Voy caminando y de pronto me veo rodeado de maikos, tiendas artesanales de alfarería y puestos de comida. Esquivo veloces ricksaws con chicas vestidas de coloridos yukatas que me saludan sonrientes.
El gran torii bermellón surge de entre la neblina en un día lluvioso y gris de primavera. Plantado en el mar a 200 metros del santuario de Itsukushima se ha convertido en uno de los símbolos más reconocibles no sólo de la isla de Miyajima sino de todo Japón.
Me ha costado mucho tiempo decidirme a escribir este artículo, pero Hiroshima y los miles de víctimas civiles de la primera bomba atómica lo merecen. No es fácil expresar con palabras el HORROR, así, con mayúsculas.
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