¡Qué hermosa que estás Lisboa!

Cuando te visité por primera vez hace ya muchos años eras una vieja dama decadente sumida en el sueño del olvido. Casi nadie pensaba en ti. La verdad es que por entonces no mostrabas tu mejor aspecto. Tus edificios con fachadas de azulejos desconchados parecía que se iban a venir abajo en cualquier momento.

Los grandes almacenes de tus muelles portuarios, antaño repletos de mercancías coloniales, aparecían abandonados. Tus aceras empedradas mostraban baches y agujeros. Los adictos a la heroína campaban a sus anchas y subir a pié hasta el Castillo de San Jorge era toda una aventura de riesgo. Nunca como entonces fue tan difícil pasear por tus estrechas rúas, ni subir las cuestas de Alfama o el Barrio Alto.

Por eso me alegro de haber regresado y ver cómo estás cambiando, de cómo estás recuperando tu pasado esplendor. Aunque para eso haya tenido que caminar entre vallas, zanjas y andamios. Al menos pareces viva, alejada de la oscura melancolía que te paralizó durante tantos años. Las fachadas de la Plaza del Comercio lucen limpias y blancas, así como el Arco de Rua Augusta. Tus típicas aceras empedradas vuelven a lucir planas y limpias. Sí, y la vida ha vuelto a tus calles. Familias, grupos de amigos, universitarios y muchos, muchos turistas se pierden por las estrechas callejuelas que retrepan por tus colinas, compran en tus tiendas renovadas y vuelven a llenar los restaurantes.

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Eres otra Lisboa y sigues siendo la misma. Porque hay cosas que no han cambiado. Como esos viejos cafés coloniales o las tiendas de ultramarinos donde se exponen al aire libre los diferentes tipos de bacalao. Ese olor de bacalao salado me trae recuerdos de infancia y de mis primeros viajes a Portugal. Tampoco han cambiado los menús de tus restaurantes tradicionales donde siguen reinando los petiscos, las sardinas, la sopa alentejana, los diferentes platos de bacalao o el arroz de mariscos. Pero ahora tu oferta gastronómica se ha ampliado con nuevas propuestas. Hoy es obligatorio acercarse hasta espacios como el Time Out Market cerca del Cais do Sodré. O al más exclusivo Palacio Chiado, para descubrir una renovada oferta gastronómica de carácter más ecléctico e internacional.

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Sin embargo ahí siguen esos locales de siempre, como A Ginjinha que lleva abierto más de un siglo al lado del Teatro Nacional. Cuando paso ante su puerta no puedo dejar de tomar una copita de este licor de cerezas que popularizó un emigrante gallego hace ya más de un siglo. El mismo que hacía mi abuelo en su casa donde nunca faltaba una botella llena de cerezas macerándose en aguardiente. Y también sigue abierta la Confeitaria Nacional en donde continúan sirviendo los pasteles de siempre en su planta alta con vistas a la la Praça da Figueira; o el Café A Brasileira en la Rúa Garrett donde el aroma a café lo sigue inundando todo.

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Es esa combinación de lo viejo y lo nuevo, además de la renovación que saca a relucir los brillos a tus antiguas joyas, lo que hace que tu atractivo sea de nuevo irresistible. Lisboa, son tus momentos sutiles, casi indefinidos, los que van dejando una huella indeleble en el alma. Como la luz de un atardecer a orillas del Tajo en la Ribeira das Naus. O tomando un vinho verde asomado a las murallas del Castillo de San Jorge. Momentos como disfrutar de la hora azul desde el Mirador de Portas do Sol sobrevolando con la mirada los tejados del barrio de Alfama. O degustar un día sí y otro también esa delicia única que son los pasteles de Belém en la pastelería donde se crearon junto al Monasterio de Los Jerónimos. Allí siguen ofreciendo ese manjar único de receta secreta, inigualables, tal cual desde 1837.

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Lisboa, estás cada día más lejos de esa imagen de saudade tristona que te invadió durante tantos años. Te muestras alegre, y hasta los fados que se escuchan en los bares de Alfama y el Barrio Alto suenan más como sonido de fondo turístico que cómo lamento de amores imposibles, penas y melancolías sin fin. Lo que sigue sonando muy auténtico y real son tus viejos tranvías que suben y bajan por tus calles adoquinadas de cuestas imposibles. Qué bien has hecho Lisboa en conservarlos. Otro signo de que los tiempos cambian: los tuk tuk que recorren todos los rincones de la ciudad. Y además son eléctricos, bien hecho.

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Pero no todo es tan maravilloso. Los precios se han disparado y somos los visitantes los que estamos financiando el nuevo brillo de tus museos, monumentos y calles. Aunque hasta cierto punto también es justo. Lo necesitabas.

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Camino por la Baixa buscando la maravillosa fachada de la estación de tren de Rossio. De su viejo interior ya no queda nada. Sin embargo el que no ha cambiado es el elevador de Santa Justa con sus largas colas de turistas dispuestos a esperar y pagar 5 Euros por unos metros de subida. Yo prefiero subir por la Rua do Carmo a pie y girar a la derecha hasta encontrar las ruinas del Convento do Carmo destruido en el terremoto de 1755 que asoló la ciudad. Desde aquí se accede a la parte alta del elevador y a su mirador pagando 1,5€. Aunque no me cabe duda de que las vistas de Lisboa desde este lugar no tienen precio. Si no tienes tiempo y quieres subir a alguno de los miradores de Lisboa, ha de ser este.

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Aunque viendo las murallas árabes del Castillo de San Jorge que se encuentran justo enfrente me entra la duda de si las vistas desde sus torreones y parapetos son todavía mejores. Desde este lugar estratégico Lisboa se muestra cercana y lejana al mismo tiempo. Aunque se puede acceder a pié por las calles de Alfama, os aconsejo subir en tranvía y hacer la bajada caminando. Pasaréis por delante de la fachada románica de la Sé de Lisboa con su aspecto de fortaleza militar. Y seguiréis ascendiendo entre las calles en cuesta y las reviradas curvas de uno de los barrios más tradicionales y con más carácter de Lisboa. Alfama es fado, pequeños restaurantes, tiendas de barrio, viejos edificios donde se tiende la ropa a secar en las ventanas… y vida.

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Sí, hay que pagar entrada para acceder al Castillo de San Jorge. Pero os olvidaréis de ello en cuanto os asoméis a sus jardines y subáis a lo alto de sus murallas. Os aconsejo la visita a últimas horas de la tarde para disfrutar de otro de esos atardeceres inolvidables de Lisboa. Bajando será inevitable que paréis en el mirador de Portas do Sol. Porque hay tantas Lisboas como miradores: todas son diferentes, pero todas son la misma.

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Las vistas desde el otro lado de la ciudad, desde el mirador de San Pedro de Alcántara en el Barrio Alto, muestran otra cara de esa Lisboa que se muestra más elegante. Merece la pena llegar hasta aquí callejeando por las estrechas calles que se encuentran tras la estación de Rossío hacia la Iglesia de San Roque. Los nuevos restaurantes y locales de diseño se entremezclan con los viejos edificios en renovación y las plazas recoletas. También podéis llegar usando el elevador de Gloria que sube hasta aquí con parsimonia secular desde la Plaza de los Restauradores en la Baixa. Y así desde 1885.

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Lisboa late muy viva en todas sus calles. Y si no acercaros por la noche a la “Calle Rosa” en la Rúa Nova de Carvalho. Todavía late por aquí cierto ambiente canalla en una combinación de locales de striptease, discotecas abiertas hasta el amanecer, terrazas callejeras, bares de moda y locales de cuidado diseño. No os perdáis la decoración ni el ambiente de la Pensão Amor con acceso desde la Rúa do Alecrim.

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Belém, Belém…

Me alejo del centro para acercarme a Belém. Cada vez que paso cerca del Puente 25 de Abril me resulta inevitable pensar en el Golden Gate de San Francisco. Mientras conduzco veo que los viejos muelles y almacenes de carga a orillas del Tajo se están reconvirtiendo en museos, restaurantes y locales comerciales: el K Urban Beach, The Docks, el Museo Fundación Oriente… Más adelante acaba de abrir el MAAT, el Museo de Arte, Arquitectura y Tecnología, con su estructura blanca abovedada y su techo-mirador desde donde se reúne la gente a ver el atardecer sobre el Tajo. Es la nueva Lisboa que avanza ocupando espacios tantos años abandonados.

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Pero si voy a Belém es sobre todo por 4 poderosas razones:

1ª.- Volver a coger tortícolis mirando las decoraciones de la Iglesia y el Monasterio de los Jerónimos. Esta maravilla arquitectónica es la obra cumbre del estilo manuelino, y aunque seas una persona indiferente a la belleza y al arte, algo en tu interior va a vibrar cuando levantes lo visites. Levanta la vista y asómbrate ante esa fachada de blanco casi inmaculado decorado con los relieves del arco de entrada. Y admira su claustro decorado en cada rincón; y las nervaduras góticas del techo; y las finas y elegantes columnas que se abren como palmeras sustentando las bóvedas de la iglesia.

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Observa la luz que entra por los rosetones y vidrieras de la iglesia iluminando de forma tenue las tumbas del navegante Vasco de Gama y del poeta Luis de Camões. Estás en la obra cumbre del arte gótico y renacentista portugués y hoy, 5 siglos después de iniciarse su construcción, sigue resultando admirable. Sólo por esto merece la pena viajar a Lisboa. Eso sí, has de estar bien temprano para evitar las colas interminables de turistas. O visitarlo después de comer cuando las excursiones de autobuses en masa se dirigen hacia otros destinos.

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Iglesia de Los Jerónimos 1.lisboa_9058.

2ª Mi objetivo se encuentra justo al lado del Monasterio, en la Rúa Belém. Si llegas pronto no tendrás que esperar mucho para llevarte el tesoro de los tesoros de la repostería portuguesa. Estoy hablando de los Pastéis de Belém que se elaboran artesanalmente en esta confitería desde 1837. Tengo que deciros desde ya que nunca, en ningún otro lugar del Universo, probaréis unos pastéis de Belém como estos que para eso son los originales. Evita las largas colas para comprarlos y entra en sus amplios locales para sentarte en una mesa. Los camareros te traerán todos los que puedas comerte, templados, crujientes, cremosos, dorados, únicos…O como dicen aquí: estaladiços, cremosos e quentinhos. Los encontraréis en cualquier pastelería de Portugal como “pastéis de nata“, pero ni de lejos se acercan a esta maravilla de Belém. Sólo de pensar en ellos me dan ganas de tomar el primer avión para Lisboa.

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3ª.- Justo frente al Monasterio y a orillas del Tajo se levanta el Monumento a los Descubrimientos. Esta vez la gigantesca escultura en forma de carabela está rodeada de andamios. Ya tengo justificación para volver. Aún así puedo fotografiar la figura principal dedicada a Enrique el Navegante. No dejes de admirar la Rosa de los Vientos de 50 metros de diámetro que se encuentra a sus pies con sus motivos decorativos y las rutas de navegación portuguesas señaladas en su planisferio de 14 metros.

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4ª.- Tras unos minutos de caminata junto al Tajo se llega a otro de los símbolos de Lisboa y de Portugal: la Torre de Belém. En esta torre puso el rey Manuel I todo su empeño en aunar lo práctico y lo bello. Ya que había que construir un lugar para recaudar los impuestos de todos los tesoros que llegaban a Lisboa del imperio portugués de ultramar, por qué no hacerlo también bonito. Y ahí está, desde principios del S. XVI, la blanca y elegante torre de estilo manuelino adentrándose en el Tajo para no pasar desapercibida. Como los impuestos eran los impuestos y había que defenderlos, se le añadió un baluarte artillado con cañones conformando el elegante conjunto que ha llegado casi intacto hasta hoy. Si quieres visitarlo por dentro y sentirte recaudador de impuestos puedes ahorrar algo de dinero comprando una entrada conjunta del Monasterio de los Jerónimos y la Torre de Belém. Este es otro de los lugares preferidos de lisboetas y turistas para disfrutar del atardecer. Os lo recomiendo 100%.

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Después de unos días en Lisboa me queda mucho por ver. Por lo tanto no tengo una, sino muchas excusas para volver. Cuando toca despedirme me acerco a las playas cercanas a Estoril: Bafureira, Santo Amaro y mi preferida, Carcavelos, con el Forte de São Julião da Barra destacándose en la entrada al estuario del Tajo. Me siento en una de sus terrazas mientras dejo que el sol invernal me caliente y el olor a iodo y salitre del Atlántico me invada. Entonces un pensamiento reincidente vuelve a mi mente. Un pensamiento que no va a ningún lado pero que me asalta desde que llegué: no puedo dejar de pensar cuánto se equivocó Felipe II al no instalar en Lisboa la capital de su Monarquía. Quizás la Historia hubiera sido diferente, pero Lisboa entonces no sería la misma.

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Lisboa, amiga, prometo volver para seguir conociéndote.

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