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Chernóbil: lugares prohibidos

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Estoy en Pripyat, la ciudad más cercana a la central nuclear de Chernóbil. Estoy en uno de los muchos lugares cuyo acceso está prohibido. Se supone que no debo estar aquí, en este edificio donde la radiación permanecerá durante muchos miles de años. El momento que relato sucedió hace un año durante la conmemoración del 30 aniversario de la explosión en la central nuclear de Chernóbil en Ucrania. Fue el mayor accidente nuclear de la historia, más grave que el reciente de Fukushima en Japón. Cinco millones de personas se vieron afectadas por la nube radiactiva desprendida del reactor 4 tras el accidente. Y pudo ser mucho peor. Esta es la continuación del artículo que publiqué por aquellas fechas: 30 años después la vida sigue en Chernóbil. En aquel momento me comprometí con la agencia que nos había invitado a no publicar durante un tiempo prudencial imágenes de los lugares en los que no deberíamos haber estado. Hoy he decidido sacarlas a la luz.

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Al entrar en la Zona de Exclusión firmas un papel asegurando que no entrarás en ningún edificio público o privado de la ciudad de Pripyat. O al menos eso es lo que nos dice el guía con el que viajo junto a 2 periodistas. Sin embargo muchas de esas construcciones son las que mejor definen el estado de abandono y desolación de este lugar. Son los lugares que mejor relatan lo que aquí se vivió, y los que ofrecen imágenes y escenas que no perdurarán en el tiempo. Al fin y al cabo son imágenes de un lugar que va desapareciendo, de una historia que se va borrando entre polvo radiactivo, paredes desconchadas y techos que se hunden. La ciudad de Pripyat, antaño modelo ideal de urbanismo de la era soviética, es ahora una ciudad fantasma. Si alguien quiere imaginar un mundo post-apocalíptico en el que desaparece la especie humana, debe venir aquí.

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Si queréis saber que sucedió en la central de Chernóbil contado por testigos presenciales, y donde se narran los esfuerzos de casi medio millón de “liquidadores” que lograron paliar el desastre arriesgando su salud y sus vidas, podéis ver este vídeo de Discovery Channel:

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Entre cristales, escombros y polvo radiactivo

Regreso al principio. Nos encontramos en el interior del hospital de Pripyat al que fueron llevados los primeros bomberos que intentaron apagar el incendio del reactor 4. Todos morirían unos días más tarde debido a la intensa radiación. Nuestro guía nos dice que andemos con mucho cuidado. Entramos por una cristalera rota de la entrada y nos detenemos en lo que era la recepción. En uno de los mostradores todavía quedan restos de ropa de aquellos momentos de confusión. Al acercar el contador Geiger los pitidos de aviso de radiación se disparan y en la pantalla aparece una cifra que no habíamos visto hasta ahora: 67,56 microsievert (μSv/hour). Para haceros una idea esto es entre 10 y 20 veces más de la radiación a la que están expuestos los pasajeros de un avión que vuela a unos 12.000 m. de altura. El resto del hospital es una sucesión de pasillos oscuros con suelos cubiertos de cascotes, hierros retorcidos y cristales rotos.

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Pripyat está situada apenas a un par de kilómetros de la central nuclear de Chernóbil. Tras la explosión la radiación que emanaba del reactor cayó de lleno sobre la ciudad y sus habitantes. La confusión inicial, el desconocimiento de lo que estaba pasando y el secretismo de las autoridades soviéticas se conjuraron para no evacuar a la población hasta un día más tarde. Pripyat se vació en unas horas de sus 45.000 habitantes. Hasta hoy y para siempre.

Nuestra visita había comenzado en un lugar casi desconocido, a varios Km. de la central nuclear: en las instalaciones militares soviéticas del radar DUGA 1. Me quedé sin palabras cuando recorrimos las kilométricas instalaciones de esta antigua base secreta. El DUGA, un radar de más de 300 metros de largo era, y es, una gigantesca mole de hierro, cables y acero levantada para el seguimiento de los misiles balísticos cargados con ojivas nucleares. Sus necesidades de energía eran tan brutales que necesitaba una central nuclear para alimentarlo. De ahí su cercanía a la central de Chernóbil. Hoy todo está abandonado, destruido, oxidado…Entrar en DUGA 1 es adentrarse de lleno en las ruinas de la Guerra Fría.

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Esta base se puede visitar con un permiso especial. Como el que es necesario obtener para entrar en la Zona de Exclusión formada por 3 círculos concéntricos de unos 30 km. alrededor de la central nuclear. Durante la visita recorrimos Chernóbil, la ciudad que da nombre a la central y que todavía está habitada. También alguno de los pueblos abandonados que no fueron destruidos y enterrados bajo capas de tierra. Entramos en una de las guarderías contaminadas de las afueras de Pripyat, y hasta comimos en las propias instalaciones de la central nuclear. Hoy el sarcófago del reactor 4 ya está sellado con una nueva estructura metálica. Construida en forma de gigantesco hangar, intenta aislar el núcleo del reactor y la posible fuga de radiación durante los próximos 100 años. Después ya se verá. En el momento de nuestra visita la vieja estructura de hormigón que cubría el reactor todavía era visible. Nunca más la volveremos a ver así, pues hace unos meses se instaló definitivamente la nueva cubierta sobre el viejo sarcófago..

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En la ciudad fantasma

Tras pasar el 3er y último control militar entramos en Pripyat, la ciudad fantasma. Estamos solos recorriendo las grandes avenidas cubiertas de una vegetación que poco a poco se apodera de todo. La Naturaleza retoma lo que el ser humano le ha quitado. Frondosos árboles tapan las fachadas de edificios de más de 10 plantas. El asfalto apenas se ve cubierto por la hojarasca y los arbustos. Dar un mal paso supone caer en el hueco de una alcantarilla apenas visible. Siempre hay que caminar con los ojos bien abiertos y el contador geiger encendido. Sin saber por qué, la contaminación nuclear afecta a unas zonas, pero no a las situadas a un par de metros.

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Es inevitable sentir escalofríos en muchos de los lugares por los que pasamos. Hacemos la visita caminando y recorremos la Avenida Lenin rodeados de árboles teñidos de verde amarillento. Es el color inicial de la primavera. Visitamos el campo de fútbol, las plazas principales de la ciudad y las ruinas del parque de atracciones que estaba a punto de inaugurarse. Todo esto se hace en una visita normal. Pero lo siguiente, no.

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Tras comprobar que no hay nadie a la vista entramos en el el Palacio de la Cultura. Nos adentramos secretamente en esta gran edificación de estilo soviético que se viene abajo poco a poco. El suelo aparece revestido de los mosaicos que decoraban las paredes, las paredes están desconchadas y las baldosas rotas se entremezclan con hierros y cristales. De su teatro ha desaparecido todo lo que podía ser útil a los saqueadores y el techo se cae a trozos. Sólo tres butacas permanecen ancladas en su sitio como testigos mudos de la catástrofe que les rodea. En el polideportivo cubierto apenas si se distingue ya su cancha de deportes.

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A este paso en unos años no merecerá la pena visitar Pripyat porque ya no quedará nada que visitar. La Escuela número 1 se vino abajo hace unos años al igual que lo harán muchos de los edificios que rodeamos con prudencia. Saltándonos de nuevo las prohibiciones entramos en un colegio donde miles de máscaras anti gas están desparramadas por el suelo. Los rusos habían previsto usarlas en caso de ataque norteamericano. Nunca pensaron que el accidente nuclear lo provocarían ellos mismos. Por otra parte las máscaras anti gas no sirven para nada en los casos de contaminación nuclear. Una señal más de lo absurdo de muchas de las decisiones que se tomaron en aquella época. El polvo que cubre las máscaras, las instalaciones en ruinas, los libros desparramados, el silencio en los pasillos, el herrumbroso polideportivo… Este lugar me pone los pelos de punta.

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A la salida pasamos por la piscina olímpica de Pripyat. Desde luego vivir en esta ciudad era un auténtico lujo hasta para los estándares occidentales de la época. Ahora la piscina permanece vacía, cubierta de escombros, con sus grandes cristaleras rotas y con su reloj parado para siempre.

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Seguimos solos. Acabamos deteniéndonos ante uno de los edificios de apartamentos más altos de la ciudad. La siguiente parada es allá arriba, en la azotea, para admirar una vista general de Pripyat, de la central nuclear y de los bosques que cubren la Zona de Exclusión. Subimos por unas escaleras en perfecto estado. Los ascensores rotos y oxidados siguen encajados en sus huecos. Cuando alcanzamos la azotea el sol parece querer asomarse entre las nubes para iluminar una escena que las autoridades se empeñan que no veamos. La estructura metálica que cubrirá el sarcófago del reactor 4 brilla tras las torres de apartamentos. Desde aquí me doy cuenta de que la central nuclear está realmente muy cerca. A nuestro alrededor sólo se ve un escenario de edificios vacíos y de calles silenciosas. De pronto me doy cuenta de que Pripyat es el lugar ideal para rodar una película de zombies. Descendemos los 14 pisos entrando en algunos de los apartamentos. Todavía se pueden ver algunas cocinas oxidadas, las habitaciones decoradas con papel pintado, las ventanas todavía con los cristales intactos. Aparte de esto, casi todo lo demás ha desaparecido.

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En Pripyat uno se da cuenta de la fuerza de la Naturaleza. Y de que la VIDA con mayúsculas sigue a pesar de los esfuerzos del ser humano por terminar con ella. Evidentemente todo ser vivo está afectado por la contaminación nuclear asentada en el suelo alrededor de la central. Pero cuando vi los brotes de las hojas en los árboles, las flores que asomaban entre las ruinas y la vegetación que invadía el hormigón no pude evitar pensar en las ciudades mayas comidas por la selva. O en las ruinas de Angkor. Un día Pripyat acabará desapareciendo aunque los niveles de radiación permanecerán durante miles de años. Aún así las primaveras seguirán llegando a Chernóbil.

Imágenes como las que publico aquí son lo único que quedará de esta ciudad. Apenas el recuerdo de una de las mayores catástrofes civiles del S.XX, cuando el hombre jugaba a ser Dios con la energía nuclear. Si nos empeñamos en ocultar sus consecuencias puede que un día se olvide lo que pasó aquí. Si olvidamos el sufrimiento de los centenares de miles de personas que se vieron afectadas directa e indirectamente por el accidente no habrá servido absolutamente para nada.

No olvidemos nunca

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