San Juan de Gaztelugatxe, el islote que perdió su tranquilidad.

San Juan de Gaztelugatxe debía ser un lugar muy tranquilo. Eso tuvo que ser antes de que los productores de Juego de Tronos se fijaran en su salvaje estampa enclavada en el Cantábrico. Y escogieran sus escalinatas y sus paisajes de roca para filmar algunas secuencias de la famosa serie televisiva. Hoy resulta difícil visitar San Juan de Gaztelugatxe sin hacer colas, sin problemas para encontrar aparcamiento. Al menos la entrada sigue siendo gratuita. Por ahora.

Es el poder de los medios. Vale, no me importa confesarlo: no había oído hablar nunca de este islote rocoso enclavado en la costa vasca. Hasta que después de ser nombrado mil veces tras haber salido en Juego de Tronos me decidí a visitarlo. Me resultó curioso descubrirlo como el acceso al castillo de Rocadragón viendo la archiconocida serie. Y afortunadamente me gustó más en la realidad que en la ficción.

Precisamente Gaztelugatxe significa “castillo de roca” en vasco, y debía ser un remanso de tranquilidad hasta hace bien poco. Su aislamiento, el tortuoso acceso y la rampa de 241 peldaños que asciende hasta la ermita ubicada en el punto más alto de este islote de piedra, debían ser garantía suficiente de paz y soledad frente al mar.

Una tranquilidad sólo rota en época de fiestas como durante la romería del 24 de junio, día de San Juan Bautista, que parte desde Bermeo. En la romería del 31 de julio que parte de Arrieta; o el 29 de agosto, día de San Juan Degollado. Este día la romería trae hasta aquí a las gentes de Bakio. Pero las autoridades de Bermeo también asisten para que no haya dudas acerca de quién tiene la jurisdicción sobre este lugar.

Quitando esos días señalados la isla de San Juan de Gaztelugatxe debía de permanecer olvidada entre la niebla y los rugidos del Cantábrico. Debían ser días en los que las olas sacudían con fuerza la base rocosa del islote levantando nubes de espuma salada. Olas que se adentran con  fuerza entre las numerosas cavidades ocultas sólo visibles desde el mar por los pescadores de la zona. Y a vista de dron, como podrás ver en este vídeo:

El Cantábrico es un mar bravo, un mar de galernas que despiertan respeto. De oleajes que alcanzan la altura de casas y de vientos inmisericordes. Esos días San Juan de Gaztelugatxe debe ser un lugar magnífico y salvaje. Quiero imaginarlo así mientras intento encontrar dónde aparcar cerca del acceso al camino que lleva hasta la isla.

Durante todo el día el sol ha brillado con fuerza en el País Vasco y compruebo que centenares de personas han pensado lo mismo que yo: “el atardecer tiene que estar hoy increíble en San Juan de Gaztelugatxe”. Y aquí estoy, rodeado de parejas, familias y grupos de amigos que han decidido disfrutar también hoy de la caída del sol. Y de paso subir hasta la ermita para cumplir con la tradición de tocar 3 veces la campana de la entrada para pedir un deseo.

Confieso que el mío al llegar fue pedir regresar en un día de tormenta y soledad. No sé si la tradición será verdad. Pero por si acaso insistí y toqué la campana 9 veces en 3 tandas de repiques cuyo sonido se llevó el viento.

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Sí o sí, tienes que ir a San Juan de Gaztelugatxe

El caso es con gente o sin ella, San Juan de Gaztelugatxe es una visita obligada si andas por la costa vizcaína del País Vasco. En realidad está a sólo 35 km. de Bilbao, a 15 de Mundaca, a 12 de Bermeo y a 6 de Baquio. Hay numerosas indicaciones en la carretera de acceso, así que no tiene pérdida. Una vez que consigues aparcar (hay 4 estacionamientos) empieza de verdad lo bueno. En verano es muy recomendable adquirir las entradas vía internet ya que desde el año 2018 la Diputación Foral de Vizcaya ha decidido regular el acceso a San Juan de Gaztelugatxe. A la hora de hacer la reserva, por ahora gratuita, hay que indicar fecha y hora de la visita.

En verano hay autobuses de Bizkaibus para llegar hasta aquí desde Bilbao, Bakio o Bermeo. Si no has conseguido tu entrada a través de algún hotel de la zona o por internet, puedes adquirirla en el pequeño control de acceso ubicado junto al restaurante Eneperi. Desde aquí este camino de kilómetro y medio llamado Urizarreta desciende y desciende hasta el mar. Un camino que al regreso tocará subir por lo que es recomendable estar en una condición física aceptable. Hay otro camino más largo y fácil que sigue la antigua carretera y que llega hasta la base del puente.

Pero la carrretera no tiene el encanto de Urizarreta que ofrece desde su comienzo unas vistas privilegiadas sobre el islote enclavado en el mar. El caso es que cuanto más miras la isla, más ganas dan de llegar al pie del puente de piedra que lo conecta con tierra firme. Si toca marea baja verás la rasa mareal de rocas alineadas, muy parecida a la que puedes ver en el Flysch de Zumaia- Deba en la costa guipuzcoana. Aunque aquí se aprecia a muy pequeña escala.

Mires como lo mires ese puente de piedra que sube zigzagueando por las laderas de la isla hasta la ermita, resulta una visión hipnótica. Y muy fotogénica casi desde cualquier ángulo. Va a ser imposible que no te pares a cada poco para mirar hacia atrás y hacia abajo para disfrutar del espectáculo. Y de paso descansar un rato porque el estrecho camino salpicado de escalones se las trae. Y no es precisamente por la dificultad del ascenso. En verano la cantidad de personas que te cruzas subiendo y bajando resulta sorprendente y hay que ir cediendo el paso.

La misma tarde que visitaba Gaztelugatxe un perro se puso nervioso y se escapó de su dueño. Literalmente lo vi saltar sobre la barandilla de piedra y despeñarse por las rocas. Afortunadamente al asomarnos vimos que, increíblemente, al perro no le había pasado nada grave. Una señora a mi lado miró hacia la capilla en lo alto y en voz murmuró que aquello parecía un milagro.

A izquierda y derecha se extiende la abrupta costa salpicada de rocas. Allí arriba me espera la ermita y allá abajo el mar. Cuando llego a lo más alto sopla una brisa otoñal todavía cálida. La ermita no parece gran cosa arquitectónicamente hablando. Al parecer la primera se levantó aquí en el S. IX. Pero a lo largo de los siglos fue destruida y reconstruida varia veces. Incluso llegó a albergar un pequeño convento, pero los saqueos e incendios provocaron su abandono. Incluso el pirata inglés Francis Drake atacó los restos del convento en 1596. Por eso la ermita que vemos ahora parece tan nueva ya que tras un último incendio fue de nuevo abierta en 1980.

Desde lo más alto este paisaje imponente te hace olvidar la medida del tiempo. La vista se pierde en el horizonte hasta donde se confunden el mar y el cielo. Mirando hacia abajo veo como las olas se estrellan contra las rocas. Es el momento mágico en el que los acantilados empiezan a ser tintados por la luz tenue de un sol que desaparece a lo lejos.

Antes de comenzar el descenso no puedo evitar tocar la campana varias veces. Yo también quiero mi milagro: regresar a San Juan de Gaztelugatxe para sentir de nuevo el vértigo al asomarme a sus acantilados. Para que me zarandee el viento del Cantábrico. Y para que me salpiquen las olas del mar en un día de tormenta. Todo ello mientras cruzo ese puente y subo esa estrecha escalinata que parece querer alcanzar el cielo.

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