Los Afar, un pueblo forjado por la dureza del desierto.

Más allá de volcanes y los paisajes surrealistas de la Depresión del Danakil, lo que más me marcó de este viaje por esta zona del noreste de Etiopía  fue conocer al pueblo Afar. Viven en uno de los entornos más duros, áridos y hostiles del planeta. Y, aun así, lo hacen con una dignidad y una fortaleza admirables.

Afar del Danakil

familia Afar

hombre Afar

Los Afar no solo sobreviven en un entorno extremo; pertenecen a él. Habitan principalmente en el noreste de Etiopía, así como en partes de Eritrea y Djibouti. En la Depresión del Danakil la Tierra muestra su lado más primitivo e inhóspito, un lugar que desafía cualquier idea convencional de habitabilidad. Este es el lugar que los Afar, uno de los pueblos más fascinantes y resilientes del planeta, han convertido en su hogar.

Con temperaturas que pueden superar los 50 °C, volcanes activos, lagos de ácido sulfúrico, extensiones infinitas de sal y una humedad casi inexistente, el Danakil no es solo uno de los sitios más calurosos del mundo: es un laboratorio geológico vivo y, al mismo tiempo, un territorio donde se comprueba una vez más la resistencia del ser humano.

Dallol

Danakil

Desde hace siglos, los Afar han desarrollado una relación íntima con el paisaje, entendiendo sus ritmos, peligros y oportunidades. Tradicionalmente nómadas o seminómadas, su modo de vida gira en torno al pastoreo de camellos y cabras, animales perfectamente adaptados a las condiciones del desierto. El movimiento constante es una estrategia de supervivencia: buscar las fuentes de agua, los pastos escasos y seguir las rutas históricas.

Esta movilidad ha moldeado su identidad. Para los Afar, el territorio no tiene fronteras. Cada sendero tiene una historia, cada volcán un significado y cada pozo de agua un valor incalculable.

rebaño Afar

Costumbres marcadas por la dignidad y el honor

La sociedad afar se estructura en clanes y linajes, con un fuerte sentido del honor, la hospitalidad y el respeto. Además, han ido incorporando a su cultura costumbres y tradiciones orales transmitidas durante generaciones. La palabra dada tiene un valor profundo, y la cohesión del grupo es esencial para sobrevivir en un entorno tan implacable. La hospitalidad, incluso hacia el extranjero, es una obligación moral.

Mayormente musulmanes, los Afar combinan su fe islámica con una profunda conexión con la naturaleza. Esta visión del mundo ha permitido a los Afar mantener un equilibrio delicado con su entorno, entendiendo que la supervivencia se logra entendiendo la naturaleza que les rodea.

hombre Afar con sus camellos

Mientras recorres el Danakil te vas cruzando con asentamientos de los afar dispersos en medio de un mar de nada. Solo polvo y piedras, sin una mísera sombra, sin un mísero arbusto. ¿Cómo es posible que esta gente viva aquí? No me extraña que los Afar sean conocidos por su carácter difícil y su trato un tanto rudo. Sobrevivir en este entorno te exige ser duro y resistente como una piedra. Algo que aquí aprendes desde la más tierna infancia.

Cuando ves a esos niños caminando descalzos entre el polvo y la suciedad, a más de 40ºC, rodeados de cabras y malviviendo en chozas de ramas, te das cuenta de que hay sitios durísimos para venir al mundo… Y uno de ellos es el Danakil.

poblado afar

La sal: el oro blanco de los Afar

La mayoría de los Afar son pastores seminómadas, pero muchos siguen trabajando en la extracción y comercio tradicional de sal. Y este es uno de los elementos más emblemáticos de la cultura afar. En las vastas planicies salinas del Danakil y, sobre todo en los lagos salados del Dallol, generaciones de hombres han trabajado cortando bloques rectangulares de sal llamados amolé.

extraccion de sal Afar

Desde que atardece hasta que amanece, decenas de hombres trabajan toda la noche en unas condiciones extrayendo bloques de sal con la única ayuda de sus hachas y de sus manos. Un trabajo que se sigue haciendo igual que hace siglos. Estos bloques de sal fueron durante siglos una forma de moneda en Etiopía y hoy sigue siendo una importante fuente de ingresos.

A cada hombre se le pide que extraiga unos 100 bloques de amolé, que se pagan a 0,22 centimos de Euro cada uno. 22 Euros cada noche, trabajando 20 noches al mes y dejándose la piel y la salud por 400 Euros al mes. Y luego nos quejamos.

salar Dallol Afar

Hasta hace pocos años los bloques de sal eran cargados en carvanas de camellos creando escenas dignas de un gran reportaje fotográfico. Esta era una de las imágenes más poderosas del África ancestral. Hoy la sal se carga en camiones para su transporte hasta una factoría donde se procesa cerca de Addis Abeba.

Aún así, ver a estos hombres salpicados de salmuera rompiendo los bloques de sal con sus hachas y trabajando en plena oscuridad con la única ayuda de una linterna frontal, es algo que nos pone en nuestro sitio. Y nos hace ver lo privilegiados que somos.

hombre Afar en salar Dallol

Lo que el mundo moderno puede aprender de los Afar

Compartir una mirada, un saludo o una sonrisa con los Afar, en un lugar donde todo es extremo y casi siempre se vive al límite, te hace replantearte muchas cosas sobre lo que realmente necesitamos para vivir. Entrar en la intimidad de sus chozas es una lección para todos los que vivimos en un mundo materialista en el que nos sobra de todo, pero en el que nos falta mucho. Porque las cosas más importantes de la vida, no son precisamente «cosas».

Afar nomadas

familia Afar y nomadismo

mujer afar de verde

joven afar

joven afar tejiendo palma

Los rostros de las personas mayores  reflejan con total crudeza la dureza de una vida pasada en el desierto. Rostros que te miran casi sin verte, porque sus ojos quemados por el sol, el polvo y el salitre, están nublados por cataratas, casi ciegos.

generaciones de familia afar

anciano afar

Y ya no digo nada de las mujeres que se ven obligadas a vivir casi ocultas por la particular interpretación del islam respecto a su papel en la sociedad. Además de tener que parir sin ningún tipo de ayuda médica y dar de mamar a sus hijos en un entorno donde todo es hostil.

retrato a mujer afar

madre Afar

madre Afar con velo rojo

Mientras en nuestra sociedad a los niños se les protege de todo, aquí los niños van solos a todas partes desde que aprenden a caminar, descalzos. Beben agua de charcos, comen lo que les sobra a los mayores, y viven entre el polvo, las moscas y un calor abrasador sin ninguna protección.

afar girl

Caminan kilómetros a pie por el desierto siguiendo a sus familias y a sus rebaños. Y, si son muy pequeños, se les sube a los camellos con todo el sol del desierto cayéndoles sobre la cabeza durante jornadas interminables. Juegan con piedras y botellas de plástico y no tienen absolutamente nada. Pero mientras en nuestras opulentas sociedades cada vez hay más niños deprimidos, aquí no paran de sonreír y de jugar.

afar boys

smiling afar girl

Conocer al pueblo afar es mirar de frente una verdad incómoda y fascinante a la vez: el ser humano no necesita dominar el entorno para vivir en él, sino comprenderlo para adaptarse a sus exigencias. En un planeta cada vez más acelerado y desconectado de la naturaleza, los Afar nos recuerdan que la resistencia y el conocimiento nacen de la adaptación constante y del respeto por el lugar que habitamos.

Aunque viendo la cantidad de basura y botellas de plástico que invaden cada rincón del Danakil, me pregunto si los Afar también están perdiendo ese respeto por la tierra que habitan.

En el corazón ardiente del Danakil, donde muchos solo ven un infierno geológico (yo incluido), los Afar han construido un hogar, una cultura y una identidad que desafían cualquier límite. Y quizás, al observarlos con atención, podamos aprender algo sobre nuestro propio futuro como humanidad.

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