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Jemaa el-Fna: exotismo y bullicio para dar y tomar.

La Plaza de Jemaa el-Fna, más que un lugar real, es un auténtico festín para los sentidos. En esta plaza, centro de la Medina de Marrakech, la vida late con intensidad en cada rincón y te asalta en cada esquina. Jemaa el-Fna es el compendio de lo que cualquier extranjero busca en Marruecos: olores intensos, sonidos extraños, exotismo y escenas que nos hacen sentir protagonistas de una película de aventuras.

Vista desde la distancia Marrakech es un sueño de color dorado como la arena del Sahara. Cuando el viento sopla del sureste, la ciudad imperial se cubre de un manto de polvo ocre y seco que difumina la luz y reseca las gargantas. En esos días Marrakech se sumerge en una especie de sopor del que sólo se despierta con el canto del muecín anunciando la caída del sol. Es la misma arena que cargada de fosfatos del Sahara flota atravesando el Atlántico hasta América del Sur para alimentar las selvas tropicales de la Amazonia. Es el ciclo de la muerte y de la vida que trascurre ajeno a las inquietudes humanas desde hace milenios.

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Viajar a Marrakech es como hacerlo a un Marruecos en miniatura encerrado en las calles de su Medina. Desde el olor a especias y hierbas aromáticas de las montañas y los valles profundos del Rif al norte, al sabor a dátiles de los grandes palmerales del sur. De los frescos aires atlánticos de Esauira y Agadir con sabor a sal, a las dunas doradas de Merzouga en la frontera con Argelia. Y a lo lejos, a veces, se vislumbra la nieve en los picos de las montañas más altas de la cordillera del Atlas.

Marrakech huele a cueros recién curtidos y a hierbabuena. Suena a los largos silencios de sus jardines y al aturdidor barullo de Jemaa el Fna. Sabe a tajine y a té de menta, a zumos de naranja recién exprimidos y a merguez. Marrakech es la tranquilidad del sonido del agua brotando de una fuente en el Jardín Majorelle, y el ruidoso caos de las estrechas calles del zoco más grande de todo el Maghreb.

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LLegada a Marrakesh

Aterrizar en el nuevo aeropuerto de Marrakech te adentra directamente en los entresijos de la compleja burocracia marroquí. Puedes pasar 2 horas esperando en largas colas a que te sellen el pasaporte mientras los funcionarios de aduanas miran impertérritos una a una cada hoja de cada pasaporte. Otras veces con suerte este trámite, y sin saber por qué, se puede solventar en unos minutos. Uno más de los misterios de Marruecos.

Para llegar a tu hotel o riad te aconsejo tomar un taxi. Eso sí, lleva un mapa con indicaciones de dónde está ubicado. Verás que en la Medina (el centro histórico) muchas callejuelas son inaccesible en coche y el taxista se puede volver loco buscando la forma de dejarte lo más cerca posible. Esto pasa sobre todo con los riads ubicados en el Zoco y sus cercanías. Por eso mi primer consejo es buscar un hospedaje que esté bien ubicado, pero que tenga un fácil acceso en coche.

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Una vez instalados toca darse una vuelta a pié. Aquí hay que adentrarse sin miedos en una ciudad llena de atractivos, exotismo y una vida en la calle palpitante. Y para empezar fuerte te animo a adentrarte en la Medina. El punto de partida y de llegada por cualquier recorrido por Marrakech no puede ser otro que uno de esos centros del mundo: la Plaza Jemaa el-Fna. Un espacio que deja una huella imborrable en la memoria viajera de cada una de las personas que la visitan.

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La Plaza de Jemaa el-Fna, جامع الفناء

La vida de Marrakech se resume en esta plaza. Aquí tuvieron los almorávides su campamento hace ya más de 10 siglos. Campamento que se fue trasformando en la ciudad de más de un millón y medio de habitantes que vemos hoy. Muy cerca de la plaza actual los almohades levantaron la mezquita sunita de la Kutubía en el S.XII. Su torre-minarete de unos 70 metros, muy similar a la Giralda de Sevilla, es la construcción más alta de la ciudad. El paseo que une la Kutubía con Jemaa el-Fna es uno de los lugares más frecuentados de la Medina por las tardes, y sobre todo los fines de semana. La clave es ir esquivando los coches de paseo a caballo, las avalanchas de paseantes y los reclamos de los vendedores ambulantes.

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Pasarás por aquí una y otra vez para adentrarte en la plaza más famosa de Marruecos. Un lugar que siempre encontrarás diferente, y siempre igual. Jemaa el -Fnaa es una plaza con sus horarios, habitantes y rutinas. A cada hora del día Jemaa el-Fna palpita con ritmos diferentes. Pero siempre con fuerza y de una forma que aquí todo parece más vivo, más real a pesar de lo irreal de algunas escenas.

Jemaa el -Fna es tranquila a primeras horas de la mañana. Luego se comienza a animar a mediodía. Es el momento de encontrar alguno de sus famosos aguadores, un oficio casi desaparecido, y de los domadores de serpientes. También de los puestos de zumos de naranja (imprescindibles) y de una multitud de carritos, motocarros y burros cargados de mercancías que se adentran velozmente por las callejuelas del zoco.

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Por la tarde los bailarines y músicos callejeros ocupan sus lugares estratégicos para atraer la atención de los turistas. Las mujeres que pintan complejas filigranas con jena en la piel de quien pague por ello se sientan en sus pequeñas banquetas. Y los cafés de la plaza comienzan a poblarse de locales (casi todos hombres) y extranjeros.

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El atardecer es el momento mágico del día. Desde la terraza situado en lo más alto del Café de France (imprescindible) podrás escuchar cómo la voz de los muecines llamando a la oración se propaga sobre los tejados de la ciudad. Es el momento en el que el sol tiñe de colores dorados la plaza y la silueta de la torre de la mezquita Kutubía define el perfil en el horizonte. En la plaza el bullicio alcanza su máximo esplendor. Se encienden las luces mientras  los puestos de comida  se ponen a trabajar frenéticamente. El humo de las parrillas y el olor a especias, cordero, harira y cuscus cubre la plaza creando una atmósfera casi irreal. Si visitas Marrakech durante el Ramadán, el jaleo y el bullicio cuando desaparece el sol alcanza cotas dignas de ser vistas y vividas.

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La plaza de Jemaa-el-Fna no está rodeada de edificios monumentales. Tampoco posee una arquitectura que llame la atención por su armonía o belleza. Pero es precisamente esa falta de proporciones y el desorden ecléctico de los edificios que la rodean la que la hacen diferente. Es una plaza abierta, casi sin sombras, que en verano la convierten en un horno. Pero ¿quién sale a pasear a 40º por el centro de Marrakech en plena canícula estival? Bueno, siempre queda caminar por las sombrías callejuelas del zoco o darse un paseo por los jardines de la Palmeraie. O relajarse junto al frescor de alguna fuente en el patio de algún riad.

Como decía Jemaa el-Fna no destaca por su belleza formal. Lo que la hace especial es la gente que casi vive en ella. Todo un plantel de personajes que convierten la plaza en un lugar repleto de estímulos que a veces no es apto para todos los visitantes. En los momentos más intensos, que llegan por oleadas sin saber por qué, burros, motocicletas, danzarines, monos, serpientes, aguadores, vendedores ambulantes y turistas despistados se entremezclan en una marea colorida y bulliciosa.

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Instrucciones básicas para sobrevivir y disfrutar de Jemaa el-Fna

– Visitad varias veces Jemaa el-Fna a diferentes horas del día y de la noche.

– Todos y cada uno de los personajes que pueblan la plaza te pedirán dinero si te paras a mirarlos. No te digo ya tomarles una foto. No te lo tomes a mal. Es su trabajo y su forma de ganarse la vida. Acéptalo, págales una monedas y disfruta del espectáculo tranquilamente. Ellos cantarán, bailarán, saltarán y harán que las cobras dancen para ti. Piensa en qué otro lugar podrías disfrutar de un espectáculo así.

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– Los zumos de naranja recién exprimidos, y el té de menta al atardecer en las terrazas más altas del Café de France son algo imprescindible en tu visita. En los puestos de higos y dátiles no dudes en comprar los de mejor calidad. Aunque son un poco más caros que los normales, son todo un regalo para el paladar.

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– Hace años aquí te asaltaban los «guías» que pegándose a ti con cualquier excusa se empeñaban en seguirte a todas partes para mostrarte el zoco y lo que quisieras. En mis últimas visitas apenas encontré alguno. Supongo que ahora habrá alguna especie de control policial. Si decides que alguno te acompañe te guiarán a donde quieras, pero antes acuerda un precio cerrado para evitar escenas desagradables. Una vez que vas con un «guía» el resto te dejará en paz. Si no quieres complicaciones puedes contratar una visita privada por Marrakech con guía en español.

Además Marrakech es el punto de partida de muchas excursiones organizadas por Marruecos como las que te pueden llevar al desierto de Merzouga, a las cascadas de Ouzoud, a la ciudad costera de Esauira o las puertas del desierto en Ourzazate

– Por la noche aprovechad para disfrutar de la gastronomía local en alguno de los muchos puestos plantados al aire libre en la plaza. Os aseguro una experiencia inolvidable. Para los malpensados he de decir que nunca me he intoxicado comiendo en alguno de estos puestos. Si quieres algo menos callejero la plaza está rodeada de restaurantes donde poder degustar los famosos tajine, los cus-cus, las salchichas mergez y toda la variedad de pinchos de carne habituales en las mesas marroquíes. Y para rematar, pastelitos de almendra y miel para los más golosos. También veréis bares donde poder fumar en sishas, las pipas de agua, acompañadas de tés, cafés y zumos. En muchos sitios no te servirán cerveza o alcohol en la plaza, en otros lugares, sí. Es cuestión de ir preguntando. Tendrás menos problemas en la zona moderna de Marrakech.

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– Recuerda que Jemaa el-Fna es una de las principales vías de acceso al zoco de Marrakech. Te recomiendo vivamente perder cualquier temor y adentrarte por sus callejuelas. Sin duda es una de las zonas más tradicionales, atractivas y sorprendentes de la Medina de Marrakesh. Pero sobre el zoco te hablaré en otro momento.

– Acércate a contemplar el minarete de la mezquita Kutubía desde su base y date un paseo por los jardines. Esta mezquita es una de las mayores de Marruecos pero desgraciadamente su acceso está prohibido a los no musulmanes.

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– Jemaa el-Fna está lleno de turistas. Turistas que son un reclamo para carteristas, timadores y amigos de lo ajeno. Intenta no destacar mucho y no muestres tus Rolex o Cartier de oro, o tu bolso Louis Vuitton como si fuera lo más normal del mundo. En definitiva, no hagas el/la idiota porque aquí la vida es dura y para algunas personas tú no eres más que una billetera andante. Sin embargo en líneas generales se trata con cordialidad a los extranjeros. Y nunca olvides que la gran mayoría de las personas que te vas a cruzar son gente honrada que trabaja muy duro para salir adelante.

De todas formas recuerda que en cualquier viaje un buen Seguro te puede ahorrar preocupaciones y resolver muchos problemas. Así que ni lo dudes cuando viajes a Marruecos. Desde aquí te recomiendo MONDOel seguro de viaje inteligente. Además si lo contratas desde aquí tendrás un 5% de descuento.

–  Encontrarás niños y niñas pidiendo o trabajando de vendedores callejeros. Antes que darles limosna, piénsalo bien. No sabes si están siendo explotados por sus familiares, por mafias locales o simplemente si tienen hambre. Nunca olvidaré la noche que estaba cenando en uno de los puestos de la plaza. A mi lado iba dejando los platos que había utilizado con algunos huesos de pollo y algo de cus-cus. Una niña se sentó a mi lado y sin decir nada empezó a devorar lo poco que había dejado. Pocas veces he sentido una sensación tan fuerte de rabia y pena cuando le pregunté si quería comer algo mientras literalmente roía un hueso de pollo. Entonces sus ojos se abrieron como platos. Su mirada de sorpresa y su sonrisa agradecida fueron uno de los mejores regalos que he tenido en mi vida.

Así es Marrakech. Algunas veces te puede quitar algo. Pero la mayor parte de las veces lo que te devuelve es mucho, mucho más valioso. Todo esto y mucho más lo podrás vivir y disfrutar en Jemaa el-Fna. Pero sólo si viajas con la mente abierta y el alma dispuesta a dar y recibir.

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