El dilema en el que viven los Emberá.

Panamá es un país lleno de sorpresas inesperadas para el visitante. Entre ellas se encuentra la posibilidad de visitar y conocer de primera mano la forma de vida de varias etnias indígenas repartidas por el país como la de los Guna en la región caribeña de Guna Yala o la de los Emberá.

Una de las más importantes es la de los Emberá Wounaan asentados en su mayoría en la provincia del Darién limítrofe con Colombia. Entre los años 60-70 varias familias de esta etnia se trasladaron hacia la cuenca alta del río Chagres estableciéndose en una serie de aldeas como la Tusípono Emberá, Parará Purú o la Emberá Drúa que hoy se pueden visitar.

Mujer Embera

El hecho de convertirse en una zona natural próxima a la Ciudad de Panamá tras su declaración como Parque Nacional en 1984 afectó a su manera tradicional de vida. Las autoridades panameñas les restringieron la caza y ciertos cultivos y a cambio de permitirles quedarse en las áreas protegidas debían permitir el acceso de grupos de turistas… con todas las consecuencias que esto conlleva. Es por eso que después de haber estado en dos comunidades diferentes me ha quedado un regusto un tanto agridulce. Por un lado los Emberá son gente amabilísima que te recibe en sus poblados de una manera tal que se ganaron mi afecto de forma inmediata. Pero por otro lado es imposible no darse cuenta de que las formas de vida tradicionales están siendo amenazadas de manera constante con la llegada diaria de grupos de turistas.

Joven Embera saludando

Hay varias formas de realizar esta visita. Si uno no se quiere complicar la vida y el dinero no resulta un problema, se puede contratar con agencias la excursión de un día para visitar alguna de estas comunidades. Los precios son realmente abusivos, unos 125$ por persona de los que los Emberá apenas verán unos pocos. En caso de que uno sea más aventurero puede preguntar a la Autoridad de Turismo de Panamá (507) 526-7000 cómo llegar al embarcadero de donde parten las lanchas que llevan hasta los poblados Emberá. El servicio de autobuses públicos panameño exige tener paciencia y preguntar mucho, pero se acaba llegando hasta las orillas del Chagres donde suele haber siempre alguna lancha dispuesta a partir. Allí hay que preguntar a alguno de los Emberá si podemos visitar su poblado. Resultan inconfundibles junto a sus largas canoas vestidos apenas con un taparrabos de tela llamado guayuco o con una especie de faldita trenzada y decorada con motivos geométricos. Si realmente quieres profundizar en la experiencia, una vez en el poblado puedes solicitar autorización al jefe o cacique para quedarte unos días.

Guayuco

Todavía recuerdo mi primera visita en plan excursión de grupo a la comunidad Emberá Tusípono. La hice con una agencia ya que no sabía absolutamente nada de la existencia de estos indígenas. No fui muy convencido ya que pensé que me llevaban al típico espectáculo para turistas en el que unos figurantes disfrazados representarían una serie de bailes y actuaciones. El paisaje no era muy alentador con una carretera salpicada de restos de basura y atestada de tiendas, talleres y almacenes de todo tipo. Y todavía menos cuando divisamos una fábrica de cemento que ensombrecía todo el paisaje a su alrededor con una espesa pátina gris de polvo. El viaje hacia el norte de Ciudad de Panamá nos llevó poco más de una hora con una parada en un supermercado para comprar frutas y bebidas (no alcohólicas) para ofrecer a los Emberá. Unos kilómetros más adelante y tras un pasar un control de policía, la carretera terminaba a la orilla del río Chagres, el principal aportador de agua al lago Gatún y por lo tanto al Canal de Panamá. Y es en la otra orilla cubierta de una espesa selva tropical, apenas separados del mundo moderno por el ancho cauce de este río, donde se encuentran los poblados de los indios Emberá.

Joven Embera

En la misma orilla nos esperaban un par de canoas motorizadas y dos hombres jóvenes de piel morena y rostro inexpresivo apenas vestidos con unos taparrabos de tela. Vaya, pensé, esto parece que va en serio. En unos minutos los indígenas subieron todas nuestras provisiones a la canoa y tras indicarnos que nos pusiéramos unos chalecos salvavidas, iniciamos un viaje de unos 20 minutos siguiendo el cauce del río rodeados de una espesa selva. Durante el recorrido vimos algunas chozas dispersas con canoas sobre las orillas donde se paseaban algunas garzas blancas.

Chozas Embera a la orilla del río

Más adelante escuchamos el canto bronco de los tucanes mientras las oscuras anhingas descansaban entre las ramas de unos árboles que parecían caerse al río. De vez en cuando nos cruzábamos con canoas con niños solos atravesando el río a remo, o con grupos de adultos en canoas a motor.

Niña Embera en una canoa

Tras el tráfico y el bullicio de la capital este era un viaje a otro mundo. A un mundo donde la Naturaleza todavía se conservaba casi intacta. La primera parada la hicimos en la orilla de uno de los afluentes del Chagres y desde aquí caminamos esquivando un grupo de minúsculas ranitas siguiendo el cauce de un arroyo hasta llegar a una cascada. Ese fue el momento de darse un baño, refrescarse, chapotear un buen rato, trepar por la cascada y relajarse a la sombra de la vegetación tropical.

En la cascada con los Embera

Embera 25

Embera 26

Tras un buen rato de diversión nos dirigimos de nuevo a la canoa donde embarcamos hacia nuestro destino final: uno de los poblados Emberá repartidos por las orillas del Chagres. El recorrido por el río se puede prolongar durante más de media hora si nos dirigimos al más lejano poblado de los Emberá Drúa, uno de los más grandes de la zona y que tuve la ocasión de conocer en otra visita posterior.

Situado en una lengua de tierra que se adentra en el río, el poblado de los Tusípono está habitado por unas pocas familias que nos dieron la bienvenida con música de tambores y flautas.

Recibimiento de los Embera

Lo más sorprendente fue encontrarnos con una gente sencilla, amable, acogedora y que dentro de sus posibilidades defendía su idiosincrasia de vida a pesar de las oleadas de turistas que como nosotros les invade diariamente. Y sobre todo, que no pusieran ninguna pena a que les retratáramos en sus quehaceres diarios.

Los Embera 1

Los Embera 2

Los Embera 3

El gran temor de los Emberá es perder poco a poco su identidad al tiempo que su vida y sus poblado se convierten en una especie de parque temático. Desgraciadamente la presión del estado panameño y del turismo es demasiado fuerte para ellos. Y todos los que los visitamos contribuimos de cierta forma con nuestra presencia y nuestros dólares a fomentar este proceso de aculturamiento. Los Emberá de todas formas se muestran amabilísimos con los visitantes y son poseedores de una paciencia infinita con todos aquellos que faltos de cualquier sensibilidad los ven como si fueran actores en una feria de pueblo.

Joven Embera 4

Pero ellos viven ahí, esas construcciones sobre troncos y sin paredes interiores son sus casas, esta selva es su hogar y por eso les debemos el máximo respeto a ellos y a su entorno.

El momento era memorable: los niños se bañaban tranquilamente en el río mientras nos saludaban, los mayores se acercaban a recibirnos tocando algunos instrumentos mientras de fondo se escuchaban los ruidos de la selva. Ellos vestidos con su taparrabos o con una faldilla corta y con el pecho cruzado de hilos de cuentas de colores.

Joven Embera 2

Ellas con coloridas faldas y el pecho sólo cubierto con unos collares multicolores a veces decorados con monedas llamados chaquiras. Y muchas mujeres y niñas, además, portaban un hermoso tocado de flores de un intenso color rojo sobre sus cabezas.

Chaquira Embera

La inocente alegría de una niña Embera

Otros mostraban su piel decorada con motivos geométricos a base de un tinte negro que extraen de la semilla de un árbol llamado jaguá. Sin duda nosotros parecíamos un grupo de extraterrestres visitando un nuevo planeta, eso sí, en son de paz.

Mujer Embera con pinturas de jagua

Lentamente nos adentramos en el poblado de chozas construidas sobre pilotes de madera y cubiertas con una techumbre de hojas secas. Tras reunirnos en la casa comunal el jefe de la comunidad llamado Antonio nos contó quiénes son los Emberá, de donde vienen y cómo viven mientras respondía a nuestras preguntas. Así nos enteramos de sus esfuerzos por mantener su estilo de vida íntimamente ligado a la Naturaleza mientras resisten como pueden los embates del mundo “civilizado”.

Antonio, jefe de los Embera Tusipono

Después de darnos a conocer algunos de los rasgos de la cultura Emberá, Antonio, jefe del poblado, parece reflejar con su gesto la impotencia de saber que la influencia del mundo occidental está acabando con su modo tradicional de vida.

Como nos explicó, el gobierno panameño sólo les ha permitido permanecer en estas tierras a cambio de abandonar la mayoría de sus actividades tradicionales para convertirse en un foco de atracción turística. Por lo tanto los Emberá viven de vender a los turistas sus productos de artesanía: máscaras, pulseras, collares y otros objetos decorativos que nos mostraba una joven a su lado.

Mujer Embera mostrando su artesanía

A pesar de ello intentan conservar sus modos tradicionales de vida, su lengua y sus costumbres pues siguen cazando y cultivando la tierra para su consumo personal. Sin duda todo esto tiene un mérito enorme teniendo en cuenta que a una hora de viaje se encuentra una de las mayores ciudades de Centroamérica. La verdad es que daban ganas de ponerse un taparrabos guayuco y quedarse a vivir con los Emberá.

Mujeres Embera preparando la comida

A un lado algunas mujeres se aplicaban en la preparación de la comida a base de pescado y plátano frito al tiempo que cortaban la fruta que nosotros habíamos llevado colocando todo sobre grandes hojas verdes de banano a modo de bandeja. Todo era sencillo, todo transcurría de manera fluida mientras un rato después comíamos sentados en unas pequeñas bancadas de madera.

Mientras tanto los niños jugaban sonrientes a nuestro alrededor y la apacible vida del poblado parecía seguir su ritmo.

Niña Embera 2

Niños embera 3

Mientras accedían con una sonrisa a hacerles fotografías las mujeres nos mostraron sus trabajos de artesanía. Sus máscaras y canastas están tejidas de manera exquisita con hojas de palma. Y además de collares, pulseras, platos o tallas de madera, realizan pequeñas esculturas sobre todo de animales en las marfileñas semillas de suave textura de un árbol llamado tagua. Y por una vez no vi a nadie regatear el precio de sus compras. Las máscaras que compré ese día decoran desde entonces la pared que tengo delante de mi ordenador.

Artesanía emberá

Tras la comida se ofrecieron (por 1$) a pintarnos sobre la piel algún dibujo geométrico con la tintura oscura extraída del jaguá. Casi todos los Emberá llevan dibujados sobre su cuerpo este tipo de diseños lineales que realizan con gran habilidad. Pero cuidado si te quieres pintar la cara ya que el tinte permanece durante al menos un par de semanas y es a prueba de lavados. Sin duda tu regreso a la oficina puede ser muy llamativo.

Pintando con jagua

Por la tarde llegó el momento de las danzas tradicionales ejecutadas por las mujeres al tiempo que entonaban algunas canciones en su lengua. Mientras tanto los hombres acompañaban el baile tocando sus instrumentos musicales.

Danza Embera 2Danza de las mujeres Embera Drua 3

La música Emberá es sencilla como su vida y las mujeres bailan en fila siguiendo un círculo imaginario. Los colores de sus faldas se combinaban con sus grandes collares de cuentas en un movimiento rítmico continuo de vaivén que resultaba casi hipnótico. Al final nos invitaron a bailar con ellos para compartir esos momentos.

Danza de las mujeres Embera Drua

Danza de las mujeres Embera Drua 2

Danza Embera 1

Mujeres bailando en la aldea de los Emberá Drúa

Uno llega a pensar que esto debe ser el “summum” de la vida relajada y tranquila en armonía con la Naturaleza. Y mientras volvíamos a las canoas para regresar al mundo “civilizado” acompañados por casi todos los habitantes del poblado me invadió un extraño desasosiego: no podía evitar pensar que me despedía de un mundo condenado de desaparecer.

Mujeres Embera 2

Las canoas nos esperan

Intentar no interferir ni influir en su día a día es una utopía. La rutina de las visitas acaba afectando a su manera de ver el mundo y muchos jóvenes que se van de los poblados para estudiar, ya no vuelven.

Mujeres Embera 3

Los mayores intentan mantener su cultura y su idiosincrasia contra viento y marea, pero el crecimiento económico de Panamá en los últimos años trae continuados y arrolladores vientos de cambio. Los Emberá del Chagres están demasiado cerca de los rascacielos y los malls de la ciudad de Panamá como para no verse afectados en su pedacito de selva.

Música Embera

Inmerso en esos pensamientos decidí regresar, quizás a otro poblado para visitar a esta gente que en todo momento fue atención y amabilidad, incluso a la hora de fotografiarlos en sus quehaceres diarios. Y así lo hice, esta vez a los Embera Drúa y con unos años de diferencia para comprobar que a pesar de todo los Emberá siguen haciendo su vida, la música sigue sonando y los niños siguen sonriendo con su mirada. Y que sea así por mucho tiempo.

Embera frente al Chagres

Las fotografías que ilustran este artículo están tomadas en dos poblados, el Emberá Tusípono y el Emberá Drúa. Desde aquí agradezco la acogida y amabilidad de sus habitantes.

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Recomendaciones prácticas:

  • Llevar cámara fotográfica y de vídeo (mejor resistente al agua)
  • Gorra o sombrero
  • Protector solar
  • Ropa cómoda
  • Bañador y toalla
  • Sandalias mejor que zapatillas
  • Finalmente, recuerda que un buen Seguro de Viajes te puede ahorrar preocupaciones y resolver muchos problemas. Así que ni lo dudes. Desde aquí te recomiendo MONDOel seguro de viaje inteligente para viajeros inteligentes.

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Y sobre todo ir cargados de mucho respeto y sonrisas.

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