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Las piedras de Jerusalén.

Llegué a Jerusalén y toqué las viejas piedras del Templo de Salomón en el Muro de las Lamentaciones; acaricié la desgastada losa de la Piedra de la Unción en el Santo Sepulcro; y me acerqué hasta las paredes de la Cúpula de la Roca adornadas con exquisitos azulejos… Pero no sentí nada.

Ninguna emoción a no ser la propia de encontrarme en un lugar único cargado de Historia. Nada que no fuera la intensa expectación de quien recorre lugares ya conocidos rememorando experiencias vividas y buscando cambios esperanzadores. Sin embargo no sentí ningún fervor religioso, ninguna exaltación de fe, ni un mínimo rayo de iluminación espiritual. No descendió sobre mí ningún luz divina, ni escuché la voz de ningún profeta susurrándome al oído. Tal vez porque ni lo busco ni lo necesito.

Recorrí la Vía Dolorosa por donde dicen que Jesucristo arrastró la cruz hasta el Gólgota, donde hoy se encuentra la iglesia del Santo Sepulcro. Observé el vaivén de los judíos orando ante lo que queda del Templo de Salomón que guardaba en su interior el Arca de la Alianza. Y caminé alrededor de la Cúpula de la Roca bajo cuya protección se encuentra la piedra desde la que los musulmanes creen que Alá subió a los cielos. Pero lo único que sentí fue el peso de la Historia concentrada en este lugar como en ningún otro sobre la faz de la Tierra.

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Siempre me ha resultado curioso el hecho de que en un lugar tan pequeño se concentre la fe de cientos de millones de creyentes de las 3 principales religiones monoteístas. Y que en una mañana sea posible visitar los tres lugares más sagrados para muchos de ellos. Lugares por los que se ha batallado durante siglos y se sigue batallando en la actualidad. La fe mueve montañas y ha arrastrado en su defensa a la muerte de millares de sus creyentes. Musulmanes, judíos y cristianos sienten este lugar como propio, con un sentimiento que trasciende épocas, siglos e imperios. Hay una fuerza en este lugar que ha arrastrado a generaciones hacia un torbellino de enfrentamientos, luchas, invasiones, cruzadas, guerras e intifadas. Me pregunto dónde se encuentra la solución al enigma que explique por qué esto sucede en Jerusalén y no en ningún otro lugar.

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Es lo que vine a buscar hace años cuando llegué a Jerusalén por primera vez en un viaje de 2 semanas por Israel-Palestina. Porque hasta esto de dar nombre a los lugares levanta ampollas. Eran momentos difíciles. La Segunda Intifada daba sus últimos coletazos y suicidas palestinos hacían estragos en los autobuses judíos, en restaurantes y en mercados como el de Mahane Yehuda en Jerusalén. En un mismo día podías ver un equipo de desactivación de bombas israelí reventando un paquete sospecho bajo la ventana de tu hostal. Poco después a niños palestinos apedreando vehículos militares israelíes, que a su vez intentaban atropellarles. Y justo al lado una procesión de monjas enfilando la Vía Dolorosa mientras seguían entre cantos religiosos a un hombre vestido de Jesucristo que arrastraba una cruz de madera.

Muchos judíos iban armados mostrando sus pistolas para que los palestinos supieran que no iban a salir vivos en caso de un ataque. Aquellos días viví en primera persona el miedo con el que vivían unos y otros, las miradas de desconfianza del que viaja contigo en autobús, la violencia del día a día, el odio religioso… Fueron unas semanas intensas en las que viví peligrosamente. Fueron días en los que perdí cualquier atisbo, si hubiera tenido alguno, de fe religiosa. De cualquiera.

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Afortunadamente y a pesar de todo esta vez he recorrido Jerusalén en un estado de calma que me resultaba desconocido. Los judíos ortodoxos caminaban por el barrio musulmán sin la protección armada de los soldados; los musulmanes se dedicaban a comerciar en sus tiendas sin que los radicales judíos les tirasen a patadas sus productos. Y los peregrinos cristianos hacían sus rutas habituales siguiendo los pasos de Jesucristo. Por supuesto sigue habiendo puestos de control del ejército en cada entrada a la Ciudad Vieja, patrullas armadas recorriendo las calles y controles de seguridad en los accesos al muro de las Lamentaciones y la mezquita de Al Aqsa. Pero todo sin la tensión y el miedo que se respiraba hace años. La desconfianza sigue existiendo, por supuesto. Las miradas de unos con otros no se cruzan. En lo posible, se evita el conflicto.

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Cómo llegar a Jerusalén

Lo más seguro es que llegues a Israel por el aeropuerto de Ben Gurion. Desde aquí el autobús 485 te llevará directamente a la Estación Central de Jerusalén. Desde la Estación Central de Arlozorov en Tel Aviv el recorrido lo hace el 480 más o menos en una hora. Una vez en la estación de Jerusalén toma el tranvía nº 1 y baja en la parada City Hall que es la más cercana a la Puerta de Jaffa por donde podrás acceder directamente a la Ciudad Vieja. Siguiendo más adelante podrás acceder directamente al barrio musulmán por la Puerta de Damasco.

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Así de fácil. En apenas una hora desde tu llegada a Israel te verás callejeando entre miles de pequeñas tiendas y un ambiente diferente a todo lo que hayas podido ver. Basta doblar una esquina y una frontera invisible (para el visitante) hace que la gente, las calles, los sonidos y los edificios cambien de forma evidente. Sobre todo cuando pasas del barrio judío al musulmán, o al armenio.

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La Ciudad Vieja de Jerusalén y sus 4 barrios

Cuando cruces la Puerta de Jaffa acércate directamente a la Oficina de Turismo que se encuentra a tu izquierda, pasado el acceso al paseo de las Murallas. Pide un plano y toma tu tiempo para ubicarte. La Ciudad Vieja está dividida en 4 barrios. Desde donde estás a tu izquierda (Norte) están el barrio cristiano con la iglesia del Santo Sepulcro y luego el musulmán. A tu derecha (Sur) están el barrio armenio y luego el judío. Encastrado entre las murallas al Este y compartiendo espacio con el barrio judío y el musulmán se encuentra el Monte del Templo. Aquí están el Muro de las Lamentaciones, la mezquita de Al Aqsa y la Cúpula de la Roca.

Ahora que ya sabes cómo ubicarte, guarda el mapa y piérdete sin miedo por las calles milenarias de una ciudad que te dejará boquiabierto.

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El barrio cristiano: la iglesia del Santo Sepulcro

Saliendo de la Oficina de Turismo sigue todo recto por la calle más estrecha. El único tráfico aquí es el de la gente y el de los pequeños carros cargados de todo tipo de mercancías. No hay coches. Sólo gente, pequeñas tiendas de todo tipo de recuerdos imaginables, y más gente. Muy pronto verás un cartel negro que te indicará que todo recto llegarás hasta el “Western Wall”; pero si giras a la izquierda te dirigirás a la “Church of the Holy Sepulchre “, la iglesia del Santo Sepulcro.  En unos minutos te verás traspasando una pequeña puerta en un muro que da acceso a uno de los lugares más sagrados de la Cristiandad, por no decir el que más. No te esperes una iglesia magnífica ricamente decorada. Su sencillez y su tamaño exterior no está en consonancia con la enorme significación que posee este lugar. Aquí lo sorprendente está en el interior.

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Nada más entrar te toparás con la Piedra de la Unción donde se cree que Jesús fue depositado y lavado tras ser crucificado. Cada día cientos de personas se tiran sobre esta piedra, la frotan con sus manos, con prendas y objetos, la besan, la acarician, rezan sobre ella… Este es un lugar muy venerado por los ortodoxos.

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Hacia la izquierda se accede a una gran rotonda rematada con una cúpula donde se encuentra el Santo Sepulcro. Lo veréis enseguida porque sobre el sepulcro se construyó la llamada Capilla del Ángel a cuyo alrededor hacen fila cientos de personas. El lugar donde se dice que estuvo enterrado Jesucristo antes de resucitar está señalado con una losa de mármol que cubre un hueco vacío en la roca. Por si no lo sabías todo esto era una antigua cantera de dónde se extraía la piedra con la que los judíos construyeron la antigua Jerusalén. En la época romana esta cantera ya estaba abandonada. Al estar extramuros de la ciudad era aprovechada por la gente sin recursos para enterrar a sus muertos en cavidades en la roca que cubrían con ruedas de molino. Desde los comienzos del Cristianismo este lugar pasó a ser un lugar santo en el que primero se levantó un santuario, luego una iglesia, y luego otra.

Y así hasta hoy en el que esta iglesia conforma un extraño conglomerado de capillas, cavidades, escalinatas y construcciones de diferentes épocas repartidas entre católicos franciscanos, cristianos ortodoxos, armenios ortodoxos, coptos y sirios. Un tenso status quo que exige que cualquier decisión que afecte a una parte del recinto sea consensuada entre todas las partes. Lo que no siempre se consigue. La famosa escalera que lleva desde 1757 bajo una ventana de la fachada de la iglesia porque no se ponen de acuerdo en quién debe moverla es un ejemplo de estas tensas relaciones. Situación a la que los millones de peregrinos que visitan lesta iglesia son totalmente ajenos.

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Os aconsejo pasar un buen rato recorriendo este lugar para ser testigos del éxtasis religioso de muchos creyentes, de la fe desmedida, de las supersticiones y de las creencias iconoclastas. Al fin y al cabo Jerusalén es el mejor lugar del mundo para darse cuenta de que toda religión es un invento humano tanto en sus grandezas como en sus miserias.

Siguiendo la visita veréis diferentes altares y capillas como los dedicados a María Magdalena o a la Virgen. En el extremo opuesto a la rotonda se encuentra la Capilla de Santa Elena. En los muros de la escalinata de piedra descubriréis cientos de pequeñas cruces grabadas por los cruzados hace siglos. Es la huella que dejaron aquí miles de ellos tras abandonar sus lugares de origen para venir a luchar en Tierra Santa. Esta capilla de estilo bizantino tiene una atmósfera especial con su decoración de lámparas y está perfectamente conservada. Desde aquí y bajando por otra escalinata se llega a otra capilla que señala el punto donde Elena encontró la cruz. Aquí la roca desnuda nos dice que estamos en la antigua cantera de piedra con la que se levantaron las murallas originales y el Templo de Salomón. Parece increíble que un espacio tan sencillo pueda guardar tal carga simbólica. Pero esto es Jerusalén y cualquier piedra tiene adherida una pátina de siglos de Historia.

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De nuevo en la entrada veréis unas escaleras que suben hacia la Capilla de Adán y el Tesoro Griego. Esta es la parte reservada a la rama ortodoxa griega del Cristianismo. Aquí todo está decorado: los techos pintados con exquisitas pinturas, multitud de lámparas colgando e iconos dorados repartidos por los altares. Aquí las colas son tremendas porque los ortodoxos tienen que arrodillarse y pasar por debajo de un altar para besar un icono.

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Recomendación práctica: a determinadas horas la iglesia del Santo Sepulcro puede parecer un circo. Por eso te aconsejo ir a primera hora cuando todavía se puede respirar algo de paz y recogimiento.

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Por la Vía Dolorosa hacia el barrio musulmán

Saliendo de la iglesia del Santo Sepulcro es posible adentrarse en el barrio musulmán siguiendo el camino que supuestamente hizo Jesús por la Vía Dolorosa, pero en sentido inverso. La Vía Dolorosa está señalada con paradas numeradas llamadas “estaciones”, que es donde los peregrinos paran a rezar en algún punto significativo. La iglesia del Santo Sepulcro es la estación 10, así que la primera que encontraréis a la salida es la 9. Y así en sentido descendente. Otra forma de no perderse es seguir las indicaciones hacia la Puerta de Damasco orientada hacia el Norte para después girar hacia la derecha cuando indique “Lion´s Gate”, la Puerta del León.

Ya que estáis por aquí os conmino a perderos por las animadas calles del barrio árabe. Es como un zoco gigante con miles de pequeñas tiendas de absolutamente todo lo que os podáis imaginar. Si habéis estado en el zoco de Marrakech o en el Gran Bazar de Estambul, sabéis de lo que hablo. La diferencia con el barrio cristiano la ponen los souvenirs. Si allí se veían rosarios, crucifijos e imaginería ortodoxa, en el barrio musulmán todo son imágenes de la Cúpula de la Roca y carteles en árabe. E infinidad de tiendas de alfombras, lámparas, ropa, comida…

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Luego está el olor a especias, los puestos de felafel y zumos recién exprimidos, las pastelerías, las tiendas de artesanías…Reconozco que es el barrio que más me gusta, en el que se vive con más intensidad, el más animado, el más vivo. Acercaros hasta la Puerta de Damasco y sentaros en alguno de los cafés que hay en la placita intramuros. Aquí hay una multitud de pequeñas tiendas, mujeres vendiendo fruta y verdura en la calle, gente que sube y baja, carros y bicicletas. A algunas horas este lugar es un verdadero espectáculo humano que os trasportará a tiempos pretéritos.

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Volviendo sobre nuestros pasos encontraremos de nuevo la Vía Dolorosa que desciende hasta la “estación 5”. Aquí hay que girar a la izquierda hasta toparnos con el Hospicio Austriaco en la “estación 4”. Mucha gente paga la entrada para subir a la azotea del Hospicio y disfrutar de las vistas sobre los tejados de Jerusalén. Personalmente creo que hay mejores miradores, pero si sentís curiosidad deberéis llamar antes a la puerta que siempre está cerrada.

A partir de aquí la Vía Dolorosa trascurre entre conventos y monasterios como el de las Hermanas de Sión, o el de la Flagelación porque en este punto Jesucristo fue flagelado por los soldados romanos. Sólo queda andar un poco más y traspasar la Puerta del León para darnos cuenta que hemos salido de la Ciudad Vieja. Y justo aquí os toparéis con la entrada al cementerio musulmán desde donde hay unas magníficas vistas del Monte de los Olivos y de los miles de tumbas del cementerio judío. Para los judíos el Día del Juicio Final y la resurrección de los muertos comenzará en Jerusalén así que todos quieren ser enterrados aquí. Pero los musulmanes simbólicamente ubicaron su cementerio justo en medio, entre el cementerio judío y la murallas de Jerusalén. Curioso ¿verdad?

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Recomendación práctica: la Puerta del León es la forma más directa de acceder a pié al Huerto de Getsemaní y a los miradores ubicados en el Monte de los Olivos. De otra forma tendréis que dar una vuelta bastante grande siguiendo la carretera que rodea las murallas por el Monte Sión y pasa por la Ciudad de David.

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Este es el punto de inicio correcto de la Vía Dolorosa que os aconsejo recorrer de nuevo hasta llegar al Santo Sepulcro. Descubrirás que siempre hay detalles que te has perdido, nuevas escenas que te sorprenderán o tiendas que no habías visto. Detente a tomar un zumo de granada recién exprimido, compra unos dulces árabes o para en un restaurante a comer un humus y un felafel recién hecho con pan de pita. Porque Jerusalén también está para saborearlo.

En la continuación de este artículo, La Ciudad Vieja de Jerusalén: una pugna religiosa que dura siglos, te llevo hasta el Muro de las Lamentaciones y te digo cómo acceder hasta la Cúpula de la Roca. También te muestro algunos de los mejores miradores de la ciudad ubicados en el barrio judío, y te llevo hasta la Torre de David por el barrio armenio. Para terminar te cuento cuál es la la ruta a pie para llegar hasta el Huerto de Getsemaní y los cementerios judíos del Monte de los Olivos. Entonces descubrirás por qué las vistas desde los miradores ubicados aquí se han convertido en una de las imágenes más icónicas de Jerusalén.

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