Pero ¿qué es el Oculus?

Así ha denominado el polémico arquitecto español Santiago Calatrava a su gran obra en Nueva York. Una enorme  estructura que vista desde el cielo dibuja la silueta de un ojo. Formada por cientos de costillas de acero arqueadas que se entrecruzan su función es albergar al nuevo intercambiador de trasportes del World Trade Center.

Las dos filas paralelas de 110 costillas, cada una de 56 toneladas, se unen en la parte superior acristalada. Se crea así un gigantesco espacio blanco abovedado en su interior que alcanza los 45 metros de altura. Un volumen diseñado para iluminar la estación de trenes subterránea que al mismo tiempo se convierte en un gran centro comercial.

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Debido al escándalo de su sobrecoste la obra fue discretamente inaugurada en marzo de 2016. Pero las obras siguen en marcha para rematar esta gigantesca estructura alada asimétrica de inmaculado color blanco. El intercambiador de trasportes forma parte de la gran restructuración del Downtown de Manhattan devastado por los ataques terroristas del 11-S del 2001. Una obra que queda empequeñecida por las gigantescas moles de los rascacielos del nuevo World Trade Center. También, muy próximo al Oculus, se encuentra el Museo Memorial del 11-S y las piscinas conmemorativas que ocupan el espacio donde se encontraban las Torres Gemelas.

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Tras ver el Oculus desde diferentes ángulos todavía me queda la duda de si me encuentro ante una catedral futurista o como dice Calatrava, ante “un ave que se eleva de las manos de un niño“. En su interior me he sentido como el pescador bíblico Jonás en el interior de una ballena blanca. Pero también dentro de una gran nave espacial de una película de ciencia-ficción. El caso es que aunque el Oculus mantiene la esencia creativa del arquitecto siendo una obra totalmente reconocible, no deja de ser sorprendente. De alguna forma me recuerda a su última obra en Río de Janeiro, el Museu do Amanhá. Un edificio que es una obra de arte en sí mismo y buque insignia de la renovación urbana del Centro de Río de Janeiro iniciada con ocasión de los Juegos Olímicos del 2016. En este caso la comparación no viene por el sobrecoste de las obras del Oculus, algo ya habitual en los trabajos de Calatrava. Sino porque en ambos casos se trata de edificios llamados a renovar un entorno degradado. Las dos son construcciones simbólicas destinadas a convertirse en nuevos iconos urbanos y a dejar muy clara la intención de una ciudad por reinventarse y seguir adelante. Son una apuesta de futuro.

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Por supuesto el Oculus no ha estado exento de la polémica habitual ligada a cualquier obra de Calatrava. La complejidad estructural de la obra ha disparado su coste a los 3.700 millones de dólares. Nada más y nada menos que un 70% más del presupuesto inicial. Por eso las malas lenguas no han tardado en denominar al Oculus como la estación de metro más cara de la historia. Una visión simplista y malintencionada que oculta la auténtica dimensión y complejidad de esta obra diseñada para unir las líneas de metro de la ciudad con los trenes que unen Manhattan con la vecina Nueva Jersey. Además de convertir al intercambiador ya no sólo en un nuevo espacio público, sino en un gigantesco centro comercial de dos plantas. La idea de iluminar de forma natural este gigantesco atrio es simplemente genial. Y más en un país donde el uso y despilfarro de la energía eléctrica en este tipo de edificios es la norma habitual. Y una vez visitado comparad sus andenes, su blancura y su luz con cualquier otro de los existentes en Nueva York. Entonces os daréis cuenta de que todo ese gasto, a medio plazo, estará más que compensado.

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Uno sólo tiene que situarse en su exterior y ver la reacción de la gente que pasa a tu lado para darse cuenta de que el Oculus es algo especial. Todos miran con curiosidad y sacan sus cámaras para fotografiar a esta especie de nave espacial-pájaro volador. Y eso a pesar de que justo al lado se eleva el edificio más alto de Norteamérica: el One World Trade Center con sus fachadas acristaladas y su mirador del One World Observatory en la planta 101.

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Desde que fue inaugurado el Oculus no ha dejado de atraer visitantes como un imán. Unos se adentran por alguna de sus dos puertas de entrada sólo para asomarse sorprendidos a sus miradores interiores. Otros no dudan en perderse por sus escaleras, pasillos y tiendas de más de un centenar de las más reconocidas marcas internacionales. Las mismas que encontraréis en cualquier centro comercial del mundo. El caso es que en pocos meses el Oculus se ha convertido en uno de los nuevos puntos neurálgicos de tránsito de la ciudad para propios y extraños. Cuando finalmente terminen las obras y se abra el acceso a todas las líneas de metro, se calcula que por aquí pasarán diariamente 250.000 personas.

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Cada día abren nuevas tiendas, se rematan más obras y llegan más viajeros. El Oculus no dejará de ser un lugar de paso para muchos de ellos, pero amigos ¡qué lugar de paso! Por eso estoy seguro que muy pronto estará incluido como un “must see” en todas las guías de viaje de Nueva York. Y si no, al tiempo.

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