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Las piedras de Jerusalén.

Llegué a Jerusalén y toqué las viejas piedras del Templo de Salomón en el Muro de las Lamentaciones; acaricié la desgastada losa de la Piedra de la Unción en el Santo Sepulcro; y me acerqué hasta las paredes de la Cúpula de la Roca adornadas con exquisitos azulejos… Pero no sentí nada.

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