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El Mall de Washington, un espacio para la democracia.

Washington DC nació con un diseño visionario influenciado por la corriente estética neoclásica imperante en la Europa del XVIII evocando la fuerza de una nación emergente. Es la ciudad guardiana de los tesoros de la identidad nacional de los USA y de su corto aunque convulso pasado y no menos agitado presente.

Los atractivos de la capital de los Estados unidos son muchos y sólo se conocen cuando recorres sus calles, parques, memoriales y museos. Os llevo a conocer un poco mejor una de esas “cocinas del mundo” donde se elaboran las estrategias que rigen los destinos del mundo. Un lugar donde se mezclan  ingredientes como la política, el dinero, los intereses de las multinacionales y, sobre todo, el poder en estado puro.

Este es el lugar donde se mezclan intereses, estrategias, decisiones, acuerdos, diplomacia y autoritarismo para crear una serie de menús que todos nosotros nos veremos obligados a probar queramos o no. Esta es la esencia que flota e invade muchos de los rincones de este distrito-capital. Porque Washington es más que una ciudad, pero menos que un estado. Un lugar creado ex profeso para albergar las instituciones del gobierno norteamericano en 1790.

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El entonces flamante primer presidente de los USA, George Washington decidió que un ingeniero francés, Pierre L´Enfant, diseñara una capital grandiosa que se pudiera comparar con cualquiera de las existentes en Europa. Fue así como a orillas del río Potomac se comenzó a construir la que sería la capital de los recién independizados Estados Unidos de América. Desde entonces han pasado poco más de 200 años y Washington se ha convertido además de en capital de los USA, en todo un símbolo de poder mundial. Es la nueva Roma. E igual que esta antigua capital tiene su Foro Imperial representado por los edificios y monumentos que rodean el National Mall: La Casa Blanca, el Capitolio, el Memorial a Lincoln y los Memoriales a Jefferson y Roosevelt. Y en el centro de este gigantesco lugar, el enorme obelisco de 185 m. de altura del Monumento a G. Washington.

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Dentro de este área sacrosanta cargada de simbolismo y poder se encuentran museos, oficinas estatales, memoriales, archivos y otros edificios públicos donde se respira la sensación de vivir en un lugar único. Un lugar donde se respiran las esencias del Poder con mayúsculas. Aunque es inevitable sentir también cómo sobrevuela el espectro de la decadencia a la que tarde o temprano se ve abocado todo imperio, potencia o forma de gobierno. El gran número de “homeless”, vagabundos, deambulando por sus calles y parques resulta sorprendente en un lugar como este.

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Washington puede ser vista desde múltiples perspectivas que nos harán entender mejor la forma de pensar y de sentir de esta nación. Los grandes espacios del Mall fueron ideados no sólo para asombrar sino para facilitar al pueblo norteamericano su derecho a reunirse y para manifestarse públicamente en democracia. Y los edificios que lo rodean son los lugares donde ese pueblo deposita sus poderes: el ejecutivo en la Casa Blanca, el legislativo en el Capitolio y el judicial en la Corte Suprema. Son construcciones poderosas y sólidas en donde lo que de verdad importa no es su atractivo formal sino su significado profundo. Más allá de las transformaciones en el pensamiento y las costumbres, de las ideas y de los políticos que aquí toman las decisiones que rigen el destino de muchos, sobrevuela todavía el espíritu de algunos grandes hombres que de verdad creyeron en las ideas de igualdad, libertad y justicia.

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Aterrizamos en Washington: primeras impresiones

Washington puede ser vista desde múltiples perspectivas. Una de las mejores formas de tener una opinión propia se consigue recorriendo esos espacios ceremoniales. Lugares llenos de simbolismo donde los norteamericanos se reunieron para escuchar las palabras de Martin Luther King. O para despedir a Kennedy tras su asesinato. También para recibir a los primeros astronautas que pisaron la luna. O para manifestarse contra la guerra de Vietnam. Acontecimientos que directa o indirectamente han afectado a la Historia de la Humanidad desde la 2ª mitad del S.XX. Washington nos espera con sus grandezas y sus miserias, con sus contrastes entre ricos vecindarios donde brilla el lujo y la ostentación y barrios donde la miseria y la violencia campan a su antojo y donde adentrarse significa jugarse el tipo. El color de la piel importa y no es lo mismo vivir en las zonas residenciales de Virginia y Maryland de población blanca que en el anillo urbano de la capital de mayoría negra. Por eso aquí todos, funcionarios, trabajadores, burócratas, políticos e inmigrantes tienen la sensación de compartir unos espacios comunes cada vez más compartimentados étnicamente.

Una vez que dejo atrás el aeropuerto de Dulles con sus controles de seguridad y sus pasillos eternos recorro la autopista que conduce hacia el centro de la capital. Por fin aparece a lo lejos la cúpula iluminada del Capitolio y luego el obelisco que sobresale de entre las copas de los árboles. De tanto ver esos espacios en infinidad de películas, parece que llego a un lugar ya conocido y familiar al igual que sucede cuando uno llega a Nueva York o San Francisco. Familias, grupos de escolares y turistas invaden los paseos y jardines del Mall que es el epicentro de la capital en este atardecer tranquilo. Aquí y allá descubro cámaras de vigilancia y coches de policía aparcados discretamente por calles y esquinas. Supongo que junto a otros muchos vehículos camuflados conforman una red de miles de ojos que nos observan a todos. Es una sensación extraña, la de ser literalmente espiado, que me acompaña siempre cuando vengo a Washington. Pues a lo dicho hay que sumar los vigilantes, los agentes de seguridad, los policías de diversos cuerpos, los arcos detectores de metales y las revisiones de bolsas y mochilas en edificios públicos y museos. Lo mejor es no dejarse llevar por la paranoia persecutoria e intentar disfrutar de las maravillas que atesora esta ciudad. Es evidente que el residente de la Casa Blanca tiene algo de responsabilidad en esta obsesión por la seguridad.

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Washington es una ciudad para conocer a pié. Aunque llega a hacerse realmente duro caminar durante horas de monumento en memorial y de museo en museo. Por eso es de lo más normal ver a mucha gente arrastrando los pies por las grandes avenidas ajardinadas del Mall tras horas de intensa paliza. O descansando en escalinatas y jardines mientras planean la siguiente visita. Por supuesto existe la posibilidad de recorrer la capital en alguno de los autobuses y “trolleys” turísticos que recorren los principales hitos de la ciudad. Otros como el “Circulator” cuenta con tres líneas diferentes que además de recorrer el centro nos pueden acercar hasta la cercana Georgetown. Además existe una magnífica red de metro y autobuses públicos que nos llevarán allá donde nuestros sufridos pies no puedan. Y es que hay un montón de cosas que ver en Washington. Pero lo mejor de todo es que casi todas son gratuitas.

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The Mall. Los museos de la Smithsonian Institution

Tras dedicar una mañana a visitar el Capitolio y darme una vuelta por el cercano Jardín Botánico, me encuentro ya en The Mall. Sus largas avenidas flanqueadas de árboles y sus amplios espacios verdes sirven de separación a las edificaciones situadas a ambos de sus extremos. Muchos de estos grandes edificios de diferentes estilos albergan los museos pertenecientes a la Smitdonian Institution. Su historia es todo un ejemplo de filantropía que sorprende por su magnitud y por la riqueza material y humanística de sus fondos. La Smithsonian se compone de 14 instalaciones repartidas por Washington DC conformando una de las mayores colecciones museísticas del mundo. Nueve de los museos se encuentran en el Mall entre el edificio del Capitolio y el Monumento a Washington y lo mejor de todo, es que la entrada es libre y gratuita.

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The Museum of the American Indian

Dejando atrás el Capitolio, el primer museo que me encuentro es el Museum of the American Indian. Como suponéis está dedicado a resguardar la memoria y el acerbo cultural de las poblaciones indígenas de Norteamérica masacradas durante los S.XVIII y XIX y excluidas de la sociedad hasta el día de hoy. Si tenéis la oportunidad de visitar alguna vez una reserva india entenderéis perfectamente los conceptos de “reserva” y “exclusión”. El museo es una muestra un tanto decepcionante donde imperan los vacíos a pesar de la riqueza etnográfica y arqueológica de los objetos expuestos. Quizás lo más interesante de este moderno edificio sea la colección de fotografías de época, así como de trajes y vestimentas que apenas nos llevará recorrer un par de horas.

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El National  Air&Space Museum

Con la decepción escrita en la cara salgo de nuevo al Mall para dirigirme hacia el museo más popular y visitado de los Estados Unidos: el National Air&Space Museum. ¡Qué diferencia! Aquí todo es bullicio, animación y frenéticas carreras de niños y mayores moviéndose de una sala a la otra, de exhibición en exhibición mientras oímos a cada paso continuas exclamaciones de asombro. Nada más entrar, las chamuscadas cápsulas espaciales de Apolos y Saturnos así como los aviones colgados del techo, me dejan con la boca abierta.

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Aquí se encuentra reunida la historia de la Aviación desde sus inicios: los hermanos Wright, el Spirit of St. Louis de C. Lindbergh, los aviones de la II Guerra Mundial, los primeros reactores para vuelos trasatlánticos de pasajeros… Hasta llegar a la cápsula del Apolo 11, ya sabéis, “Houston, tenemos un problema…”. Recorro asombrado la zona dedicada a naves espaciales, satélites y misiles, porque resulta impactante el enorme tamaño de lo que el hombre está enviando al espacio desde hace décadas. Naves, cohetes y satélites que ya me sorprendieron en su momento cuando visité el Kennedy Space Center de Cabo Cañaveral en Florida.

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Sin duda este es un museo imprescindible. Un lugar donde las horas se os pasarán volando pues además cuenta con un Planetario, una sala con simuladores de vuelo y un cine IMAX donde ponen películas espectaculares continuamente. No os perdáis su tienda llena de artículos exclusivos donde encontrareis ese regalo especial para sobrinitos exigentes. El Air&Space Museum tiene cerca del aeropuerto Dulles una extensión en varios hangares llamado el Steven E.Udvar-Hazy Center. Allí se encuentran aviones como un Concorde, el B-29 Enola Gay, el avión que lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima restaurado después de 40 años, o la lanzadera espacial Enterprise. El problema es que llegar hasta allí puede costar un dineral en taxi o un quebradero de cabeza en coche pero es una visita imprescindible si eres un loco todo este mundillo.

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La National Art Gallery o f Art

Estoy de nuevo en el Mall y tras este atracón de tecnología quizás os apetezca cambiar radicalmente de ambiente. Para ello no hay más que dirigirse hacia ese edificio que vemos enfrente de estilo revival griego clásico y que es la National Gallery of Art. En realidad este es un museo fundado por orden del Congreso de los USA en 1937 al aceptar la donación de la colección privada de otro filántropo llamado A.W. Mellon y por lo tanto no pertenece a la Smithsonian. En 1999 el museo inauguró una sección de escultura moderna y contemporánea al aire libre en un jardín adyacente, el Sculpture Garden, haciendo su colección más accesible si cabe poniéndola literalmente a pie de calle.

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Lo más destacable de la National Gallery of Art es su colección de pintura europea. Aquí descubriréis una interesante selección de obras de arte que partiendo de la pintura italiana del Renacimiento pasa por pintores flamencos del XVI como Rubens o Van Dick, la escuela holandesa del S.XVII con pinturas de Vermeer, pintores españoles como El Greco y Goya, pintura francesa del XVIII y llega hasta la pintura inglesa del XIX con Turner. Para quien guste también tiene una sección de pintura norteamericana desde la época colonial, por cierto muy dada a los retratos. Y no podía faltar algunas obras de impresionistas europeos como Van Gogh.

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El National Museum of Natural History

A estas alturas los pies estarán echando humo, y esto no acaba más que  empezar. El siguiente asalto museístico lo dirigiremos contra otra de las joyas de la corona de la Smithsonian: el National Museum of Natural History. Como museo de ciencias de la Naturaleza su colección de más de 120 millones de objetos está dedicada a facilitar la comprensión de nuestro entorno natural. Y también de la forma en la que el ser humano interactúa con el medio que le rodea y sus consecuencias de una manera muy didáctica. Aunque no es tan grande como los de Nueva York o Londres, este museo condensa de una forma más accesible y eficaz parte de los conocimientos que tenemos sobre el entorno físico de nuestro planeta. Además de las formas de vida que se han desarrollado a lo largo de su historia conocida. Las maravillas del Mundo están esperando a ser descubiertas bajo la cúpula central de este edificio de estilo neoclásico. Es este un lugar para asombrarse y volver a ser niño otra vez, para dejarnos llevar por la curiosidad y la sorpresa. Lo peor del museo son las hordas de escolares que recorren sus salas y sus exposiciones cada día. Su ruidosa presencia apenas deja al visitante ocasional observar con atención las magníficas colecciones que atesoran estos muros.

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De las 18 salas de exhibición las más reseñables son la de Mineralogía, que es quizás la más sorprendente del museo por su variedad, colorido y preciosismo; y la de Paleontología dedicada a la evolución de la vida en la Tierra y al estudio de las especies animales. Dejaros asombrar por el deslumbrante colorido y las maravillosas y perfectas formas geométricas de los minerales que aquí se exponen. También las gemas preciosas y los diamantes están representadas de una manera destacada con el Hope Diamond, uno de los mayores diamantes conocidos. Además aquí se encuentra la mayor colección de meteoritos del Mundo.

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Este museo es una invitación a buscar la esencia, el sentido y el porqué de la vida.  Además de hacernos recapacitar sobre la inmensa pequeñez del ser humano cuando lo colocamos en una escala universal. Nos obliga a pensar en lo que la Naturaleza nos ha legado y en lo que dejaremos tras nuestro paso a generaciones venideras.

De nuevo en la calle disfruto de un día soleado y del aire de tranquilidad que se respira en el Mall. Mientras tanto los grupos de escolares siguen corriendo de un museo a otro, descansan bajo la sombra de los árboles o esperan el autobús sentados en cualquier escalinata. La Smithsonian Institution mantiene una larga colección de museos pero considero que los comentados son los más interesantes. Aún así, si todavía no tenéis suficiente, encontraréis una detallada lista en la web http://www.gosmithsonian.com/ con un breve resumen informativo de lo que os podéis encontrar en cada uno. Yo creo que los dejaré para los largos y fríos días del invierno cuando lo que se agradece es estar bajo techo y calentito. Ahora mismo el día está soleado y la buena temperatura me invita a pasear poniendo  rumbo hacia la Casa Blanca.

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Por el National Mall hacia la Casa Blanca

Con el obelisco como punto de referencia dejo atrás los edificios de ladrillo rojizo del Museum of Arts and Industries y la sede de la Smithsonian en “the Castle”Por fin llego a la pequeña colina alfombrada de césped sobre la que se eleva el Washington Monument. Este enorme obelisco de mármol y granito blanco es la construcción más alta de la ciudad con sus casi 170 m. de altura. Si os apetece subir hasta el mirador localizado en su cúspide tendréis que madrugar para conseguir un ticket. A las 7:30 de la mañana ya hay una larga fila de ansiosos turistas madrugadores en la caseta de venta de billetes para poder subir en el ascensor. A las 8:00 abre la taquilla y a las 10 ya está vendido el cupo para todo el día.

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La diferencia del color de la piedra se debe a que durante 20 años no hubo dinero para terminar su construcción, hecho que no sorprende vista la enormidad de su tamaño desde cerca. Si consigues subir, un ascensor te llevará hasta el mirador ubicado en el interior de la cúspide. Una vez allí el espacio es muy reducido y tendrás que tener paciencia para poder tomar alguna fotografía desde los ventanucos (con cristales bastante sucios) que se asoman a cada uno de los puntos cardinales. Las vistas son magníficas. A tus pies se extiende todo Washington con su arquitectura monumental, el río Potomac y parte del estado de Virginia.

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Ya de nuevo en tierra firme giro hacia el Norte. Y ahí está, semi-oculta por la arboleda y protegida por altas vallas, policías, cámaras, fuerzas de seguridad y todo lo que nos podamos imaginar, The White House, la Casa Blanca. La residencia del Presidente de los USA y su familia desde hace 200 años ha sufrido diversos cambios desde que G. Washington reservó el terreno para construir la residencia oficial de los presidentes del nuevo país. Irónicamente Washington fue el único presidente que nunca vivió en la Casa Blanca que por entonces no era blanca.

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Recién terminada, la residencia presidencial fue quemada en 1814 por los ingleses en una nueva guerra contra la antigua metrópoli. Tras su reconstrucción fue pintada, entonces sí, de blanco. El Ala Oeste fue añadida por Roosevelt y el Ala Este donde se encuentra el Despacho Oval en 1942. Para visitar sus decorados salones, recorrer los pasillos donde cuelgan los retratos de antiguos presidentes y visitar el Despacho Oval para sentaros a charlar un ratito con el Presidente basta acercarse a una de las puertas de la verja metálica, llamar al policía que anda por allí y anunciarse enseñando el pasaporte. Así de fácil.

Si a estas alturas os lo habéis creído es que precisáis de ayuda psicológica de forma urgente. Las visitas guiadas, vigiladas, supervisadas y controladas están super-limitadas. Hay que solicitarlas con meses de antelación, pedir un pase especial a través de un congresista y esperar varios meses a que te llamen para darte una hora y un día y no importa que ese sea el día y la hora de tu boda, o el de tu operación a corazón abierto. Si no vas, te lo pierdes. Es tu problema. Una vez superado estos sencillos trámites no puedes entrar a la Casa Blanca con nada que no sea tu hermoso cuerpo y la ropa que lleves puesta. La larga lista de objetos prohibidos no da opciones empezando por cualquier tipo de bolsa, bolso de mano o mochila, comida, cámaras, tabaco, bolígrafos… Y si llegáis hasta este punto casi como Dios os trajo al Mundo, superáis todas las pruebas y pasáis todos los controles, arcos detectores de metales, cacheos e inspecciones varias… puede pasar que en el último momento la visita se cancele sin previo aviso. Un absurdo total. Si aún así sois unos mitómanos empedernidos y tenéis necesidad de ver o vislumbrar algo del interior de la residencia presidencial, os aconsejo acercaros al Centro de Visitantes de la Casa Blanca, The White House Visitor Center sito en el 1450 de la Pennsylvania Avenue NW donde hay algunas exhibiciones, objetos y vídeos que saciarán vuestra necesidad de conocimientos.

Ya que el interior de la Casa Blanca parece vedado, me dedico a dar una vuelta por los alrededores como cualquiera de los millones de visitantes que hasta aquí se acercan a lo largo del año. Si venimos desde el Obelisco subimos por la 15th Street hasta llegar al enorme edificio del Tesoro, el Treasure Building. Tenemos que seguir avanzando hasta la siguiente calle peatonal que es la prolongación de la Pennsylvania Avenue. Luego girar a la izquierda donde nos encontraremos a centenares de personas arrimados a la valla de la Casa Blanca para sacarse una foto. También hay gente manifestándose, muchos policías… en fin, un ambiente curioso que suele ser bastante relajado a no ser que haya algún acontecimiento especial.

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El Parque Lafayette situado justo detrás contribuye a dar esta sensación de tranquilidad con sus frondosos árboles y sus esculturas. Podemos terminar de dar la vuelta a la manzana rodeando el enorme edificio de la Eisenhower Executive Office y bajar por la 17th Street para acercarnos a la valla de los jardines de la Casa Blanca por la puerta sur oeste. Desde aquí se tiene otra de esas conocidas  vistas de la ciudad tan repetidas en muchas películas.

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A partir de aquí el Mall se prolonga en una serie de memoriales. Cada uno de ellos, dedicado a un presidente o a los caídos en guerras como las de Vietnam, despierta fuertes sentimientos entre muchos de los que se acercan hasta aquí. Pero esto os lo enseñaré en el siguiente artículo dedicado a los memoriales de Washington DC.

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