rizado y mirada franca dispuesto a hacerme el turistilla inocente una vez más. Tras la 1ª famosa pregunta (¿de dónde es usted?), vino la 2ª famosa pregunta (¿y es del Madrid o del Barcelona?) y luego la justificación de ese súbito interés por conocerme: «Ya sabe amigo, aquí nos gusta conocer las cosas del mundo, lo que piensa la gente de fuera. Es que soy profesor de esta escuela y me gusta estar informado».

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Y qué haces que no estás dando clase? – le pregunté- «Es mi hora libre para comer, así que si quiere le acompaño a dar una vuelta, a contarle cosas de la ciudad… Conozco un sitio donde va Fidel de vez en cuando, un sitio muy bueno. Venga por aquí que yo le enseño y así hablamos y usted me cuenta también».

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Durante 10 minutos de caminata por las destartaladas calles de La Habana Ernesto fue capaz de hablarme de todo y de nada mientras me llevaba hasta la entrada de un edificio en la calle Egido donde aparecía escrito en grandes caracteres «Asociación Cultural Rosalía de Castro«.

Este enorme caserón del S.XIX tenía un gran patio interior abierto, era de techos altísimos y una gran escalinata conducía hasta un restaurante llamado «La Gaita» y a una agradable terraza ubicados en su piso superior. En una de las mesas esperaban (que casualidad) un par de  mulatas de mirada y sonrisa picantonas. Allí, mientras yo le iba invitando a tragos que para eso asumí el papel de turista inocente, Ernesto pasó de hablar de las bondades del sistema socialista, a exaltar la belleza de las cubanas como las que estaban (que casualidad) sentadas en la mesa de al lado.

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Cuando le dije que me parecía muy triste que tantas jóvenes cubanas se vieran obligadas a prostituirse, enseguida cambió de registro y se puso a despotricar acerca de la falta de esperanza de la juventud cubana. Sin proyectos, sin ilusión, sin salida, se sentían prisioneros de un destino que no estaba escrito por ellos. Por primera vez le vi sincero, amargado, joven y atrapado en un lugar del que no quería marchar, pero sufriendo un sistema económico y político obsoleto que no ofrecía ninguna expectativa de mejora a los de su generación.

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Ernesto se puso pensativo y yo le invité a otro trago. Al despedirme le deseé suerte y coraje y mientras yo bajaba las escaleras, cuando pensaba que ya no le veía, esperé a ver como se dirigía dando explicaciones hacia la mesa de las chicas de mirada chispeante. Desde luego que mierda de sistema político el que obliga a su juventud a prostituirse, a mentir y a ser hipócritas para poder sobrevivir.

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La libreta de racionamiento «no da pa más»

«Señor, señor» me reclama la señora con el bebe en brazos apostada frente a una farmacia. «Por favor, cómpreme unos culeros (pañales) para el niño. No quiero su dinero, sólo que me compre unos pañales que no me llegan los de la libreta (de racionamiento), que no me dá pa más». Es sabido que en Cuba hay un próspero mercado negro de muchas mercancías que brillan por su escasez, como los pañales desechables.

Gente sin escrúpulos y con medios económicos compra las existencias de un determinado producto para revenderlas después mucho más caras. «Señor, señor» me reclama otra señora con dos pequeños de la mano cuando camino bajo los arcos de los edificios de color pastel que se encuentran frente al Capitolio. «Oiga…cómpreme algo de leche para los niños que no tengo para darles». Así funciona el mercado en una economía oxidada como la cubana, así alimenta la Revolución a su pueblo.

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Pse, oiga, tengo Habanos auténticos…

Otra de esas preguntas que le hacen a cualquier extranjero que camine por la Habana Vieja es si quiere unos puros habanos a buen precio, auténticos por supuesto. Tras pasear por la Plaza Vieja donde una señora con voz grave entonaba la viaja canción de el Manisero de Antonio Machín ¨«Maní, Maní…Si te quieres por el pico divertir cómete un cucuruchito de maní…» me acerqué hasta la fábrica de tabacos Partagás en la calle Industria.

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A día de hoy la fábrica está cerrada y su producción se ha transferido a otro lugar, pero hasta hace bien poco las calles que la rodeaban eran el epicentro de una intensa actividad ilegal de venta de puros habanos. Por allí merodeaba un hombre bien vestido, casi siempre trajeado, de piel oscura y cojo de una pierna que ofrecía todo tipo de habanos y en cualquier cantidad que fuera precisa.

Nunca supe el nombre de este hombre que con una mirada o un gesto hacía aparecer de un portal o de una esquina a hombres y mujeres dispuestos a negociar discretamente con su mercancía. Desde selectos Cohibas de varias numeraciones, a Montecristos, Romeo y Julietas o Partagás de diferentes calidades.

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La negociación se realizaba en alguno de los edificios cercanos. Alguien abría una puerta y entonces entrabas en un laberinto de pasillos, escaleras y puertas para acabar en un dormitorio donde sobre una cama se iban poniendo las cajas selladas de habanos, o los mazos según fuera el caso. Había gente que entraba y salía, precios que subían y bajaban, billetes que corrían de mano en mano, comisiones, participaciones, esto para mí, esto para ti… No soy un entendido en puros habanos, ni si daban gato por liebre. Lo que siempre me pareció fascinante es que en una economía tan restrictiva y con un control político tan férreo se haya desarrollado durante tantos años un mercado ilegal de productos que son monopolio del estado cubano.

Las que he relatado aquí son historias reales de gente real, de habitantes de La Habana que como el resto de cubanos lucha día a día por salir adelante y sobrevivir en unas condiciones precarias. Personas abocadas a sufrir un régimen político que no han elegido, a no poder salir libremente de su país, que padecen de la censura de pensamiento y de un embargo económico injusto de productos de primera necesidad que les hunde muchas veces en la desesperanza.

Pero que al mismo tiempo poseen una energía, una vitalidad y una alegría envidiables. Cuando dicen que de la necesidad nace el ingenio, sin duda pensaban en los cubanos porque de ambos andan sobrados. Os lo aseguro.

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Por cierto, ninguna de las personas fotografiadas en este artículo se corresponde con los personajes de las historias, excepto la manisera que paseaba cantando por la Plaza Vieja. Aún así, todos son reales, existen y (sobre)viven en mi querida Habana.

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