El horror atómico nació en Hiroshima.

Me ha costado mucho tiempo decidirme a escribir este artículo, pero Hiroshima y los miles de víctimas civiles de la primera bomba atómica lo merecen. No es fácil expresar con palabras el HORROR, así, con mayúsculas.

El HORROR que también contemplé en lugares como el Yad Vashem, el Museo de la Memoria del Holocausto de Jerusalén. Y es que la condición humana es capaz de lo mejor y de lo peor. Por eso son necesarios estos lugares –Mauthausen, el Memorial Choeung Ek y tantos otros- donde se conserva la memoria de lo que somos capaces de hacernos a nosotros mismos. Porque ante tanto dolor no debe haber lugar para el olvido.

He vuelto al Museo Memorial de la Paz de Hiroshima para recorrer los mismos pasillos, espantarme con las mismas imágenes y sentir hasta nauseas como lo hice ya hace algunos años. Y no es este un ejercicio de masoquismo, sino el regreso a un escenario que debe ser recordado y dado a conocer para evitar que algo similar suceda de nuevo.

Parque Memorial de la Paz de Hiroshima

Ayudando a los supervivientes

Mientras contemplaba de nuevo las consecuencias de uno de los mayores asesinatos instantáneos en masa me reafirmaba en lo que siempre he pensado: no hay excusas. Los norteamericanos siempre han defendido el uso de la bomba atómica para acabar cuanto antes con la guerra. Es cierto que la invasión del territorio japonés hubiera supuesto la muerte de miles de soldados norteamericanos, pero… ¿por qué no se tiró una primera bomba en el mar cerca de la costa como advertencia? Y luego otra más cerca. Seguramente Japón se hubiera rendido de igual manera. Pero la inversión de recursos en la creación de la bomba atómica había sido tan enorme que había que ensayar sus efectos sobre una ciudad para comprobar si los efectos destructores se correspondían con el esfuerzo realizado.

Por eso las autoridades norteamericanas valoraron siempre un objetivo civil. E Hiroshima tuvo la desgracia de ser la elegida porque ese día, el 6 de agosto de 1945, era la que ofrecía mejores condiciones climatológicas. Y sobre todo porque no existía ningún campo de prisioneros aliados cerca.

El Enola Gay Air and Space Museum Washington DC

El Enola Gay totalmente restaurado se expone en un hangar del Centro Steven F. Udvar-Hazy perteneciente al Air&Space Museum del Smithsonian Institute, ubicado muy cerca del Aeropuerto de Washington DC.

La tripulación del Enola Gay, el bombardero B-29 Superfortress modificado para lanzar la 1ª bomba atómica llamada Little Boy, hizo su trabajo y decenas de miles de vidas se volatilizaron al instante. Tres días después otra bomba atómica, Fat Boy, fue lanzada sobre Nagasaki. Y seis días después Japón se rendía poniendo  fin a la II Guerra Mundial.

Hoy las imágenes de aquella masacre siguen golpeando el alma como un martillo al rojo vivo desde las paredes del Museo Memorial de la Paz. Se calcula que en un primer momento la bomba mató a unas 80.000 personas. Pero el goteo de víctimas debido a las quemaduras, las deformaciones y la radiación continuó durante décadas.

Hiroshima no es una ciudad bonita. Reconstruida desde sus cimientos tras su devastación no ofrece especiales atractivos a no ser la visita al Memorial de la Paz y a la cercana isla de Miyajima. En esta ocasión viajé a Hiroshima en poco más de un par de horas de trayecto desde Kyoto en el Shinkansen.

David Esteban nos acompañaba a mí y a un pequeño grupo de viajeros de Nihon Travel en este día gris y lluvioso de primavera. A la salida de la estación JR de Hiroshima David nos condujo hasta el tranvía con dirección a Miyajima-guchi. Tras unos 10 minutos nos estamos bajando en la parada “Genbaku Domu-mae” ubicada junto al Parque Memorial de la Paz.

Hiroshima Station

Llueve sobre Hiroshima. Mejor dicho, diluvia. El cielo está cubierto de nubes oscuras y por las aceras corren ríos de agua. Apenas si puedo fotografiar el edificio en ruinas de lo que fue el Pabellón para la Promoción Industrial de la Prefectura de Hiroshima y única edificación preservada en la ciudad para recordar el bombardeo. La bomba explosionó a unos 600m. sobre la vertical de la llamada Cúpula Genbaku y su estructura fue la única que resistió a la devastación posterior. Hoy lo que cae sobre el viejo edificio es una lluvia incesante.

Genbaku dome

Chapoteando entre los charcos nos refugiamos en la entrada del Museo. David nos da unas indicaciones y nos recomienda alquilar las audio guías (300 Yenes) con explicaciones en español de los diferentes puntos clave señalados con su correspondiente número. Tras pagar los 50 Yenes de la entrada cada uno se sumergirá por su cuenta en las diferentes salas de este Museo recordatorio de lo que no debería volver a suceder jamás.

La primera parte del Museo, el Edificio Este, está destinado a explicar cómo era Hiroshima antes de la guerra. En esta gran sala presidida por una reproducción de la Cúpula Genbaku, vídeos y fotografías relatan la vida tranquila de una pequeña y floreciente ciudad de provincias.

Edificio este Museo de la Paz 1

Hasta que se desata la II Guerra Mundial e Hiroshima y sus habitantes terminan casi borrados de la faz de la Tierra. En los video-teatros, uno en japonés y otro en inglés, se pueden ver dos documentales: “Hiroshima. La oración de una madre” y otro titulado “Hiroshima y Nagasaki. La cosecha de la guerra nuclear”. Son sólo una muestra de lo que viene a continuación.

Un reloj detenido a las 08:15 muestra la hora exacta en la que todos los fuegos del infierno nuclear se desataron sobre Hiroshima. El minuto en el que la Humanidad perdió para siempre una parte fundamental de su inocencia, el instante en el que comenzó la era atómica.

reloj parado a las 8 y cuarto

Dos grandes maquetas en las que se ve el área de Nakajima muestran el antes y el después de la explosión. Como años atrás la primera vez que estuve aquí, un escalofrío recorre mi espalda al pensar que ahora mismo estoy en lo que fue el hipocentro del estallido de la bomba.

El centro de Hiroshima antes del estallido de la bomba atómica

En una pared lateral una sucesión de fotografías en blanco y negro muestran en una panorámica lo que quedó del área central de Hiroshima: ruinas y devastación.

Un poco más adelante se relata cómo los USA desarrollaron la bomba atómica dentro del conocido como Proyecto Manhattan. La segunda planta de este edificio está dedicada a explicar la carrera nuclear y cómo poco a poco las grandes potencias han ido reduciendo sus arsenales. En este proceso la ciudad de Hiroshima y sus habitantes se han volcado durante décadas en recordar el mensaje de la importancia de no volver a repetir el error.

Aquí se encuentra la tienda del Museo. Lo más interesante es su colección de libros que recogen testimonios, estudios e imágenes de todo lo relacionado con la explosión y sus consecuencias. Lo que más me impresionó fueron los dibujos de este libro que intenta explicar a los niños el apocalipsis vivido aquel día.

Libros sobre la bomba atómica

Un largo pasillo conduce hasta el Edificio Principal. Aquí se encuentran depositadas las pertenencias de gente que ya no está, de personas que sufrieron el bombardeo y dejaron aquí una muestra de su dolor inmenso, inaprensible. Los efectos y las consecuencias posteriores aparecen ya a la vuelta de la esquina. Las fotografías del hongo atómico:

Sucesión de fotografías del hongo atómico

Las primeras imágenes captadas por un fotógrafo de un grupo de supervivientes. También restos materiales que muestran el poder destructivo de la bomba atómica; otro reloj, uniformes deshilachados y quemados, fotografías de personas carbonizadas todavía vivas…¡Qué dolor tan indescriptible!

Supervivientes en Hiroshima

Un diorama con figuras fantasmales vagando medio muertas entre un paisaje apocalíptico:

Escenario apocalípticoVíctima casi carbonizada

En el centro de la sala otra gran maqueta de la ciudad con una bola roja suspendida encima indica el punto exacto de la explosión. Un silencio angustioso se hace entre los visitantes. Escucho los terribles testimonios que oigo a través de la audio guía y que encuentro exagerados y hasta escabrosos. No hacen falta más detalles, lo estoy viendo: las quemaduras, las deformidades, la carne derretida…

El hipocentro de la explosión

En una pared está suspendida una réplica de la bomba atómica que destrozó Hiroshima y debajo hay un plano detallado. Little Boy, con sus casi tres metros de largo, sus 50 kilos de uranio-235 y sus cuatro toneladas de peso, desató una potencia energética equivalente a la explosión de 16.000 toneladas de explosivos de alta potencia.

Little Boy, reproducción a tamaño real

Se calcula que en el hipocentro de la explosión se alcanzó un millón de grados Centígrados y la consecuente ola de calor fue tan brutal que literalmente volatilizó a objetos y personas. Frente a mí hay una escalinata donde se adivina la huella impresa en las piedras de una persona que estaba allí sentada. Sólo queda eso, su sombra.

Escaleras del Banco Sumitomo con huella de persona desintegrada

En las vitrinas se exponen más restos de objetos deformados por el calor. Objetos tan resistentes como botellas de cristal o cuencos de porcelana que tampoco soportaron las altísimas temperaturas. El resto son jirones de ropa y útiles casi irreconocibles medio carbonizados.

Porcelana casi fundida por el calor

Protegidos tras unos cristales entre cascotes y más restos destrozados, un triciclo y un pequeño casco, los de un niño de 3 años al que alcanzó la explosión montando su triciclo. El pequeño murió la misma noche de la explosión y su padre lo enterró en su jardín junto al triciclo. Y allí estuvieron durante 40 años hasta que su padre, ya anciano, decidió enterrar los restos de su hijo en la tumba familiar y donar el triciclo y el casco al Museo. Viendo como quedaron no quiero imaginar el estado en que sobrevivió el pobre niño durante esas terribles horas.

Triciclo y casco de un niño de 3 años

A los daños producidos por el calor hay que añadir los de la onda expansiva que destrozó todo en varios kilómetros a la redonda. La presión de miles de atmósferas lanzó el aire hacia arriba creando el hongo nuclear mientras en el suelo personas y edificios quedaban literalmente  aplastados.

La extensión y daños de la onda expansiva

Todos esos restos cayeron poco después sobre la devastada Hiroshima en forma de lluvia radiactiva. Las consecuencias a largo plazo sobre los supervivientes y sus descendientes se prolongaron durante décadas. El caso más conocido es el de una niña llamada Sadako, todo un símbolo en Japón, que durante años luchó por su vida contra la leucemia provocada por la radiación. Sadako creía en la vieja leyenda de que haciendo mil grullas de papel los dioses le concederían el deseo de salvarse. Y fue así como durante su enfermedad se dedicó a crear pequeñas figuritas aladas de papel. Sadako consiguió terminar 644 grullas mientras estaba ingresada en el hospital antes de morir y fueron sus compañeros de colegio los que terminaron las que faltaban. Sadako, tras su lucha llena de esperanza, se convirtió en un símbolo de las miles de víctimas afectadas por la radiación.

Grullas de papel de Sadako

Frente a mí y tras una cúpula de cristal veo algunas de esas delicadas figurillas en papel de colores elaboradas por Sadako. Cada una es un ejemplo de la fuerza y tesón de una niña de tan sólo 12 años condenada a morir.

La radiación acabó en pocos días con miles de supervivientes que estuvieron a menos de un kilómetro de la explosión. A las quemaduras se sumaron las nauseas, las hemorragias internas, la pérdida del cabello, la debilidad general. Durante años en los hospitales atendieron a personas con los llamados queloides, excrecencias del cuerpo que se desarrollaban de forma desmedida y muy dolorosa. Luego aparecieron los diferentes tipos de cáncer, sobre todo la leucemia, que han sido una plaga para los supervivientes.

Queloides en el cuerpo de una mujer

Parece que tras todo lo visto es imposible seguir describiendo el horror vivido en Hiroshima. Pero al final del Museo se exponen una serie de dibujos realizados por supervivientes. Es tal la fuerza expresiva de algunos que te trasportan a las calles ardientes donde los supervivientes vagan  como zombis, a los hospitales desbordados de quemados y amputados… en una palabra, al infierno.

El infierno en Hiroshima

A finales de 1945 los efectos combinados de la explosión, el calor y la radiación se habían cobrado la vida de unas 140.000 personas. Las consecuencias de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki todavía perduran. Ojalá que algo así no se vuelva a repetir jamás.

El HORROR…

Rezando por las víctimas en el Parque Memorial de la Paz