Me siento frente al ordenador recién llegado de Luanda, la capital de Angola, con los ojos secos, el cuerpo todavía cansado tras un vuelo en el que apenas he podido dormir y el alma conmocionada.
Hay lugares en Sudáfrica que nos encogen el alma, sacuden cualquier espíritu y despiertan nuestra adormilada conciencia. Lugares como las barriadas de chabolas que rodean Johannesburgo, Pretoria o Ciudad del Cabo donde las calles son de polvo y barro.
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